RESEÑA
Domingo 25 de diciembre de 2011
Julián Herbert: Canción de tumba. Mondadori. Barcelona, 2011. 206 páginas. 17,90 €
Ganador del “XXVII Premio Jaén de Novela”, este libro del mexicano Julián Herbert (Acapulco, 1971) nos ofrece la radiografía de un país con sus fantasmas culturales, la vida, la muerte, la sexualidad, el amor, la enfermedad y el odio. Centrado en la compleja relación madre-hijo, el narrador dispara dardos envenados contra una sociedad plagada de contradicciones, que pone en evidencia en un estilo directo. Poeta, vocalista de una banda de rock, entre su ya notable obra narrativa destaca la novela Cocaína, una suerte de manual de usuario con historias entrelazadas, procedimiento al que, en cierto modo, recurre en Canción de tumba.
Julián, el narrador se ocupa de la madre, internada en una clínica a causa de la leucemia. El tiempo muerto en el hospital se vuelve creativo y productivo cuando decide escribir su autobiografía. La enfermedad se nos presenta así como metáfora de la escritura. El carácter del relato exige romper las reglas de la retórica para expulsar el mal, o la verdad, que se debate en el interior. La madre, que ha tenido que ejercer la prostitución para sostener a su familia, lleva al hijo de un lugar a otro, entre estaciones de tren y prostíbulos, en una lucha constante por defender la dignidad de la vida. La heroicidad de semejante empresa descansa en la tenacidad de unas criaturas heridas y desgarradas que luchan por sentar las bases de ese hogar amenazado por la miseria, pero también por la implacable naturaleza humana.
Divida en tres partes, la primera presenta el caótico árbol familiar con chocantes disfunciones, compuesto por hermanos, dispersos y alejados entre sí, todos de padres distintos y ausentes Semejante realidad impone una poética contaminada, libre de la aséptica frigidez del relato técnicamente “bien logrado”; en la segunda parte se entrelaza el recuerdo de la madre en distintos momentos de la vida del narrador, los viajes a Berlín o a La Habana, lejos del lugar de los orígenes, de dolores y culpas heredadas. Sin duda, cada novela es una forma de autobiografía, del mismo modo que una autobiografía no deja de tener elementos novelescos, en cuanto se adentra en zonas oscuras y en los laberintos que la imaginación ocupa. “Lo importante no es que los hechos sean verdaderos: lo importante es que la enfermedad o la locura lo sean”, advierte el narrador.
El relato se cierra en la tercera parte: “La vida en tierra”, evocador título de referencias literarias que nos ofrece una perspectiva muy personal. Aquí nos instalamos en la compleja realidad mexicana donde los ciudadanos comunes son víctimas del crimen organizado, del tráfico de armas y de droga, lo que lleva al narrador a la conclusión de que “lo humano es una enfermedad”. Julián Herbert parece buscar en su escritura esa dolorosa belleza donde se produce el milagro del amor y la amistad e incursiona en zonas de riesgo, intentando desentrañar el misterio de la vida y la muerte, iluminándonos con su incontrovertible verdad.
Por Consuelo Triviño Anzola