Luis María ANSON | Martes 08 de abril de 2008
Ante el Congreso de los Diputados, José Luis Rodríguez Zapatero habló con seguridad, claridad y concisión. Al margen de algunas ingenuidades y no pocos lugares comunes, el candidato a presidente del Gobierno propuesto por el Rey pronunció un eficaz discurso sobre todo por lo que respecta a las cuestiones económicas y sociales, con un canto áulico a la mujer pues la cesta de votos de Zapatero se colma con el voto femenino.
No hizo una sola referencia a su propósito de despojar a la Iglesia Católica del concierto económico en la educación, que promete ser una de las claves de la nueva legislatura. Y con relación a las cuestiones territoriales y a la lucha contra el terrorismo, que son los talones de Aquiles de la política zapateresca, se expresó con la suficiente ambigüedad para hacer en los próximos años lo que le venga en gana.
Tiene Zapatero cien días de cortesía antes de recibir las críticas sobre lo que realmente pretende hacer. El problema del candidato a la Presidencia es su falta de credibilidad. El “Zapatero, embustero” que gritan las muchedumbres abre una interrogación al discurso del candidato. ¿Será verdad que Zapatero piensa lo que ha dicho o habrá mentido una vez más para engañar a la opinión pública y construir una España que no la conozca ni la madre que la parió? Por el momento la objetividad exige reconocer que ha pronunciado un discurso muy bien articulado que no se merecía las imágenes difundidas por televisión de algunos diputados plácidamente dormidos.
En su intervención, Rajoy estuvo especialmente acertado. Dio a Zapatero la réplica que el excelente discurso del candidato exigía. Después vino el debate parlamentario. En mi opinión, lo ganó Rajoy pero, en conjunto, fue otra vez más de lo mismo. Ambos dirigentes aburrieron, incluso, a los mansos corderos del Congreso y resultó todo farragoso, reiterativo y torpe. Como casi siempre.
TEMAS RELACIONADOS: