Durante 2011 la tierra tembló especialmente en Japón, cerca de la localidad de Fukushima, y en España, en Lorca y en El Hierro. Los terremotos han devuelto el miedo a lo nuclear al verse afectada una central nuclear que tuvo en jaque a más de medio mundo, llevó la desgracia y desolación a una localidad murciana que vio morir a nueve vecinos y una erupción volcánica sembró la incertidumbre en la isla canaria.
Un terremoto de magnitud 9 sacudía en marzo desde Japón la industria atómica mundial y el nombre de una central, Fukushima, a 240 kilómetros al norte de Tokio, nos devolvió el miedo a lo nuclear.
El terremoto y el posterior tsunami inutilizaron el suministro eléctrico y los sistemas de refrigeración de la central de Fuksuhima, provocando una situación de fisión en 6 de sus reactores, con la consiguiente fuga radiactiva al mar, el aire y la cadena alimentaria.
Después del seísmo se declaró un estado de emergencia en la central nuclear. Al principio se informó de que no existían fugas radiactivas y se evacuó a 3.000 vecinos en un radio de 3 km del reactor, pero horas después se elevó el radio a 10 km, afectando a cerca de 45.000 personas.
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Hoy, la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) ha ofrecido su ayuda al Gobierno de Japón para descontaminar las zonas cercanas a la accidentada nuclear de Fukushima-1 y reubicar las barras de combustible dañadas.
A pesar de que la situación en la central nuclear está controlada tras el apagado en frío de los reactores, que se ha llevado a cabo a mediados de este mes de diciembre, el desmantelamiento de Fukushima-1 tardará al menos cuatro décadas, por lo que Japón afronta todavía "importantes desafíos".
El miedo devuelto tras Fukushima ha llevado a varios países europeos a tomar decisiones drásticas. La primera en mover ficha fue la canciller alemana Angela Merkel que, aunque acusada de electoralista, dio marcha atrás en su plan de alargar la vida de las nucleares y anunció apagón atómico para 2022.
Su decisión provocó un efecto dominó: Suiza aprobó el abandono nuclear conforme sus centrales vayan agotando su vida útil, Italia convocó un referendo donde el 95% de sus ciudadanos dijeron "no" a la construcción de reactores y Bélgica acordó el cierre progresivo de sus plantas a partir de 2015.
En España se ha mantenido la postura previa al accidente: ir clausurándolos conforme vayan cumpliendo su vida útil, estimada en 40 años, y no construir nuevos.
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Volcanes y terremotos en EspañaLorca y El Hierro no van a olvidar 2011, un año en el que la naturaleza mostró su poder con un terremoto que dejó muerte y desolación en la localidad murciana y la erupción volcánica que sembró la incertidumbre en la isla canaria.
El 11 de mayo, los vecinos de Lorca se asustaron al sentir un terremoto y salieron a la calle para tentarse las ropas y comprobar que estaban bien. Casi dos horas después, cuando comentaban lo ocurrido con los vecinos, con otros padres que recogían a los niños en el colegio o con los compañeros de trabajo, la tierra se volvió a mover, esta vez con más fuerza. Y además se pudo ver en directo por televisión.
Los periodistas desplazados a Lorca para cubrir el primer movimiento grababan imágenes de grietas en los edificios y a vecinos contando cómo lo habían sentido, cuando fueron testigos en persona de un nuevo terremoto.
El subsuelo volvió a temblar y aunque el seísmo fue de 5,1 grados de la escala Richter -magnitud moderada- mostró mucha fuerza, porque el punto donde se originó, estaba a solo 3 kilómetros debajo de Lorca.
La energía desprendida provocó la muerte de
nueve personas, hirió a casi 300 y provocó el desplome de miles de edificios de todas las épocas, desde iglesias con siglos de vida a viviendas recién construidas y la desaparición de un barrio entero, La Viña, donde vivían 6.000 personas.
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Fueron cinco segundos que cambiaron la vida de 92.000 vecinos de una ciudad emprendedora. Muchos de ellos inmigrantes que, a falta de amigos o familia, se vieron obligados a vivir en un gigantesco campamento montado por el Ejército a las afueras de la ciudad.
Los lorquinos viven, siete meses después, el día a día en un lento proceso de reconstrucción, se han acostumbrado a sobrevivir en una ciudad desolada y, lo peor, el miedo les acompaña porque la falla geológica que atraviesa el sureste español es una zona de riesgo sísmico.
Erupción submarinaNo dos, sino casi 12.000 movimientos sísmicos, y pocos sentidos por la población, ha registrado el Instituto Geográfico Nacional (IGN) desde el 17 de julio en la isla canaria de El Hierro. El clímax de este fenómeno se registró el 10 de octubre cuando, a 2.000 metros bajo la superficie del Atlántico, en el mar de Las Calmas, se producía una erupción submarina.
Sólo habían pasado dos días desde que se produjera el terremoto más fuerte de los registrados hasta entonces, uno de 4,3 grados de la escala de Richter, y que -esta vez sí- sintieron los herreños.
La naturaleza cambió la fisonomía de la isla. Se fueron los turistas y los submarinistas que disfrutaban de la pacífica reserva marina, mientras que los vecinos de La Restinga, el pueblo más próximo a la zona eruptiva, se acostumbraron a las evacuaciones. Llegaron científicos, geólogos, vulcanólogos, biólogos con extraños aparatos, y periodistas que, en varios idiomas, explicaban ante sus cámaras lo que ocurría tanto en tierra como en el mar.
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La isla se pobló de militares de la Unidad Militar de Emergencias (UME) llegados para ayudar en caso de necesidad y de agentes de la Guardia Civil que, con helicópteros sobrevolaban la zona. En el mar, los buques de investigación "Profesor Ignacio Lozano", de la Agencia Canaria de Investigación, el "Sarmiento de Gamboa" y el "Ramón Margalef", del Instituto Español de Oceanografía (IEO).
Este organismo captó las imágenes e informó, poco después, de que se habían localizado dos focos en un nuevo edificio volcánico de 100 metros de altura, con un diámetro en la base de 700 metros y un cráter de unos 120 metros de ancho. El mar pasó de azul a marrón y gris, por la lava y los gases que emanaban del volcán y, que las corrientes, llevaban hasta el litoral. Aparecieron los primeros peces muertos, y con ellos la incertidumbre de los pescadores y de las empresas deportivas y turísticas, por el futuro.
También los burbujeos y los remolinos producidos en la superficie del mar por la energía desprendida por el volcán, nacido en un valle submarino. Y aprendimos nuevas palabras: tremor (modificación interna del volcán) o piroclastos (material magmático).
Una isla que pretendía darse a conocer en el mundo por su proyecto de abastecerse al cien por cien de energías renovables, consiguió ser portada de los medios de comunicación internacionales por el nacimiento de su volcán submarino. El fenómeno eruptivo continúa a la hora de escribir esta crónica. La señal de tremor es constante, aunque con poco pulso y de escasa amplitud.