Opinión

Real Madrid - Barcelona: cómo no te voy a querer

Javier Aznar | Viernes 09 de diciembre de 2011
“El fútbol no es una cuestión de vida o muerte. Es mucho más que eso” Bill Shankly

El 7 de diciembre de 1996, el Euro no existía, el Partido Popular acababa de llegar al gobierno tras un descalabro socialista y servidor, con 11 años, estaba al borde un colapso nervioso yendo, por primera vez en su vida, al Bernabéu, para presenciar un Real Madrid-Barcelona.

Hoy, 15 años después, también en diciembre, el Euro puede dejar de existir, el Partido Popular acaba de llegar al gobierno tras un descalabro socialista y servidor, unos añitos mayor - pero estupendamente conservado- está al borde de un colapso nervioso a las puertas de un Real Madrid – Barcelona.

Para que luego digan que la historia no es cíclica y con una clara inclinación hacia la tragicomedia.

Aquel niño de 1996, despistado y con cierta tendencia a estar en las nubes, apenas pudo dormir la víspera, preso de la emoción por el inminente partido y por la recurrente aparición en forma de pesadillas de un guepardo brasileño, vestido de blaugrana, llamado Ronaldo, que destrozaba defensas y perforaba porterías de un simple zarpazo.

Hoy, diciembre de 2011, igual de despistado y con un piso hipotecado en las nubes, recuerdo perfectamente el olor de la hierba del campo, el rugir del estadio, el ruido de las pipas al caer, el humo de los puros, los abrazos con mi padre por los goles, el pulso acelerado en las muñecas cuando Ronaldo arrancaba con la pelota y la majestuosa victoria del Real Madrid sobre el eterno rival. Aquellano primera vez que pisé el Bernabéu, me pasó lo mismo que a Calamaro cuando conoció el Estadio Azteca: me quedé duro.

Y puede caer el Euro, pueden ganar los socialistas, los populares o los verdes, puede caer un asteroide en 2012, quebrar Grecia, morir Gaddafi, llegar Obama, Facebook, Youtube, la Primavera Árabe, puede llegar la crisis, la recrisis y la recontracrisis, puede llegar el cambio climático, se pueden fundir los casquetes polares y pueden aterrizar los alienígenas, que yo, créanme, seguiré siendo madridista.

En muchas ocasiones me encuentro ante la incómoda tesitura de tener que explicar racionalmente algo tan irracional como mi madridismo. Trato de que comprendan los disgustos que me llevo cuando mi equipo pierde, mi obsesión por saber qué acontece en el Real Madrid cuando me encuentro en cualquier parte del mundo o cómo palidezco cuando alguien me plantea un hipotético escenario con un hijo seguidor del Fútbol Club Barcelona, mi Némesis, mi Moriarty, mi archienemigo, mi “ni contigo ni sin ti”.

De un tiempo a esta parte, está mal visto decir que eres un apasionado del fútbol. Cualquier pseudointelectual, adalid de la cursilería gazmoña, te puede mirar con condescendencia desde la atalaya de su sabiduría para, acto seguido, abofetearte con las obras completas de Stendhal o Proust hasta conseguir que retomes el camino de vuelta a tu caverna, a pintar bisontes y pegar cuatro gritos con esa vulgaridad del fútbol y “esos 11 tíos corriendo detrás de una pelota”.

Afortunadamente, algunos de mis escritores favoritos como Nick Hornby, Camus, Osvaldo Soriano, el negro Fontanarrosa, Enric González o el gran David Gistau, han escrito brillantes páginas sobre este noble deporte, sin complejos, sin poses y sin intelectualismos, demostrando que de necios es despreciar pasiones humana, tan universales como el fútbol, algo que une a millones de personas bajo un mismo escudo, una historia y unos colores.

Para mí ver un partido de mi equipo es un vuelo directo y sin escalas, esté dónde esté, hasta aquel niño de 1996, hasta mi padre, hasta mi abuelo Javier, hasta mi hermano, hasta mis amigos, hasta el patio del colegio, hasta mis recuerdos, hasta mis ilusiones y hasta mis sueños.

El fútbol es mucho más que una cuestión de vida y muerte.

El fútbol es eterno.