Miércoles 30 de noviembre de 2011
Pocos días después de que las FARC asesinaran a tres de las personas que mantenían secuestradas desde hacía años, los presidentes de Colombia y Venezuela se reunían con el fin de restañar viejas heridas. Una de las más graves, y aún abierta, es precisamente la cooperación que Hugo Chávez ha prestado siempre a la narcoguerrilla colombiana. De hecho, su actual cabecilla, “Timochenco”, se ha movido durante mucho tiempo en territorio fronterizo -cuando no venezolano, a sabiendas de la protección que allí se le brindaba-. Chávez niega ahora que apoyase a los que llegó a denominar sus “hermanos revolucionarios”, negativa ésta refutada por numerosos testimonios de ex guerrilleros, pruebas documentales e informes de las principales agencias de inteligencia.
Es digno de alabanza, pues, el esfuerzo llevado a cabo por Juan Manuel Santos para tender la mano a su homólogo venezolano y avanzar por un camino cuyo recorrido mejora ostensiblemente si se hace de manera conjunta. La suspensión de acuerdos comerciales perjudica ostensiblemente a ambos países, cuestión ésta en absoluto baladí, si se tiene en consideración la crisis económica por la que atraviesan Colombia y -sobre todo- Venezuela. Las zancadillas han venido siempre del mismo lado, el venezolano. En interés de ambos pueblos, sería deseable que por una vez Chávez actuase con responsabilidad y deje de torpedear unas relaciones imprescindibles.
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