Opinión

Hombres de Estado

David Ortega Gutiérrez | Martes 29 de noviembre de 2011
No vivimos los españoles un momento fácil. La crisis no es sólo a nivel económico y financiero, también encuentra su reflejo en el entramado político institucional. La desorientación y la falta de previsibilidad son realidades que caracterizan nuestro tiempo presente, nadie sabe realmente cómo estaremos a medio plazo, no sabemos bien a qué atenernos. Ante ello, nuestra vida pública y, más concretamente, nuestra vida política, precisa de personas con sentido de Estado, lo que comúnmente se llama: hombres de Estado. Quizás en épocas de bonanza o favorables se puede sobrellevar, aunque nunca es bueno, a políticos mediocres, pero no desde luego en momentos claves de la historia de una nación, tal y como nos sucede hoy a los españoles.

¿Qué rasgos diferenciadores debe tener un hombre de Estado? En principio destacaríamos los siguientes. En primer lugar, claridad y saber priorizar. Es imprescindible tener una clara hoja de ruta, elegir los objetivos esenciales y comunicarlo con eficacia a los ciudadanos. Es el momento de seleccionar lo importante: la organización territorial del Estado, su sostenibilidad y eficiencia; la educación y el nivel cultural de la Nación, priorizando el esfuerzo y el mérito -la cultura del ladrillo ha sido terrible especialmente en el levante y sur español-; el respeto por las Instituciones del Estado por encima de los partidos políticos; y el estilo productivo en su conjunto. En segundo lugar, medir bien los tiempos, tan mala es la precipitación como la tardanza, hay que actuar con rapidez y eficacia. En tercer lugar, hay que ser prudente y equilibrado, evitando la prepotencia siempre inherente a las mayorías absolutas, que llevan a uno a perder el sentido de la realidad -el conocido efecto Moncloa-. Es muy recomendable saber escuchar.

El hombre de Estado se rodea siempre de un buen equipo, esto es esencial. La confianza es necesaria, pero de nada sirve a la res publica si no va acompañada de la preparación. Es el momento de los mejores, de que en los puestos decisivos e influyentes de nuestra vida política accedan los más capaces en el sentido más panorámico del término. Por lo demás, el hombre de Estado debe tener perspectiva, ir más allá de lo inmediato, hay que apostar a largo plazo, sólo así prosperan los verdaderos proyectos vitales, individuales o colectivos. Por ello, la perseverancia es decisiva, algo en lo que lamentablemente los españoles solemos fallar. En estos últimos años nos hemos relajado excesivamente en términos de exigencia democrática, no hemos cuidado nuestras principales instituciones nacidas de la Transición. Hay que recuperar el espíritu creativo, de convivencia, de tender puentes, de proyecto común, de mirar más lo que nos une que lo que nos separa, sólo trabajando en conjunto se puede solventar la presente crisis, es necesario mucho valor, inteligencia y generosidad para saber sumar voluntades.

Concluyo, básicamente la cualidad principal del hombre de Estado es velar por el bien común, por el interés general y para ello es imprescindible recuperar los valores en la política. Sin una política basada en ciertos valores de honestidad, vocación de servicio y respeto por el otro no lograremos avanzar. Se nos abre a los españoles un nuevo tiempo en el que no nos podemos equivocar, especialmente quienes tienen más responsabilidad pública. Como decía Ortega y Gasset, hay que estar a la altura de las circunstancia, y las presentes, lo son para hombres de Estado.