Opinión

El reformismo de Rajoy: ni sectarismo ni programas ocultos

Martes 20 de diciembre de 2011
Definitivamente no había programa oculto, como acaba de demostrar el ordenado discurso de investidura de Mariano Rajoy en las Cortes generales. El diagnóstico de la actual situación crítica y el contundente cúmulo de medidas para afrontarla expuesto por el todavía candidato a la presidencia de Gobierno son coherentes con sus propuestas parlamentarias realizadas durante el último lustro, se fundamentan íntegramente en el programa electoral masivamente votado por los españoles y no recurren a ninguna medida solapada que se hubiese hurtado al debate electoral previo a las elecciones, como se quiso hacer creer en versiones interesadas.

Como era de esperar, las medidas de carácter económico han copado la máxima atención en un país lastrado por una tasa de desempleo inasumible y una economía en el umbral de una nueva recesión. Hay que resaltar, sin embargo, que el primer gran acierto del plan de Gobierno planteado por el señor Rajoy no es de índole propiamente económica, sino de principios políticos, cuando ha expuesto su voluntad de gobernar desde el diálogo recuperando el espíritu de consenso que, en el pasado, trasfiguró y modernizó rápida y profundamente nuestro país en muy pocas décadas. Se trata de una cuestión de valores políticos y no de una necesidad de aritmética parlamentaria. El número de actas de diputados obtenido por el PP permitiría aplicar sencillamente el rodillo parlamentario para sacar adelante cualquier ley que el futuro presidente del Gobierno quisiera imponer a la Cámara. El retorno al diálogo y el consenso tiene otra motivación más profunda: el propósito de restaurar el clima ético y político que hizo posible el acuerdo constituyente y que nunca se perdió bajo mayorías o minorías de gobiernos de distinto color hasta que el señor Rodríguez Zapatero desatase lo que el ensayista y profesor Jon Juaristi ha denominado su guerra relámpago contra los acuerdos de la Transición.

La oferta de consenso ha sido extendida en el fondo y en la forma a todo el arco parlamentario, pero rescata una cuestión fundamental que ha sido clave en nuestra prosperidad: el acuerdo sobre temas de Estado entre los dos grandes partidos políticos capaces de acceder a la presidencia del Gobierno. Algo muy distinto al diálogo líquido de los últimos gobiernos para llegar a acuerdos fluctuantes con minorías en gran medida secesionistas. El reproche al modelo de oposición llevado a cabo por el PP debe estar matizado por ese propósito de crear un cordón sanitario contra él, objetivo que el tiempo ha revelado ser profundamente hiriente para los intereses nacionales y prácticamente suicida a la hora de afrontar el vendaval de la crisis.

No levantar muros territoriales, ni erigir fronteras ideológicas sectarias, no tratar de asfixiar al PSOE con otro cordón sanitario que acelerase sus luchas y contradicciones internas, ha sido un planteamiento de Mariano Rajoy. La réplica a esta oferta por el actual portavoz del grupo parlamentario socialista ha estado, por desgracia, lastrada por los condicionantes de la batalla interna desatada en su partido. La intervención del señor Alfredo Pérez Rubalcaba ha estado repleta de malabarismos dialécticos para no rechazar el consenso y a la vez no aceptarlo sin reservas. Rubalcaba opta a la presidencia de su partido y hoy por hoy encuentra una seria amenaza en el sector encabezado por Carme Chacón y líderes locales como Tomás Gómez, aún embarcado en un discurso demagógico y sectario conectado a la vieja política de la era Zapatero que le puede rebasar por la izquierda. Alguien dentro del propio PSOE debería tomar las riendas para que este periodo de lucha interna no repercuta en los intereses generales del conjunto de España.

El señor Pérez Rubalcaba ha atribuido su rechazo a la investidura de Mariano Rajoy a ese fantasmagórico programa oculto que en los debates electorales él intuía que saldría a la luz en el discurso de investidura. Un programa que no ha salido, pero que Rubalcaba intuye que saldrá después, alimentando una desconfianza que se diluye conforme el tiempo avanza. ¿Cuánto tiempo aguantará una retórica que fue duramente vapuleada por los propios electores de izquierda? El programa eminentemente económico de Mariano Rajoy no necesita resortes ocultos porque tiene la virtud de estar sólidamente trenzado entre sí –muy lejos de las medidas ocurrentes y aisladas-, por más que no pueda adquirir su perfil definitivo hasta conocer las cuentas reales de la Administración y haber realizado los acuerdos con otras fuerzas políticas que el debate hace más que previsible.

Los titulares de prensa tienen un nutrido abanico de medidas a destacar. Excepto el poder adquisitivo de las pensiones, todas las partidas serán revisadas para contener el déficit para el límite comprometido. Simplificación de las Administraciones, recorte del sector público, evitar las duplicidades, reforma del sistema financiero mediante nuevas fusiones bancarias y nuevos modos de control y regulación del Banco de España, cambio de la ley tributaria, ayudas fiscales a las pequeñas empresas, nuevo marco laboral orientado a asegurar la competitividad y la reinserción laboral, responsabilidades jurídicas de los males gestores, modificación de las televisiones públicas, supresión de obstáculos para la circulación de bienes y servicios en una auténtica unidad de mercado, afianzar la seguridad jurídica y reforma de la administración de justicia, plan energético que no excluya ninguna tecnología, pacto para garantizar la sostenibilidad del sistema sanitario, transformación del sistema educativo basado en la recuperación de los valores del esfuerzo y la responsabilidad, con nuevas exigencias en la contratación de los profesores, bachillerato de tres años que aborde las lacras de formación que señalan todos los indicadores e informes… Hasta la conservación del medio ambiente está pensada para impulsar la economía de servicios vinculada al turismo.

Imposible sintetizar mínimamente este amplio impulso reformista que de llegar a buen puerto transformará profundamente nuestro modo de vida a la salida de la crisis. Esta red firmemente trenzada para afrontar la quiebra económica ha dejado fuera las medidas de mejora de la calidad democrática que la sociedad española está demandando y que a buen seguro otros grupos políticos impulsarán. Si el Gobierno de Mariano Rajoy sabe desmantelar el laberinto de prejuicios ideológicos y territoriales que como una red de trincheras ha cruzado nuestra vida nacional en la última década, España recobrará la energía reformista que necesita y que le ha permitido salir modélicamente de otras crisis con una fuerza que en el exterior ha sido extraordinariamente admirada y que debe sostener nuestra confianza y autoestima colectivas.

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