Jueves 15 de diciembre de 2011
El Parlamento Europeo entregaba ayer miércoles el premio Andrei Sajarov a la Libertad de Conciencia, galardonando a la Primavera Árabe a través de de cinco activistas de Egipto, Túnez, Libia y Siria. Solo dos de ellos pudieron viajar a Estrasburgo, ya que a los sirios Razam Zaitouneh y Ali Farzat no se les ha permitido viajar, y el tunecino Mohamed Bouazizi falleció la pasada primavera tras quemarse a lo bonzo como protesta por la situación de su país. La unanimidad de la Eurocámara a la hora de conceder tan importante distinción revela no sólo el reconocimiento hacia los galardonados, sino el apoyo de los 27 al proceso de reformas abierto en el mundo árabe.
Túnez ya ha celebrado elecciones libres; Egipto lo hace estos días -con sus luces y sus sombras, pero elecciones a fin de cuentas-, y en Libia pronto las habrá. No ocurre lo mismo en Siria, donde el régimen de Al Assad resiste con el único –e impresentable- apoyo de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, vetando cualquier resolución de condena. Ninguno de los tres países se distingue precisamente por su calidad democrática -la de Rusia acaba de quedar patente tras las irregularidades de los últimos comicios-; quizá por eso se aferran al totalitarismo. Pero Siria no es ni Rusia ni China, y su población empieza a rebelarse abiertamente a la tiranía que lleva ya demasiado tiempo oprimiendo al país. Una población para quien también va dirigido el premio Sajarov.
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