Opinión

Brindis lingüístico a la Constitución española

Antonio Domínguez Rey | Viernes 23 de diciembre de 2011
El anuncio del nuevo presidente de una enseñanza común de Bachillerato en todo el territorio educativo de España, merece elogios. Ampliar este nivel con otro curso, lo mismo. Se recupera algo fundamental de la convivencia española con ambas decisiones. Contribuye la primera a la vertebración del país creando un horizonte de referencias comunes. Y restituye la segunda parte de lo que fue el Bachillerato, un tiempo precioso para instruir a las nuevas generaciones en los conocimientos básicos de la cultura y raíces científicas. Los estudiantes podrán decidir con mejor criterio sus opciones de futuro para incorporarse a la sociedad allí donde el ejercicio de sus facultades intelectuales y el rendimiento obtenido lo requieran. Tres años de Bachillerato aún resultan, sin embargo, cortos si tenemos en cuenta que, antes de las reducciones efectuadas con la LOGSE y otras siglas guturales o ceceantes (LODE, LOPEGCE, LOCE), variaciones de un mismo tronco de incompetencia, existía además el COU, Curso de Orientación Universitaria. Eliminaron dos años bajo pretextos pedagógicos que se convirtieron, con ventaja y logro para no pocos licenciados - inspectores de todos los niveles docentes incluidos-, en demagogia pura y río revuelto para sindicatos y sectores de enseñanza concertada.

Se estiró la goma blanda del sector escolar invadiendo, como corriente de magma administrativo, el hueco allí creado, y el torbellino espeso atrajo la formación técnica, profesional, confundiendo en una pasta gangosa los dibujos animados de páginas, pantallas y pegatinas. La escuela invadió el Bachillerato con anuencia de todos los agentes sociales.

El resultado es de sobra conocido. Índices bajos de preparación, competencia y rendimiento. Formalidad de las apariencias, especialmente en los papeles oficiales. Trucos de interinaje y reducción de programas en las oposiciones, como menús a la carta. Intereses larvados de editoriales con reformas periódicas de contenidos. Lucha ideológica con los temas. Incremento de las lenguas autonómicas y exclusión de la oficial en las comunidades históricas como devolución, ¡toma!, de abusos políticos anteriores, pero también, de paso, con aforamiento de competencias y provecho de ventajas al limitar el cupo de solicitudes y participantes en el ámbito comunitario correspondiente. Mofa de la disciplina mental. Pérdida de prestigio y autoridad del profesorado. Desplazamiento de su especialidad y competencias al convertirlo en comodines de turno según las necesidades del plan de estudios y al margen, muchas veces, de la preparación exigida para el acceso a la docencia. Humillación al asignarles funciones de guardianes y cancerberos del alumnado. Delegación en las máquinas de la “palabra docente”, guiadora, persuasiva a través del temario, y como síntesis de un tiempo expoliado con incorporación de materias baladíes, a menudo redundantes. Aumento de solicitudes de plazas en los colegios privados, los hijos de los políticos reformadores en vanguardia. Salidas al extranjero para farfullar inglés o “globish” con pretensiones económicas de futuro. El esperpento culminó no hace mucho con la famosa asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos.

Nada más en consonancia con la humanidad de cada hombre que enseñarle a descubrir en sí mismo el fundamento de la conducta en el medio social de su desarrollo: formación e instrucción pública. Descubre así el derecho fundamental que le asiste desde la base de sus responsabilidades en relación con los demás hombres y su propia persona. La información docente bien cimentada, no reducida a calco, puro esquema, pasatiempo y clonación cultural, es garantía de educación ciudadana y del derecho inalienable que asiste a cualquier miembro del Estado en diferentes dimensiones.

El tiempo perdido con estos sucedáneos es inmenso y se intenta recuperarlo en los primeros cursos de Universidad proyectando sobre esta institución los errores de aquella incompetencia. Aberración sobre aberración, pero, al parecer, con refrendo de amplios sectores del pueblo español.
Lope de Vega entendió muy bien al hombre masa, gregario, y las diferentes revueltas según sus condiciones: “El pueblo es necio y por eso es justo hablarle en necio para darle gusto”. Sin embargo, la pluma fina del genio, más sagaz que la del político de turno, sabía introducir la información conveniente en sus comedias para revelar el trasfondo universal de relaciones y pasiones humanas. Contento, sí; agrado, también, mas “intelligenti pauca”. La rebelión de las masas, con título de Ortega y Gasset, es decir, el acceso a conciencia propia en medio del gentío para hacerse hombre de conducta cívica, racional, precisa el liderazgo de una educación competente, formada, responsable, solidaria, humanamente exigente. Comprender que esto no es, tal como se entiende hoy, elitismo, ya sería un buen comienzo. Ningún aprendiz desarrolla sus facultades sin disciplina de método y atención confiada a quien lo guía despertando en él, como propone Séneca, la actuación de aquello que ya posee: entendimiento.

Una buena innovación educativa pudiera ser, nos parece, la inclusión en Bachillerato de una asignatura de lengua, civilización y cultura comparada, o solo lengua y cultura, pero siempre comparada, acorde con el título del ministerio que comprende actualmente estas denominaciones. Incluiría el origen, formación, desarrollo y alcance histórico de las lenguas del Estado español, en consonancia ahora con la Constitución, y desde la época del dominio romano en suelo ibérico hasta nuestros días. Su explicación abarcaría uno, dos o los tres cursos, según el alcance que se quiera concederle.

La propuesta contribuye al encuadre de España y sus territorios en la Unión Europea. Es también un modo de solidaridad lingüística entre las lenguas históricas y de su comprensión en un medio comunitario más extenso, como Europa y América. El tronco latino está en la base de todas ellas, incluida la vasca. Decía Ramón de Basterra, poeta y diplomático, que, siendo vizcaíno, no podía llamarse latino, pero sí románico. El léxico de la lengua vasca está muy latinizado y hay quien sostiene, apoyándose en este hecho lingüístico, que su origen es el latín tardío de la cristianización en montañas y valles vascuences unido a un fuerte sustrato prerromano, celta y tal vez precelta.

Una asignatura de este tipo ayudará también a los estudiantes a reconocer en el inglés, lengua favorecida por el gobierno actual respecto de otras europeas, el léxico latino que lo invade, la mitad de sus palabras, prácticamente. Por eso se extiende espontáneamente, y con cruces variados, en el medio hispanohablante.

Ninguna duda en cuanto al rendimiento formativo de esta asignatura. Está garantizado por su mismo contenido. Sería el mejor reflejo educativo y cultural de nuestra realidad idiomática. Un brindis a la Constitución española. Y un acierto del, una vez más, reciente Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.