Juan López Rodríguez | Miércoles 21 de diciembre de 2011
Estado de situación – Acabamos de debatir en nuestra Agrupación socialista acerca de las últimas elecciones y poníamos de manifiesto las dificultades, finalmente insalvables, a las que hacía frente Rubalcaba. Nos gustaba su programa y la explicación que hacía de él: reivindicaba el fortalecimiento de las políticas sociales y lo hacía de forma congruente. Sabedor de las dificultades de la crisis, planteaba un nuevo plan Marshall europeo junto a la revisión de los planes de consolidación fiscal. En fin, incrementar exponencialmente la inversión para facilitar la recuperación económica y retrasar un tiempo los esfuerzos para cuadrar las cuentas en tanto que lleguen nuevos ingresos fiscales como consecuencia de un crecimiento derivado del estímulo público. Y sin embargo, el proyecto ha sufrido de falta de credibilidad, no porque no sea posible, sino porque al mismo tiempo el presidente del Gobierno, de su propio partido, y el resto de líderes europeos se han pasado el trimestre debatiendo una reforma de los Tratados europeos y reivindicando como elementos fundamentales de la política económica el principio de estabilidad presupuestaria y el reforzamiento de un gobierno económico parcial cuyo pivote se centraría en el rigor fiscal.
Les invitaría a leer artículos anteriores que he publicado en estas mismas páginas digitales para que tengan una idea acerca de mis reflexiones sobre la marcha de Europa y de su economía. Mi apoyo está sin duda con Rubalcaba. La crisis del 29 nos enseñó que es necesaria una estimulación pública de la demanda a través de la inversión inteligente del sector público. La de los años 70 y 80 nos mostró los problemas de un déficit público sostenido e incontrolado. Esta crisis nos está invitado a pensar cómo es necesario conjugar estos elementos pero que anticipar la consolidación de los presupuestos de las Administraciones públicas ahoga el crecimiento del sector privado; el ajuste de las cuentas debe estar supeditado a la reactivación económica y la labor que para ello tiene que asumir la política no debe cejar en su empeño hasta no comprobar que los emprendedores sean capaces de volver a asumir las riendas con la vigorosidad suficiente. Y en esta labor, la política monetaria no está jugando un papel que para muchos debería ser central (cuando escribo estas páginas el BCE está prestando a bancos y entidades financieras privadas a un tipo de interés del 1% cuando hay muchos Estados miembros que le tienen que pedir prestado a estos mismos operadores al 5 o al 6%; ¿pueden ustedes creérselo?) En cuanto a la opción por determinadas políticas sociales, es una cuestión de compromiso con nuestros conciudadanos y de solidaridad con el prójimo.
El repaso de los acontecimientos de los últimos años parece mostrar resistencia a esta manera de organizar la sociedad. Los primeros seis ejercicios de Zapatero sirvieron para profundizar en determinadas ayudas sociales: cuarto pilar del Estado del bienestar con la Ley de dependencia, cheque-bebé, deducción de 400 euros, subida del poder adquisitivo de las pensiones, planes municipales de inversión, entre otras medidas. La primavera de 2010 vio un viraje drástico: eliminación de muchas de estas previsiones, congelación de partidas y renuncia a inversiones públicas de forma masiva.
Pero, ¿por qué ha sucedido todo esto? La debida respuesta a este interrogante obligaría a un análisis complejo de una realidad poliédrica pero quisiera centrarme en aquellos elementos que me parecen más relevantes para la reorientación política de los partidos progresistas. Como punto de partida para cualquiera de estas reflexiones nos encontramos con un parámetro dado: la insoslayable globalización como premisa que obliga no solo a ser mejores produciendo sino también tomando decisiones, proceso que debe asentarse sobre ideas sólidas, sobre propuestas consistentes. En la globalización, las sociedades compiten entre sí por recursos económicos escasos. Pero las sociedades se articulan también entre sí para tomar tales decisiones cuando encuentran intereses y bagajes comunes. No es posible pensar en nuestro país como una unidad de decisión aislada; podríamos optar por ello, pero la soledad nos conduciría al olvido. Hemos concluido compartir intereses y decisiones con nuestros socios europeos.
Es recurrente exigir a nuestros trabajadores, a nuestros jóvenes y a nuestros estudiantes que se adapten a este contexto, que se formen, que salgan al extranjero, que sean más productivos…., pero, ¿estamos exigiendo todo esto de nuestros líderes? Es ahora cuando les pido que vuelvan sobre la situación descrita en los primeros párrafos de este artículo así como aquellas que hayan rememorado de sus propias experiencias al leerlos. No sé si convendrán conmigo, pero tengo la impresión de que esos vaivenes, esa inestabilidad, esa "insoportable levedad" del gobernar España está relacionada con la dificultad de nuestros gobernantes para andar por esos ámbitos donde se toman decisiones
He tenido la fortuna de participar en el gobierno de Europa en condición de técnico con funciones de asesoramiento. He preparado notas para políticos explicando el cómo y el porqué de las decisiones que se proponen. Cuando los procesos siguen su curso ordinario, se tiene la satisfacción de haber contribuido a algo tangible. Sin embargo, cuando hay situaciones de crisis, cuando hay dificultades para el acuerdo, cuando se presentan imprevistos, se activan las salas de escucha en las que se recluyen a los cargos y asesores y quedan los líderes sólos ante el micrófono. Y cada vez es más frecuente que las reuniones decisorias se convoquen en forma de desayunos o almuerzos de trabajo a los que concurren los líderes sin apoyos. En esos momentos es la capacidad individual para comprender a fondo los temas sometidos a debate, para articular propuestas propias, para valorar las de los colegas de mesa de reuniones y, sobre todo, la de interlocución personal – idiomas incluidos - lo que permite llegar a acuerdos satisfactorios por responder a los propios principios, ser capaces de generar consenso y útiles para hacer frente a los problemas planteados.