Opinión

Rajoy: sonrió mío Cid

Antonio Domínguez Rey | Domingo 11 de diciembre de 2011
Y así les ha hablado: vengo, señores, con buenísimo recaudo y, en nombre de España, a recuperar el escaño que la insensatez le arrebatara. Lo oyeron todos, los oídos aplicados, y el gesto afable, con deje de largo alcance.

Hay que tener coraje para llegar a Europa desde España con cinco millones de parados a la espalda, una deuda descomunal ante los países anfitriones, y sonreír pidiendo puesto en el núcleo soberano del concierto europeo. El presidente in pectore de España, flamante, arropado por la mayoría absoluta de votos, saludaba con la energía e impulso que este aval proporciona como neófito. Se procuró, no obstante, y de camino, una recomendación importante. La entrevista previa con el secretario económico de Estados Unidos le apalabró su venia para la entrada en el consorcio europeo. Una palabra estratégica al constatar después de la cumbre de presidentes europeos que Inglaterra hacía, una vez más, mutis por el foro si del de control fiscal monetario se trataba. No pertenecen al euro y la libra surca en silencio los mares a toda vela.

Las políticas españolas de acercamiento al área anglosajona para sentirse arropados en Europa no siempre, pocas veces dieron resultado convincente. En tal sentido, parece que el próximo presidente de España retoma con sordina el capítulo donde había quedado pendiente, hace ocho años, la relación de Estados Unidos con España. Nuestro apoyo y dependencia de la relación atlántica pasa por pedir el placet diplomático de actuaciones ante el presidente de la unión de Estados americanos.

Este gesto de amistad euroatlántica tiene, de una parte, connotación soberana, pero, de otra, suele provocar, así, de frente, frunce de ceño entre mandatarios de la Unión Europea. Parece haberlo entendido con tal sesgo un periódico nacional de influencia en los medios estatales al publicar una foto de bienvenida del presidente francés al español entrante con los rostros divergentes y oblicuos en direcciones casi opuestas, la sonrisa barbada uno y cara de circunstancias otro. Mala uva, ciertamente, pero la del viñedo hispano. Un instante, lo más probable, de transición en el foro de bienvenidas, saludos y apoyo mediático al inminente mandatario español. El punctum de la foto, que decía Roland Barthes. Para lograrlo hay que enfocar mucho tiempo y disparar sin pausa, ametrallando los flashes de la cámara. O tener mucha suerte, que en este caso era el vinagre lácteo de quien monta y compone la página en la redacción de portada. No puede tratarse así a quien ya es presidente electo del país y se presenta en Europa anunciando su programa de futuro. Ninguna diferencia ideológica justifica esta saña. Europa es y tiene otro estilo. Quien sirve, como esclavo, a las ideas, pierde el señorío del entendimiento, la elegancia de estilo.

La venia atlántica la tiene España desde el descubrimiento de América. Y el nuevo presidente español conoce la tradición histórica del barrio de pescadores de Pontevedra a los pies de la basílica de Santa María y en la ribera del río Lérez, a cuyo rumor respondía el padre Feijoo desde sus orillas moviendo la pluma en el monasterio benedictino que lleva por nombre el de las aguas que lo rozan. Pontevedra fue el principal puerto de Galicia hasta el siglo XVIII. De la basílica, en cuya base figura el nombre de Colón, y hay lápida recordatoria esculpida en un lateral suyo, recibió título la nao que salió de Pontevedra hacia Baiona y, de aquí, al Atlántico con rumbo incierto hacia lo que hoy es América.

La vocación oceánica de Galicia es desde entonces secular. El presidente lo sabe y en la resonancia de sus palabras seguramente olea este trasfondo. Si algo puede ofrecer España a Europa, donde buena parte de su población emigrante labró un futuro sólido, es esta tradición americana de otra buena parte de españoles emigrados a América del Sur y, menos, del Norte. España en Europa suena América. Esta ha de ser nuestra carta de presentación y permanencia en el parlamento europeo. Y esto es lo que Europa nos pedía al recibirnos en su concierto.

Estamos perdiendo lentamente la tradición histórica de ultramar. Los países suramericanos miran ahora hacia el Índico, China, Japón, Australia, o reciben influencia de estas y otras zonas musulmanas al calor del dinero que emigra globalmente y alza la economía de estos países denominados emergentes gracias a la inversión de las finanzas internacionales. Brasil es tal vez el más beneficiado y allí prospera capital español, especialmente gallego, con cifras serias. Y Brasil habla portugués, un idioma, recordemos, que nació galaico en las orillas del río Miño y emigró, como el castellano, blandiendo el Atlántico.

Es argumento que repetimos incansables. Con el gallego y castellano juntos se forma una ola gigante cuyo logo, español, brillaría con lustre propio en América y Europa si se acierta con la política que la Historia nos sopla con vientos centenarios. España debe ser la embajada de América en Europa. Y al bilingüismo de Galicia le corresponden una función y tarea estimulantes. Así lo ha entendido, ¡por fin!, el actual presidente autonómico gallego, quien hizo en Santiago una declaración al respecto el mes de julio de este año asumiendo la vocación euroamericana de Galicia. Es invitación que repetimos a la comunidad gallega un grupo de intelectuales y profesores desde hace más de doce años. Europa se avendrá a un planteamiento euroamericano si se presenta un proyecto lúcido, claro y distinto, para convencer a los cartesianos, y bien hilvanado, de tal modo que lo suscriban los alemanes, con sentido práctico, del gusto anglosajón, y un poco, bastante, de realismo hispano, el que tuvo Colón al persuadir a la corte castellana del empeño de Indias. Nunca mejor recordado.

Si así fuera, cabría decir entonces: ¡Dios, cómo es bien barbado!

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