José María Herrera | Sábado 03 de diciembre de 2011
Sucedió a principios de Noviembre, en Italia, aunque el hecho apenas ha trascendido aquí a causa de las elecciones y de ese otro infierno, mediático y económico, de la crisis. Chiara Frugoni, medievalista experta en la orden franciscana, tropezó de improviso con él mientras examinaba los frescos de Giotto de Bondone en la Basílica de Asís. Aunque durante setecientos veinte años parece que estuvo ahí, agazapado en una nube, nadie hasta ahora había advertido su presencia. La peripecia, asombrosa, demuestra que el maligno sigue usando el mismo estilo de siempre, aquel con que debutó en el Paraíso: la irrupción súbita y subrepticia, doblemente intimidatoria.
Los lectores inclinados a las emociones fuertes probablemente se sientan defraudados con los detalles de la aparición. Imagino que esperaban algo más espectacular: una cohorte de ángeles degenerados, anómalas pestilencias, endemoniados chorreando sangre y aullando en lenguas extinguidas. Ojalá no se enojen si les digo que todo eso es folclore. El aquelarre es a la aparición demoniaca lo que la sopa de letras a la literatura. La presencia del maligno nunca se anuncia con semejante aparato melodramático. El único indicio seguro de su proximidad es, de hecho, esa experiencia de horror inconcebible en la que, pese a estar en medio de la mayor claridad, todo se vuelve confuso. Claro que para el hombre actual, acostumbrado al televisor, la expresión “horror inconcebible” quizá haya perdido sentido.
Desde luego a mí, animal anacrónico, me inquieta saber que Satanás estuvo ahí varios siglos y no nos dimos cuenta. La intranquilidad aumenta al comprobar que el fresco de Giotto no es de esos que abruman a fuerza de detalles. La escena que recrea es muy sencilla. Abajo, en el suelo, tendido en una tabla y rodeado de hermanos de congregación, el cadáver de San Francisco. Arriba, sostenido por cuatro ángeles, examinando lo que pasa, Dios padre. Entre la tierra y el cielo, un puñado de nubes y, mezclado con el algodonoso contorno de una de ellas, el rostro del demonio: nariz aguileña, boca de juerguista sombrío, mentón pronunciado, frente amplia coronada por lo que parece un cuerno y ojos fuertemente cerrados, como si se negaran a constatar la bondad de la creación. ¿Cómo hemos podido pasar todo esto por alto durante cientos de años?
El hecho se vuelve especialmente curioso hoy porque el diablo no llama ya la atención de nadie. Cualquier juicio sobre su realidad produce la impresión de fanatismo. Incluso para quienes admiten la objetividad del mal y lo identifican con Hitler o Stalin, Satanás es sólo una forma de hablar, una personificación poética, un espíritu seráfico, invisible como un neutrino. Antaño era otra cosa. Se contaba con él. La prueba es la multitud de veces que fue conjurado en los libros y representado por los artistas. Durante siglos, los hombres hemos temblado al escuchar su nombre. Ahora estas cosas se tienen por vanas supersticiones. Incluso la Iglesia ha dejado de creer en su existencia, quizá porque si la aceptara se vería en serios aprietos. Estoy pensando en Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe, quien demostró en 1726 en su Historia del Diablo que este tenía que ser cristiano y papista. Tal caracterización resulta sin embargo contradictoria con el carácter escurridizo del maligno, un tipo que igual repta en el paraíso que porfía en la sinagoga y el sanedrín. Aunque su lugar natural es la conciencia, brecha ideal para que prosperen la desavenencia y el desaliento, hoy quizá hubiera que buscarlo entre las masas estériles como a cualquier individuo (infusorio, iba a poner) a la altura de los tiempos.
Al diablo, como a Baudelaire, le gusta encerrarse en un dogma para predicarlo a gusto. Su afición por el escolasticismo, religioso, ideológico o de la naturaleza que sea, no proviene de su fría inteligencia lógica, sino de la convicción de que es así como hace más daño. La idea de que Lucifer alienta ante todo nuestras pasiones por ser éstas las que pueden arrastrarnos a las peores ignominias sólo es cierta en el horizonte cristiano. Si no fuera porque estas cosas no se pueden explicar con la prosa inofensiva de un periodista les convencería de que Lucifer, tanto si existe como si no, acecha a los hombres, cualquiera que sean sus credos, allí donde resultan más vulnerables: el orden de sus potencias, el alma que se decía antes. Un hombre impotente y un alma perdida son lo mismo y, por eso, el empeño satánico por canjear nuestra alma por un bien concreto: conocimiento, riqueza, poder, fama. Que Giotto, consciente de todo esto, lo ocultara en una nube de la Basílica de Asís, mimetizado con ella, constituye una demostración más de su sutileza, pues es efectivamente ahí donde dirigimos la mirada cuando no sabemos qué buscar.
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