Alejandro Barón | Lunes 12 de diciembre de 2011
Esta semana iniciamos un nuevo ciclo de artículos sobre China. ¿Cuál es el objetivo de esta serie? Congelar algunas imágenes que definan brevemente la situación actual del Imperio del Centro, su rumbo, sus debilidades y fortalezas.
Shanghai tiene 23 millones de habitantes y Pekín casi 20. La gran conurbación de Chonqing cuenta con 28 millones de almas. Cantón, Tianjin, Guangzhou, Chengdu, Shantou, Shijiazhuang y Harbin se sitúan cómodamente entre 10 y 20 millones y sus padrones municipales están sufriendo un aumento vertiginoso. Incluso Hong Kong y Shenzhen, las ciudades de la tecnología puntera y de la ingeniería financiera de punto de cruz son ya centros demográficos de proporciones mayúsculas.
La evidencia es escalofriante: seis o siete aglomeraciones chinas superan ya en población al Gran Londres y su área metropolitana, la mayor aglomeración urbana de la UE. Con casi 670 millones de urbanitas, el éxodo rural que el país asiático ha experimentado desde finales de los años setenta es el movimiento demográfico de mayor importancia de principios del siglo XXI. A pesar de la importancia tradicional del campo y de la planificación a través de empresas públicas ligadas al padrón municipal (dan wei) del primer maoísmo, la tardía urbanización del gigante asiático parece no tener fin.
Incluso los diferentes organismos internacionales, think tanks y actores económicos coinciden por una vez en su diagnóstico con el gobierno chino. El año pasado, la agencia oficial XinHua formalizó lo que ya era una evidencia: la tasa de urbanización en China roza el 50 % (algo comparable a EEUU en los años 1920), y las ciudades produjeron cuatro quintos de la riqueza del país. Por su parte, el McKinsey Global Institute fue algo más atrevido en su informe sobre tendencias poblacionales de 2009 (Preparing for China’s Urban Billion), vaticinando que en 2025 podríamos encontrarnos con quince megaurbes de más de veinticinco millones de habitantes cada una y 221 ciudades de más de un millón, contra 35 europeas y, siendo optimistas, escasas cuatro o cinco en España.
Al margen de oportunidades obvias, un cambio de tales proporciones entraña desafíos inmensos, y no sólo en el terreno urbanístico.
Primero, plantea enigmas normativos, puesto que la República Popular distingue dos tipos de ciudadanos: aquellos con residencia oficial en algún municipio y los demás nacionales, que se convierten así en una población “flotante” e ilegal (los llamados min gong, obreros emigrados a la ciudad sin derecho a sanidad, educación y otras prestaciones sociales básicas), la cual invade ya las principales ciudades chinas. El problema es delicado, pues entraña consideraciones sociales, de seguridad y de orden público para gobierno de Pekín.
En segundo lugar, el progresivo deterioro del medio ambiente y los altos niveles de contaminación son también problemas mayores. Según el Banco Mundial, 20 de las 30 ciudades más contaminadas del mundo se encuentran en China. Muchas áreas antaño libres de contaminación sufren serios problemas de smog por el uso abusivo de combustibles fósiles, baratos y útiles para la vida cotidiana.
El cambio tecnológico es otro factor primordial en el desarrollo del urbanismo chino, en la medida en que no se sabe cuál va a ser el impacto social de la reconversión hacia métodos de producción intensivos en tecnología, más aún cuando 15 millones de campesinos emigran del campo a la ciudad cada año.
Pero sobre todo importa el impacto político de la urbanización, incluso a nivel internacional: las ciudades son el germen de la divergencia y oposición al régimen de partido único. Los movimientos cívicos y contestatarios han arraigado en los últimos años en terreno urbano, como la Tribu de las Ratas Pekín (una suerte de 15-M subterráneo para desplazados sin hogar), o el Centro Cívico de Shenzhen, auténtica bofetada popular y espontánea a la autoridad suprema del poder central.
La lista no se agota aquí y contiene un número abierto de temas a debatir y sopesar; las soluciones no son ni únicas, ni unívocas. Sin embargo, no parece que la panacea venga del modelo urbanístico americano, tan admirado en las grandes ciudades, ni incluso del europeo, querido entre la intelligentsia. Será necesaria una genuina solución China, adecuada al momento actual, planificada y debatida entre la marginada sociedad civil -cada vez más activa- y el poderoso Gobierno, cuyos largos brazos no han sido empero capaces de atajar el problema con solvencia.