Juan José Solozábal | Martes 06 de diciembre de 2011
Ya sé que no es una gran película y que Robert Redford no ha dispuesto de un guión perfecto. Tampoco ha evitado los escollos en los que sus películas suelen encallar, como el trascendentalismo o el patetismo innecesario, pero La Conspiración, como nos ha señalado hace unos días aquí Alicia Huerta, es una cinta estimable. Cuenta con suficiente convicción el proceso a que se vio sometida Mary Surrat, que regentaba la pensión utilizada por el grupo de conspiradores que acabó con la vida del presidente Abrahan Lincoln el 15 de abril de 1865, y que es acusada de complicidad en el asesinato. Encargado de su defensa es el abogado Frederick Alien un héroe de guerra unionista, que supera su inicial reticencia sobre la causa penal para implicarse totalmente en ella al considerar que el proceso contra su patrocinada vulnera las garantías constitucionales a un juicio regular.
Evidentemente se trata de un film histórico, que confirma la capacidad de los cineastas americanos de afrontar críticamente un episodio de su devenir como pueblo. Es entonces una película más sobre la Guerra de Secesión, como momento decisivo de la historia americana, sin cuya asunción es muy difícil la afirmación verdadera de la propia nación: la historia pasó, pero su valoración es una tarea presente e inevitable de la actual generación americana. Lo que ocurre es que esta película trasciende evidentemente el momento temporal que refleja y constituye más bien una reflexión general, y en ese sentido atemporal, sobre el modo adecuado de reaccionar ante una gran crisis. Cuando vemos La Conspiración es imposible no considerarla una parábola que nos enseña sin duda como afrontar una situación crítica parecida, como la del 11 S. (Sobre los estropicios jurídicos a que ha dado lugar el estado de excepción en America hay testimonio abundante en el artículo de Mark Danner, “After September 11: our state of exception", New York Review of Books , Octubre 2011)
Lo que enseña la película es que la defensa de la Nación conmocionada por el magnicidio de Lincoln no puede hacerse a costa de la conculcación de los valores constitucionales establecidos por los padres fundadores en 1787 y que fueron confirmados con su sangre por los caídos en la batalla de los unionistas frente a los confederales. Esos valores son los principios que empiezan por las garantías procesales que exige el estado de derecho.
No hay defensa de la Nación posible si se quiebra el derecho de todo ciudadano, también de la señora Surrat, a un juicio con sus garantías que no se observan cuando el tribunal es militar y cuando las pruebas se amañan y no se someten a suficiente contradicción ante unos jueces imparciales e independientes. No hay, nos viene a decir la película, otro patriotismo que el constitucional que no consiente la afirmación del interés nacional infringiendo los principios constitucionales como verdadero núcleo de la identidad de la comunidad.
Las convicciones nacionalistas del joven abogado que defiende a la señora Surrat le impiden plegarse a quienes alegan la ejemplaridad y la eficacia del castigo demandados por una opinión pública soliviantada y unos gobernantes irresponsables. “Quiero un culpable y me da igual quien sea” , exclama el ministro de Guerra. El joven abogado en cambio considera un deber, en el fondo patriótico, su compromiso irrenunciable con el derecho a las garantías procesales de su defendida. El abogado no logra librar a la señora Surrat, pero el funcionamiento regular de las instituciones judiciales salvarán tiempo más tarde a su hijo, también acusado de participar en la conspiración.
El personaje que más me llama la atención de la película es el Secretario de Guerra Edwin M. Stanton. Es quien mueve los hilos del juicio, presionando al Tribunal e impidiendo el funcionamiento del sistema constitucional que habría asegurado a la postre que la señora Surrat fuese juzgada por un tribunal ordinario y no militar. Este personaje no aparece en la película como un fanático o un ser vengativo o rencoroso. Es solo un gobernante, aparentemente sereno y servidor del Estado a su manera, que cree que en las crisis, esto es, en los momentos de excepción, el derecho es un obstáculo, que es patriótico sacrificar a modos más expeditos y eficaces de defender a la Nación. Alguien que simple y delictivamente cree que la Nación está antes que la Constitución.
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