TRIBUNA
Martes 13 de diciembre de 2011
En estos tiempos de transición (transición no sólo electoral sino mucho más amplia), los cambios culturales o ideológicos se adelantan a los de contenido social. Algo de esto me perece que sucede con “la Memoria Histórica”, una visión del pasado que ha tenido éxito en los últimos años, y que ha sido utilizada por los agentes políticos para movilizar a sus partidarios electorales. “La Memoria Histórica” es particular para cada corriente política, por eso las “Memorias” son diferentes a derecha e izquierda del espectro partidario, y también son distintas en cada país o Estado que decida usar su “Historia nacional” para alcanzar objetivos políticos.
Siempre ha sucedido así. Los reyes, iglesias, gobernantes, etcétera, se han servido de la Historia para legitimar o justificar sus acciones políticas, religiosas o estatales. Podíamos ir mucho más atrás, pero la dedicación a controlar el presente y el pasado, incluso manipulándolos, fue una del prioridades de los Reyes Católicos, del emperador Carlos V y de Felipe II como gobernantes. Usaron la novedad de la imprenta (el internet de aquella globalización), y los cronistas y los “historiadores oficiales” (Enríquez, Alonso de Palencia, Zurita, Garibay y Mariana, entre otros) fueron pagados por los monarcas para relatar “la memoria” que justificaba literariamente sus políticas.
Con los liberales, la Historia fue empleada a fondo para sus fines. El caso más notable fue el de Francia durante su III República. La Historia daba sentido al Estado, y por eso era también una enseñanza que contenía “virtudes patrióticas y republicanas”. El modelo francés inspiró a otros muchos países. En España, la “Historia de España” de Modesto Lafuente cumplió la misión de relatar nuestro pasado, en el que los “ciudadanos españoles” se reconocían de otra manera que cuando los “súbditos españoles” lo hacían en la “Historia General de España” del jesuita Juan de Mariana.
El periodo que se abre con el fin del comunismo soviético (1989) y que se cierra con esta severa crisis actual, se caracterizó porque en lugar del conocimiento histórico, se empleó la técnica demoscópica (las encuestas de opinión) para tomar decisiones y para legitimarlas en nuestras democracias. Aunque la Historia no interesaba como antes, pues remitía “a lo antiguo” y a sus límites (algo que no consideraban aquellos “nuevos” líderes omnipotentes), sin embargo, fue utilizada convertida en “Memoria Histórica”.
En las democracias atlánticas –Europa y Norteamérica, fundamentalmente-, su optimismo de aquellos años explicaría el éxito de las “Memorias Históricas”. Aquí en España, por ejemplo, hubo libros, pero sobre todo, programas televisivos, exposiciones y variados “eventos culturales” que popularizaron un relato histórico en el que, sin ir más lejos, Felipe II, Cánovas o el mismo Franco eran precedentes de nuestro presente (entonces triunfante y próspero). La Historia no tenía contradicciones, como tampoco las encuestas de opinión con las que se gobernaba.
Ese voluntarismo idealista ha terminado. Las “Memorias Históricas” interesan menos que la “Historia” escrita por historiadores profesionales: cualquier pasado tiene la complejidad y la imperfección del presente.
Nuestra Guerra Civil y la Transición de hace 30 años han sido el objeto predilecto de los fabricantes de las “Memorias Históricas”. Santos Juliá, un especialista en esos periodos, acaba de publicar un libro titulado: “Elogio de la Historia en tiempo de Memoria”. Juliá critica que se hable de “memoria” cuando no se ha vivido en ese pasado. La memoria es una facultad individual. El historiador no recuerda, pues la mayor parte de las veces escribe tiempo después de los acontecimientos.
La “Memoria Histórica” se parece a la “Invención de la Tradición”, una investigación del historiador británico Eric J. Hobsbawn en la que criticaba las falsedades históricas del nacionalismo escocés. Aquí sucedió otro tanto. Los responsables del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, querían tan sólo frenar la violencia de la II República. Unos patriotas casi demócratas, según algunos listos fabricantes de “best-seller”(los “mejor vendidos”). El problema de sus intencionadas versiones justificantes ha sido que aquellos generales fascistas comenzaron asesinando no a rojos, sino a militares que mantuvieron su juramento a las leyes del Estado. Ejemplo: el general Domingo Batet, jefe militar de la región de Burgos, y odiado por Franco por su lealtad.
La otra versión opuesta incurrió en parecidas simplificaciones, además de que intentó cristalizarla en la ley de “La Memoria Histórica”. Ha escrito Juliá que no es cierto que los que respondieron desde el campo republicano a los militares insurrectos estuvieran luchando por la democracia liberal republicana. Buena parte de los socialistas, anarquistas (y también los comunistas, aunque tácticamente menos) y otros sectores republicanos, creían que había llegado la hora de defender una revolución social y política distinta.
Lo más erróneo de esas visiones ideológicas fue que devaluaron la obra de los constituyentes de 1978. El 21 de diciembre de 2008, escribiendo sobre esas mismas actitudes, me referí al tiempo de la Transición: “No hubo amnesia, hubo amnistía”. En ese caso mi memoria sí es histórica.
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