Opinión

Japón somos todos

Lunes 19 de diciembre de 2011
El otoño, tras Berlín, me llevó a Tokio. Como una hoja cayendo, pasé de los rigores conceptuales germanos, del templo helénico encajado en la barbarie del norte, al fluir japonés. Allí me esperaba Tokio, con su mundo reticular de ausencia de centro, su policentrismo extendido, vivo, vibrante, con sus barrios, Ginza, Shinjuku, Omotesando, Shibuya, como flores multicolores en la inmensa superficie urbana aparentemente gris. Allí estaban Dragó y las cenas en las tabernas del Tsukiji, el barrio de los pescadores, rodeados de salary man ahitos de sake y dispuestos a caer donde el suelo les pare, los papeles en vez de carta en las paredes con el fugu, el pescado bola de hígado venenoso en temporada, las ostras gigantes en sashimi y las copas de sake caliente. También Donald Keene, con sus 87 años de vida entregados a Japón, recién convertido en japonés tras el tusnami, “me he convertido en un santo”, me dice, “y esto de convertirse en santo es muy duro, todo el mundo quiere hablar conmigo, tocarme, no puedo ni salir a la calle; desde hace dos meses no toco un libro”. Keene a quien acaban de hacer en Japón un museo en vida, estrella en una cultura en la que se mezcla sin cesar lo popular y lo culto, en la que el criterio lo marca el sentido, el fluir. “Ahora eres un fantasma de ti mismo”, le digo, y se ríe, con la sonrisa dulce de arrugas que dan los años de vida interior. Keene traductor de Kawabata y Mishima, y luego comida con Jaime Fernández, amigo y traductor al español de Kawabata, en Kamakura, con su buda gigante en el que entro como Woody Allen entra en la estatua de la libertad, para poder recordar la última vez que he estado, no dentro de una mujer, sino de un dios. Ahí están Nana Tanimura, estrella de la canción pop teenager, y Marino, estudiante de la mística española y japonesa, uniendo en Shinjuku el culto al cuerpo sublimado y al fresco y vibrante, “¿Existe Nana?”, le pregunto, y él se rie y se hace una foto con Nana. ¿O su fantasma? Me dicen que me ponga en la foto y en vez de ponerme yo se pone mi fantasma, y salimos sonrientes, con la sonrisa de las hojas que caen en otoño, como borrachos ahitos de sake, hasta donde el suelo nos pare.

Y luego Kioto, con sus calles, pequeñas, sus edificios de madera oscuros y aparentemente decrépitos, su grisura, toda ella un canto al elogio de la sombra de Tanizaki. Esa Sevilla adusta nipona, con río, calles de tiendas, templos y bicicletas, de familias orgullosas de un pasado en el que los hombres y los dioses se mezclan. Japón y el rito, Japón y la entrega al momento, al destino, a lo que te rodea, fuera y dentro. El momiji, las hojas rojas del arce japonés también nos esperan, este año nos han esperado, y brillan en un deleite apabullante. Y caen haciendo el aire tridimensional, caen como caemos nosotros, como una hoja más. Como nos espera el jardín de rocas del Ryoan-ji, el jardín por antonomasia, la representación del mundo y de uno mismo, con sus rocas y su vacío todo menos monumental, su vacío real. Kyoto y las cenas con Higashitani, traductor al japonés de Gracián, el primero que dijo que los japoneses son los españoles de Asia. En Kioto, los restaurantes son pequeños, y uno se sienta en el tatami, con una ventana baja delante que da a un diminuto jardín de roca, mientras suena Coltrane. Kioto ama el jazz, Murakami cuando era un escritor en ciernes tenía allí un bar de jazz, y los platos se suceden, caen como hojas, coloridos, pequeños, vibrantes y sabrosos, ballena, anguila, gengibre, nabo, el siempre sabroso lomo de atún, grasa asada de salmón, y uno peca con la lengua, come muy políticamente incorrecto, medio tumbado en el tatami, en una bacanal estética y gastronómica, mientras Gracián se pasea por las comisuras de las arrugas de Higashitani, esas arrugas hechas de sabiduría y vida interior…

Japón nos espera siempre. Como una abuela ilustrada y acogedora, como un campo de bebés que han decidido divertirse tras organizarse, como un jardín de musgo que desde el Norte mira al Sur. Ser musgo. Japón nos espera con sus pasadizos oscuros de tiendas de segunda mano y sus librerías de viejo, sus luminosos procaces y sus charcos de agua y grasa en los que mirarse y verse muy viejo, atemporal. Con sus tiendas-edificio de lujo en las que comprar no es un lujo, con su retícula eterna en la que uno es una pieza más de mil piezas más. Un mundo reticular en el que tamaño de cada celda es igual, pero en el que cada una vibra con su propia vibración. Un mundo al revés, en el que no se puede fumar en las calles pero sí en los bares y en los restaurantes, siempre cortésmente, en donde se acaba de abrir la mayor librería del mundo de libros de papel, el mundo del papel y la madera, del tacto. En los trenes, nadie habla con los móviles, y dormitan, entregados al momento, como hojas que caen hasta donde el sueño los pare. Dejándose siempre caer, siempre fluir. Ahora los turistas no van a Japón, asustados. Pero Japón se impone, sonriente y luminoso, íntimo y acogedor. Porque sin saberlo, Japón somos todos.