Viernes 23 de diciembre de 2011
El gobierno francés decidía esta semana penar por ley la negación del genocidio armenio. Semejante ocurrencia le ha supuesto un incidente diplomático con Turquía -muy sensible con todo lo relativo a este tema- , que ha llamado a su embajador a consultas. De todos los retos a corto plazo que tiene Francia, no parece que legislar en esta materia concreta fuera uno de los más acuciantes. No hay ni demanda social mayoritaria ni necesidad urgente alguna a este respecto y, sin embargo, el Elíseo ha seguido adelante con algo que sabía de antemano que iba a soliviantar -y mucho- al gobierno turco.
Tampoco son de recibo las gruesas declaraciones de su presidente, Recep Tayyip Erdogan, tildando poco menos que de asesino al padre de Sarkozy y recordando a Francia su particular “genocidio en Argelia”. Y algo de razón tiene, dicho sea de paso. París no puede sentirse orgulloso de lo que hizo en Argelia, ni tampoco Ankara del genocidio armenio, por el que casi dos millones de personas fueron masacradas a principios del siglo XX. Un siglo, por lo demás, prolijo en este tipo de salvajadas. Y todas son igual de execrables.
Los GULAG de Stalin, el Holocausto nazi o las matanzas perpetradas por los Jemeres Rojos son sólo algunos ejemplos del extremo al que puede llegar la barbarie humana. Recurrir a ellos de modo artificioso carece de sentido alguno. Ni Sarkozy ha estado atinado con su cortina de humo, ni Erdogan con su salida de tono. Hay cosas mucho más importantes que hacer que desenterrar viejos rencores.
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