La visita en mitad de agosto del Papa Benedicto XVI para presidir la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid inundó la capital de jóvenes de todo el mundo, cánticos, rezos y espíritu de colaboración con todas las administraciones.
El encuentro del
Pontífice con más de un millón y medio de jóvenes católicos sólo tuvo contestación por parte de algunos dirigentes nacionalistas, el Foro de Curas de Madrid, algunos grupos laicos y varios miles de manifestantes que se enzarzaron a gritos y golpes en la Puerta del Sol.
Llevados por el espíritu de diálogo y respeto, miembros del 15M, que los primeros días habían protestado por la invasión de católicos, improvisaron un debate pacífico con los peregrinos que acabó en abrazos en mitad de la plaza.
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Así, el macro festival de la fe congregó en mitad de agosto en Madrid a cientos de miles de jóvenes de todo el mundo que recorrían las calles y plazas agitando banderas y cantando a pleno pulmón, ‘asaltando’ bares y restaurantes donde pudieran comer decenas de personas de una sentada, y comprando un sinfín de camisetas, gorras y recuerdos.
La llegada del Pontífice el jueves 18 desató la euforia de cientos de miles de peregrinos que jalonaban cada recorrido del papa-móvil por las calles de Madrid y desbordaban las previsiones de asistencia a cada acto.
Durante esos días de agosto, los museos triplicaron el número de visitantes, las iglesias y parroquias registraron aforos como no recordaban; el Palacio de Deportes, la Caja Mágica, el Madrid Arena y decenas de polideportivos y grandes espacios se llenaron de jóvenes que acudían a las catequesis de cientos de obispos llegados de todo el mundo.
Los actos centrales -la ceremonia de bienvenida en la Puerta de Alcalá, el Vía Crucis por el Paseo de la Castellana y la misa en la Plaza de Cibeles- contaron con la asistencia de cientos de miles de personas que aguantaban estoicamente la ola de calor que asoló Madrid.
Pero sin duda la concentración más grande e inolvidable fue la misa de Cuatro Vientos y la vigilia de la noche anterior en la que más de un millón y medio de personas -incluidos el Papa, los Reyes y buen número de autoridades- desafiaron el temporal de lluvia y viento que sorprendió a los asistentes en plena oración.
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La magnitud de los eventos y la colaboración decidida de las autoridades municipales, autonómicas y estatales, que se volcaron en apoyar a los organizadores, desataron las críticas de grupos laicos preocupados por la supuesta sumisión de los poderes públicos a la Iglesia, por la cesión de espacios públicos para uso religioso y por el ingente dispendio que supuso el festival católico.
Ante las críticas, la Iglesia subrayó una y otra vez que se trataba de "una fiesta que pagan los propios peregrinos" y que, por lo tanto, supondría un "coste cero" para las administraciones y unos ingresos adicionales gracias al gasto que realizarían los participantes en la macro-fiesta de la fe.
Así, cien días después de celebrada la JMJ, los organizadores dieron a conocer un estudio de impacto económico realizado por la consultora PwC según el cual el evento habría supuesto una inyección de 354 millones de euros para la economía española.
Además, según cálculos preliminares, la auditoría que debe realizar la misma firma mostrará "un cierto superávit" para la Archidiócesis de Madrid, organizadora del encuentro.
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A ello se debe sumar el impacto informativo de la JMJ, que generó unas 54.000 noticias en medios de comunicación de hasta 108 países gracias a la cobertura realizada por los 4.758 medios acreditados para cubrir el evento.
Como potencial beneficio para España, los organizadores también destacan el hecho de que del 1,5 millones de jóvenes que acudieron a Madrid, el 78 por ciento lo visitaba por primera vez, y el 90 por ciento expresara su intención de volver a España en un futuro.
Con todo, la Iglesia y en especial el cardenal Rouco, presidente de la Conferencia Episcopal, arzobispo de Madrid y responsable último de la celebración, hizo un balance "enormemente positivo" de las jornadas y destacó que Madrid había demostrado ser "una ciudad no sólo tolerante, sino simpática, abierta y cariñosa".
También el Gobierno, por boca de su ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, expresó su satisfacción por el éxito de la JMJ y el clima de "respeto y lealtad mutuos" mostrados por la Iglesia y el Ejecutivo, y se felicitó porque el acontecimiento había colocado a Madrid y a España "en el eje de la información de todo el mundo" dando una imagen de "país serio. Organizado y moderno".