José María Cernuda | Martes 08 de abril de 2008
En poco menos de dos semanas tres marcas, Citroën, Volkswagen y Toyota han coincidido en una misma iniciativa: plantar árboles para compensar las emisiones de CO2 que los automóviles expulsan en la atmósfera.
En las presentaciones de estas iniciativas hemos tenido la oportunidad de charlar con especialistas en motores, ingenieros forestales, técnicos en medioambiente, científicos y expertos en estas materias. Y lo cierto es que no hay conclusiones; no hay teorías ni afirmaciones irrebatibles; ni siquiera hay una clara reacción entre causas y efectos. Que el automóvil contamina: cierto; que emite CO2 a la atmósfera: cierto; que la saturación de CO2 en la atmósfera está causando trastornos climáticos: cierto. Pero poco más.
Ni siquiera está del todo claro que los cambios climáticos obedezcan al efecto invernadero o a otras razones no suficientemente estudiadas. En la historia de la humanidad se han documentado cambios climáticos más severos que los actuales, miles de años antes de que existiesen los problemas de emisiones de CO2.
Bien está pues que se tomen medidas anticontaminación, pero en lo que todos estos científicos han coincidido es en la superpoblación. Y si Thomas Malthus alertó en el siglo XVIII (erróneamente por cierto) de los problemas que producirían la escasez de alimentos, que llevaría a la desaparición del hombre, lo que ahora parece claro es que en el siglo XXI no hay recursos energéticos en la Tierra para que más de 6.600 millones de habitantes puedan vivir en los niveles de confort que en Occidente hemos adoptado. No se alcanzarán estos niveles de bienestar con las cifras actuales de producción de energía, que crece menos que la población y su demanda energética. El problema más grave no es el efecto invernadero, sino el efecto incubadora. Lo dicen los científicos.
TEMAS RELACIONADOS: