Opinión

El verdadero árbol de Navidad

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 23 de diciembre de 2011
Bellas aspas son sus brazos de amor, fijados con clavos en el cadalso, molino inmóvil aparentemente. Pero yo veo moverse la cruz como un motor de huracanes de amor. Y veo que arranca las telarañas que cubren el corazón de los hombres. Su ansia de amar escapa de los clavos y siempre nos sentimos abrazados, nos sentimos seguros, cobijados, bajo el árbol de vida que es la cruz. Hermoso muerto de vida infinita, sobre el odio triunfante juventud. Mi compañero, mi dulce Jesús.

No hay molino en el mundo que contenga Tu ilimitada belleza entregada. Y Tú mismo, Molino de molinos, aspas supremas de brazos y piernas, nos traes la irresistible energía de la vida transcendida en amor. Un viento desciende del alto Cielo, mueve los brazos del crucificado, giran sus pies, clavados juntos giran, y el mundo se ventila del pecado.

Hoy nace Dios y vuelve la esperanza, y podríamos nosotros también tener esta ocasión de renacer. El abeto de Navidad anuncia la esbelta cruz de un molino solar. Afirma los pies la cruz en la muerte y con el supperum del INRI el Cielo lo abre como llave de amor lignario. Árbol de fruto amargo redentor, madera de cruz, madera de cuna. Miremos silenciosos a José que guarda en su corazón un poema.

Ya has nacido, mi Jesús, ya vuelve a sonar Piseo, ya tienes treinta minutos y unos ojos Litharmeno, y una boca de coral, y unas manos de guerrero.

Yo quiero hacerte feliz. Padre nuestro de los Cielos: haz que mi Niño Jesús nunca esté triste en el tiempo que Tú le des generoso con el que vivir Tu sueño. Haz que su madre preciosa y este humilde y triste siervo infundamos la alegría dentro de su ánimo tierno. Que no conozca amarguras, que no sienta el desaliento, que ame con pasión el Mundo y ayude a propios y ajenos. Que confíe siempre en Ti, y te ame en el compañero, que nunca hable mal de nadie, que sepa escuchar al viejo, que oiga la razón del niño, que se escape del perverso, que su morada esté abierta como el alma y el cerebro, que generoso perdone y el rencor no entre en su pecho. Que luche contra el pecado con lo que poder vencerlo. Que gobierne como hombre y así lo amará su pueblo. Que nos perdone a los padres si defectos cometemos, y perdonarán sus hijos a este nuestro novelletum. Dios mío, su tú supieras, Niñito de mis afectos, Príncipe de mis afanes, Monarca de mis deseos, la esperanza que me das cuando te miro y recuerdo…Tus ojos cuando se abren escrutan los Altos Cielos, y tus labios se adelantan para ofrecerles un beso.

El niño Jesús descansa, sus objetivos son grandes. Toda luz de las estrellas de sus grandes ojos nace. De sus mejillas rosadas brotan flores admirables. No puede hablar todavía y su sonrisa es afable. Apenas mueve las manos y su amor ya es anhelante. Mi dulce Jesús inerme, tu inocencia es nuestro escudo contra todos los pecados de este bello e injusto mundo. No has venido con poder ni con guerreros adustos, ni angélicas divisiones te convierten en augusto. Sólo conquistas al hombre con sincero amor fecundo.

Yo te quiero, mi Jesús, y viéndote en esa cuna espero que el corazón se me llene de tu albura, y menos malo yo sea en mi diaria conducta.