Martes 20 de diciembre de 2011
El azar ha hecho que, con escaso margen de diferencia, fallecieran dos mandatarios, dos figuras de muy distinto calibre y calado. Václav Havel, ex presidente primero de Checoslovaquia, y luego de la República Checa, y Kim Jong II, dirigente de Corea del Norte, son la cara y la cruz de la larga lucha por la libertad que, de una forma u otra, marca el discurrir de la Humanidad. Durante toda su vida, Václav Havel hizo de la libertad su bandera, mientras que Kim Jong II se dedicó a pisotearla con su régimen totalitario.
El gobernante norcoreano fue un dictador que no solo sometió a su pueblo a un férreo control, aplastando cualquier resquicio de oposición y recluyendo a los disidentes en campos de concentración. También lo arrastró a la más absoluta ruina. Sirva como ejemplo que, a principios de los años noventa, se calcula que murieron cerca de un millón de personas a causa del hambre. Sin importarle esa miseria, quien puso en marcha un culto a la personalidad –el día de su cumpleaños era fiesta nacional- y se hizo llamar “querido líder”, no se privó de lujos –el infarto que le ha llevado a la tumba se produjo cuando viajaba en su tren privado- ni de gustos caros, como el caviar que le traían de Irán. Kim Jong II empleó los recursos económicos en su propio bienestar y beneficio, y, en una peligrosa muestra de delirios de grandeza, en desarrollar una irracional carrera armamentística, que incluía un potente arsenal nuclear con el que amenazar al mundo, sobre todo a Corea del Sur y Japón. La muerte del dictador, a quien le sucederá su hijo, Kim Jong Un, abre una etapa de incertidumbre en el sudeste asiático. La comunidad internacional debe permanecer alerta ante las intenciones y movimientos del nuevo mandatario norcoreano, en cuyo poder quedan ahora desafiantes y provocadoras armas nucleares.
Frente a la siniestra figura del tirano Kim Jong II se alza la ejemplaridad de la trayectoria de Václav Havel, que precisamente luchó contra el régimen comunista checoslovaco hasta convertirse en el impulsor del movimiento democrático de su país y en un nombre clave de la Europa de finales del pasado siglo. Durante la Primavera de Praga de 1968, Václav Havel, ya en ese momento reconocido dramaturgo, se opuso firmemente a la ocupación soviética de Checoslovaquia, por lo que sus obras fueron prohibidas. Esto fue solamente el comienzo de un duro acoso por parte del Gobierno comunista, sobre todo después de firmar, junto a otros destacados intelectuales, el conocido como “Manifiesto de las mil palabras”, que le ocasionó ser encarcelado en numerosas ocasiones. A medida que el hostigamiento en su país crecía, aumentaba su prestigio en el exterior como disidente e intelectual comprometido con la libertad, lo que propició su salida de prisión y ser elegido como cabeza del grupo opositor Foro Cívico. Después de su decisiva participación en la denominada “Revolución de Terciopelo” en 1989, que acabó con el régimen comunista checo, Václav Havel asumió la presidencia de Checoslovaquia ese mismo año, cargo que confirmó tras las elecciones de 1990. Posteriormente, tras la partición de Checoslovaquia en Eslovaquia y República Checa, fue elegido presidente de esta última.
Kim Jong II fue un dictador de hierro, que sometió a su pueblo con un tiránico régimen comunista. Václav Havel combatió contra el comunismo con guante de terciopelo, con firmeza y perseverancia, pero sin venganza ni rencor: “Estamos obligados a luchar enérgicamente contra todos los eventuales gérmenes de odio colectivo” escribió. Sus eficaces instrumentos fueron la palabra y la defensa de la libertad y la dignidad del ser humano, lo que se ve en su labor tanto en el campo de la política como en el del pensamiento y la literatura. Hoy, el mundo honra la figura de Václav Havel, cuyo legado permanecerá como una lección para generaciones futuras. Y debe observar con cautela a Corea del Norte, cuyo escenario manchó y empobreció el autoproclamado “querido líder” comunista Kim Jong II. Libertad y terciopelo frente a opresión y hierro: Václav Havel versus Kim Jong II.