TRIBUNA
Miércoles 07 de diciembre de 2011
Todo el mundo sabe que Alemania es el país más importante y más rico de Europa y de la UE y que esa importancia y esa riqueza se hacen sentir a diario, especialmente en estos tiempos de crisis. “La Merkel manda mucho”, es una frase que se oye con frecuencia y hasta podemos decir que ha sido interiorizada por amplios sectores de la opinión pública. No deja de ser curioso que muchos de los que se quejan de que en Europa falta un claro liderazgo, sean los que luego se quejan de que la canciller alemana “mande tanto” y que no dé su brazo a torcer en esa compleja cuestión de los eurobonos. Pero lo que, quizás, las generaciones más jóvenes no conozcan suficientemente es de dónde viene Alemania y cómo ha llegado a la presente e indudable posición hegemónica que hoy tiene. Hay que recordar que Alemania fue derrotada en las dos guerras mundiales y que recibió en ambas ocasiones un severo castigo porque se la consideró la única responsable de ambas contiendas.
Un ilustre historiador británico, Alan J.P.Taylor levantó una enorme polvareda allá por el año 1961 con su libro The origins of Second World War en el que mantuvo que la II Guerra Mundial fue causada no tanto por un megalómano Adolf Hitler como por la erróneas políticas de Gran Bretaña y Francia. Tal fue el escándalo, que en una edición posterior tuvo que aclarar su postura en un largo prólogo, al que denominó Second Thoughts, “segundos pensamientos”. En el que mantenía la tesis de que fue el apaciguamiento y la inacción de las democracias occidentales frente a las primeras acciones agresivas de Hitler las causas de que los nazis pensaran que nadie iba a frenarlos. Especialmente después de la pasividad francesa ante la invasión de la desmilitarizada Renania en un momento (1936), en que tanto el Führer como sus generales sabían que podían ser fácilmente rechazados porque su rearme estaba apenas iniciado. A partir de ahí vinieron Austria, los Sudetes y después toda Checoslovaquia. Solo la invasión de Polonia hizo ver a ingleses y franceses que había que parar al monstruo. Pero ya era tarde. Por eso Taylor reparte culpas.
Lo cierto es que en 1945 -no hace ni setenta años- Alemania estaba destruida, dividida, ocupada y parecía que su hegemonía continental había pasado para siempre. El tesón y la capacidad de trabajo del pueblo alemán occidental (lo de la Alemania comunista es otra historia) con la ayuda, por supuesto, del Plan Marshall, la presencia de los aliados occidentales –muy en primer lugar de los Estados Unidos- la garantía de seguridad que daba la OTAN y bajo la dirección de un viejo y eficaz líder, como Adenauer, fueron capaces de articular un “milagro alemán”. En muy poco tiempo y a pesar de que continuaba dividida, ocupada y con la soberanía restringida, Alemania se convirtió en la potencia económica más importante de Europa occidental. Eran los tiempos en que se decía que la Alemania de la República Federal era •”un gigante económico, pero un enano político”.
El Reino Unido desde el otro lado del Canal de la Mancha y Francia en el continente eran las potencias que contaban. Dado el euroescepticismo británico, dos líderes de primera magnitud como de Gaulle y Adenauer, firmaron en 1963 el Tratado del Elíseo que fue el acta fundacional del “eje París-Bonn”, que no solo consagraba la definitiva reconciliación entre los dos seculares enemigos sino que daba por supuesto una cierta primacía francesa, ya que persistía la “enanez” política de una Alemania, que iba a seguir dividida todavía durante más de treinta años y con la soberanía condicionada. Todavía a principios de los ochenta del siglo pasado, Kohl, insistía en que no habría un “Europa alemana sino una Alemania europea”, a pesar de que ya entonces era el miembro de las entonces llamadas Comunidades Europeas que más aportaba a los fondos comunes.
Todo aquello ha ido quedando atrás y aunque los alemanes no estén, felizmente, por el imperialista Deutschland, Deutschlandd über alles, sí es cierto que han superado el hondo complejo de culpa que les dejó el nazismo y el Holocausto. Se ha producido una cierta recuperación de su orgullo nacional y no están dispuestos a pagar los excesos de sus socios más derrochadores. Ahora no hay quien dude de que Alemania es, a la vez, un gigante político y económico. En la conciencia colectiva alemana han quedado grabados muchos episodios del pasado que no están dispuestos a que vuelvan a repetirse. No me refiero ahora a su avergonzado rechazo de cuanto supuso el nazismo y muy especialmente el horror del Holocausto, sino a algo tan cotidiano y mortificante para millones de alemanes como fue la inflación durante los años de Weimar. Algunos alemanes tienen todavía en sus álbumes de fotos familiares ejemplares de aquellos billetes de banco por valor de varios millones de marcos, que apenas si les servían para comprar una barra de pan. Por eso se oponen a que los eurobonos sean una especie de “barra libre” para esos gobiernos que, inicialmente, se pusieron la crisis por montera hasta que el tsunami les ha ahogado. Evitar la inflación ha sido siempre el objetivo prioritario para el Bundesbank alemán y lo es también para el Banco Central Europeo (BCE), que por algo tiene la sede en Francfort.
El problema ahora consiste en atender a las necesidades de liquidez que tienen algunos miembros de la zona euro, sin violar abiertamente esas normas básicas. Sobre todo porque el BCE tiene prohibido prestar directamente a los Estados, pero no a los bancos, muchos de ellos tan ahogados ahora como las tesorerías soberanas, de las que se han convertido en los principales acreedores. Hacer que el dinero llegue a los Estados por el intermedio del FMI, lo que sería plenamente legal, y suavizar las condiciones de los préstamos del BCE a los bancos, animando así el mercado interbancario podrían ser principios de solución. Se pueden flexibilizar algunas normas, pero si perdemos de vista los principios de la estabilidad presupuestaria no saldremos nunca del hoyo de la crisis.
De todo ello hablarán los líderes europeos en la cumbre del próximo viernes, que estará presidida por la advertencia que hizo Merkel hace unas semanas y que todo el mundo comparte: la suerte del euro, será la suerte de la UE. Porque el euro se ha convertido en la médula espinal de la UE y si la moneda única se hundiera, se llevaría consigo todo lo conseguido en esa gran empresa que es la construcción de Europa. Obligado será también hacer realidad la unidad económica, base y sustento de la unidad monetaria. Y eso quiere decir que hace falta algo así como un ministro de Hacienda europeo que haga realidad esa “gobernanza económica” de la que tanto se habla pero que sigue sin existir. Como hemos dicho varias veces en esta columna, el euro es solo para países serios y rigurosos. Y si no se acepta el rigor se impondrán las dos velocidades. No hace falta insistir en que, por tantas razones, España debe estar –si tal división ocurriera- en la primera velocidad, a pesar de que tanto entuerto como se ha cometido en los últimos años nos estaba llevando, irremediablemente, al vagón de cola del más lento de los trenes.
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