Opinión

La mujer como arma política

Guillermo Ortiz | Domingo 25 de diciembre de 2011
Llegó el PSOE al poder en 2004 y cometió el gran error de situar la cantidad por encima de la calidad. En su empeño por demostrar que hombres y mujeres son iguales –lo cual no debería ser un empeño sino una realidad, sin más-, Zapatero decidió que todos sus gabinetes los formaran el mismo número de ministros que de ministras. Qué buen tipo, Zapatero, qué concienciado con los problemas de la sociedad. Yo no voy a negar que la inserción de la mujer en el mundo del trabajo es aún mejorable porque lo es. Otra cosa es si esa inserción debe hacerse al peso o valorando los méritos y las capacidades.

Si yo fuera mujer, odiaría que me convirtieran en una cuota, me parecería más denigrante que cualquier machismo. Una nueva muestra de condescendencia paternalista.

Antes de Zapatero, la mujer había participado en política, desde luego: María Luisa Fernanda Rudi fue presidenta del Congreso; Esperanza Aguirre, del Senado y después de la Comunidad de Madrid; Ana del Palacio ocupaba la importantísima cartera de Asuntos Exteriores en momentos muy delicados, la candidata a presidir el País Vasco era María San Gil y la de Andalucía, Teófila Martínez… De acuerdo, eran minoría si eso es lo que cuenta, pero, ¿qué es mejor?, ¿ocupar pocos puestos clave que reivindican tu prestigio y talento por encima del género o ser destinada a ministerios de bajo nivel, lejos de las decisiones clave? En el PSOE, la única que ha mandado de verdad fue María Teresa Fernández de la Vega, esto es así. Y Elena Salgado cuando Solbes salió corriendo. El resto, a Cultura, Medioambiente, Igualdad, Sanidad… esas “cosas de chicas”, vaya.

Los amantes de la igualdad entendida al peso están que trinan con la nueva composición del Gobierno de Mariano Rajoy. Cuentan y no les salen los números. ¡Sólo tres mujeres! Yo, que no distingo entre hombres y mujeres sino entre personas, sin más, puedo entender el escándalo porque tres son pocas, pero sería injusto olvidar algunas cosas: la secretaria de organización del PP sigue siendo María Dolores de Cospedal, a su vez presidenta de Castilla La Mancha, como Aguirre lo sigue siendo de la Comunidad de Madrid y Rudi, de la Comunidad de Aragón. La alcaldesa de Valencia es Rita Barberá y la de Madrid, mal que les pese a muchos, será Ana Botella.

Este último ejemplo pone de relieve el doble rasero que se utiliza en estos casos: queremos mujeres en el poder, pero que no estén casadas con Aznar. Donde el PP de Madrid, quiero pensar, ven a una política, los detractores ven a una consorte. Distintas maneras de entender el caso.
De todas maneras, estos prejuicios quedan a un lado cuando se llega a la figura de Soraya Sáenz de Santamaría. Ningún ministro, en la historia de la democracia, ha acumulado tanto poder como ella. Ni siquiera De la Vega o Salgado. A la hora de decidir en manos de quién ponía la política del Gobierno, Rajoy no dudó en llamar a una mujer. Una mujer joven, además. Una mujer que había sido criticada precisamente por intentar ejercer su trabajo como profesional y no limitarse a ser madre. Como si su hijo no tuviera padre o como si tener un trabajo, por duro que sea, impidiera cuidarlo y quererlo.

En fin, con el nombramiento de Soraya, España tiene lo más parecido a una primera ministra en toda su Historia. Guindos y Montoro para la Economía, Soraya para la gestión política del país. Pocos puestos, quizá, pero de calidad. La demostración de que la mujer es algo más que una cuota: es una persona con capacidades, estudios y aptitudes para puestos relevantes. La calidad frente a la cantidad, o al menos esa es la idea. La posibilidad de que, en un momento dado, si así lo indican los méritos, pueda haber un gobierno de 10 mujeres y 3 hombres sin que nadie se ponga a contar entrepiernas.

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