Carlos Madrid Casado | Lunes 05 de diciembre de 2011
Hace unos cuantos días ha llegado a las carteleras españolas la última película de David Cronenberg: Un método peligroso. Este prestigioso director canadiense –que cuenta en su filmografía con películas ya clásicas como La mosca o Crash- se atreve, de la mano de Christopher Hampton (guionista de Las amistades peligrosas), a prepararnos un cóctel de los más sugerente: cine y sicoanálisis.
La película narra las vivencias entre 1904 y 1913 de un singular trío: Carl Gustav Jung, Sabina Spielrein y, como tercer vértice del triángulo, Sigmund Freud (magníficamente interpretado por Viggo Mortensen, siempre con el cigarro en la boca). En 1904, Jung, de 29 años, está comenzando su carrera profesional y ensaya el novedoso tratamiento experimental ideado por Freud con una joven paciente rusa, Sabina Spielrein, quien padece una grave neurosis cuyo origen radica en las humillaciones sexuales sufridas en la infancia a manos de su padre. (Mención especial merece la desgarrada interpretación de Keira Knightley durante los ataques histéricos.) Conforme Jung explora el inconsciente de la chica, sacando a la luz sus recuerdos más reprimidos, Sabina, que desea estudiar medicina, va curándose. Al tiempo, ambos personajes experimentan el célebre fenómeno de la transferencia y de la contratransferencia: psicoanalista y psicoanalizada acaban envueltos en una tormentosa relación, entre sexual y sadomasoquista.
Pero la película también cuenta cómo por aquel tiempo Jung, un nuevo rico de origen suizo, y Freud, un judío pequeño burgués afincado en Viena, se conocen y se hacen amigos. Tras trece horas de charla, Freud reconoce en Jung al sucesor ario del fundador del psicoanálisis. Sin embargo, como iremos viendo a través de varias escenas cargadas de gran tensión dramática, el distanciamiento y la ruptura no tardarán en llegar. El discípulo insiste en cuestionar la autoridad del maestro, poniendo en duda la etiología puramente sexual de la neurosis y, lo que es mucho peor, intentando analizar campos más allá de los márgenes científicos y racionales, como el espiritismo, la telepatía o la precognición.
Así, durante su viaje conjunto a Norteamérica en 1909 “portando la peste” (es decir, el psicoanálisis, como dijo en broma el propio Freud), Jung se enfada con Freud porque éste no desea contarle sus sueños más íntimos, a fin de escapar al psicoanálisis y de este modo no arriesgar su posición. En cambio, Freud siempre trataba a sus discípulos como pacientes. En Recuerdos, sueños, pensamientos, Jung mantendría que la obsesión de Freud con el sexo, su necesidad de hablar continuamente de ello, era fruto de una neurosis no resuelta.
Es de lamentar que la película dé un salto en el tiempo y nada se nos cuente de su estancia en América (el lector interesado podrá rellenar el hueco y divertirse leyendo la novela de intriga La interpretación del asesinato de Jed Rubenfeld). No obstante, dos escenas resultan ser las más inquietantes: la que sucede en la biblioteca de Freud, en que Jung predice, ante un Freud incrédulo, el crujido de la madera al sentir incandescente su diafragma (según su testimonio); y, posteriormente, la que ocurre en una reunión en Múnich, en que tras hablar del monoteísmo y del parricidio, Freud (el padre) sufre un desmayo histérico ante Jung (el hijo), de quien piensa que le desea (inconscientemente) la muerte.
Mientras tanto, Sabina se ha convertido en psiquiatra y, abandonada por Jung (casado y con hijos), se acerca a Freud buscando darle celos. Sabina se convierte en una fiel discípula y, según se cuenta en el filme, siguiendo La historia secreta del psicoanálisis de John Kerr (basada en una colección de cartas secretas hallada en los setenta), llega a sugerirle a Freud ciertos conceptos que posteriormente serán centrales en su crítica de la cultura. Sabina enriqueció el imaginario psicoanalítico poniendo en primer plano lo que luego Freud denominaría la pulsión de muerte que subyace en el ser humano. Su final, tras regresar años después a Rusia, a la URSS (después, curiosamente, de psicoanalizar a Piaget), es también de película: sería fusilada por los nazis durante la II Guerra Mundial.
La película, deliciosa en su recreación de los ambientes de ese mundo de ayer, llega a su final, no sin faltas ocasionales de ritmo, en vísperas de la I Guerra Mundial. Sabina, casada y embarazada, se reencuentra con Jung, quien tiene una nueva amante y profetiza la guerra inminente. Freud, mientras, pasea por Viena y se detiene junto a la estatua de la esfinge… El resto es silencio.
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