Opinión

Bloom, veinticinco años después

Demetrio Castro | Sábado 24 de diciembre de 2011
De entre las conmemoraciones que podrán celebrarse en 2012, cualquiera empequeñecida entre nosotros por el bicentenario de la constitución de 1812, no será fácil que destaque el cuarto de siglo que se cumple desde la aparición de uno de los libros de mayor impacto en el que empieza a ser lejano fin-de-siécle, The Closing of the American Mind de Allan Bloom, que vio la luz en febrero de 1987. Ni la personalidad del autor, ni el carácter, ni el contenido del libro podrían hacer pensar que llegaría a convertirse en un éxito editorial de los grandes. Tanto, que la tirada inicial fue de sólo 10.000 ejemplares pero se vendieron de inmediato y las sucesivas reimpresiones supusieron casi el medio millón, figurando durante semanas entre los primeros puestos en las listas de best sellers. Las reseñas se contaron por cientos y la controversia sobre las tesis expuestas en el libro, de enorme intensidad durante aquel año, puede decirse que no se ha apagado desde entonces. Por supuesto, el autor, para sorpresa de él mismo ante todo, se convirtió en una celebridad nacional y en menor medida internacional. Y ganó dinero. Dos cosas que en su gremio no suelen perdonarse, especialmente si son merecidas.

Bloom, quien moriría aún joven cinco años después, era por entonces un profesor de ya larga trayectoria que tras haber pasado por varias buenas universidades norteamericanas y europeas estaba dispuesto a acabar su carrera en la de Chicago. Precisamente la misma en la que ingresó con quince años para seguir un programa especial de humanidades, se graduó y se doctoró, siempre en los programas del Committee on Social Thought, el tan especial centro interdisciplinar por el que han pasado y en el que han trabajado muchas de las grandes figuras de las ciencias sociales del siglo XX. De modo que casi desde su adolescencia Bloom no tuvo otro mundo que el de la universidad y lo conoció bien. Su obra escrita no era muy amplia ni notoria más allá de los especialistas más conspicuos, centrada sobre todo en sus traducciones de Platón y Rousseau. Casi el contramodelo de lo que se espera en un autor de éxito. Como insólito es que un libro tan vendido y posiblemente leído tenga como objeto la crítica a la universidad actual en sus propias bases y en sus rendimientos. El subtítulo, “cómo la educación superior ha suspendido en democracia y empobrecido el espíritu de los estudiantes actuales”, resume sobradamente la posición de Bloom para quien, en la raíz de lo que denunciaba su consternado y desalentado diagnóstico, se hallaría la consagración de un relativismo intelectual de origen germano y en especial nietzschiano, demoledor de todo principio crítico sólido. El modelo contrario, del que él mismo fue producto, sería el representado por los programas de “grandes obras”, de tan excelentes resultados intelectuales en las universidades americanas de entreguerras, con su lectura textualista de los clásicos a la búsqueda de valores y principios universales, rigor y perfección en el conocimiento. A esa parte, que es en el fondo una revisión de la trayectoria intelectual de occidente en el siglo XX, uniría con mordacidad deslumbrante una crítica a las formas de vida, gustos y hábitos de consumo cultural de las últimas generaciones de estudiantes, incluyendo las conductas protestarias de los años de 1960, en cuyo impulso último veía concomitancias con las prácticas intimidatorias de las juventudes nacional-socialistas.

Al desafío intelectual y la provocación polémica la izquierda política y académica (valga la redundancia) respondió poniendo a todo gas la máquina de colgar sambenitos. Bloom, quien nunca había tenido significación política alguna y se situaba en posiciones de centro conservador, fue etiquetado de peligroso reaccionario y abanderado de intereses inconfesables, llegando a decir alguno de sus críticos que el suyo era un libro que ninguna persona decente se atrevería a escribir. Naturalmente no era el neoplatonismo de Bloom lo que suscitaba tanta saña, ni casi tampoco sus opiniones sobre la institución universitaria, que algunos como Nisbert había adelantado tiempo atrás, sino las cargas de profundidad que muchos de sus argumentos representaban para la dogmática progresista. Un cuarto de siglo después es posible valorar la importancia que el libro tuvo para revificar el discurso cultural conservador; también en cuánto sus diagnósticos y pronósticos sobre la universidad fueron certeros, y hasta qué puntó se quedó corto.