Opinión

Sucesión en la gran secta

Alicia Huerta | Miércoles 28 de diciembre de 2011
La queja cuando hablamos de Corea del Norte se refiere siempre a la sorprendente carencia de imágenes en un mundo como el actual, en el que ya no es posible esconder nada porque en cada esquina, cada ventana, en cada recoveco se esconde un móvil con cámara junto a su dueño dispuesto a dispararla. En el país norcoreano, antes de 2008, ni siquiera los extranjeros que pretendían entrar en el país podían hacerlo llevando consigo su teléfono. De internet, ni hablamos. Por eso, llama la atención que llevemos más de diez días bombardeados por imágenes de aquel país, aunque las mismas constituyan claramente parte de la indispensable y férrea propaganda que maneja un veterano régimen dictatorial como aquel. Aún así, la cosa estremece. Porque, una vez más, intentamos entender los sofisticados mecanismos que, unidos a todo tipo de amenazas, logran que un pueblo pueda seguir viviendo hoy en tal profundo y visceral aislamiento. Seguramente si no estuviéramos hablando de un país con alrededor de 25 millones de habitantes, seccionado además como parte de otro con el que técnicamente sigue en guerra, a muchos les vendría la idea de secta a la cabeza. Una inmensa secta en la que todos siguen con devoción y hasta sus últimas consecuencias a un líder paranoico en su búsqueda espiritual de un mundo mejor, aunque sólo para él y su familia.

Decir que Corea del Norte es algo así como una secta puede sonar demasiado pueril y simplista, incluso frívolo, pero precisamente en el año en el que hemos visto caer regímenes políticos asimismo brutales en la represión de voces disidentes, somos testigos de que en el caso norcoreano no ha habido ni el más mínimo síntoma de contagio. Por el contrario, estos días se han dedicado a pasarnos por delante de las narices el desconsolado llanto de un pueblo destrozado que acaba de perder a su padre. Que desde entonces no duerme. Hasta la locutora derrama lágrimas en la televisión mientras la masa se permite, por una vez, enfrentarse a los guardias para acercarse al féretro, y los guardias, también por una vez, se permiten contener a los apenados hijos valiéndose únicamente de empujoncitos. Una gran farsa, se afirma desde aquí, y lo cierto es que los lamentos parecen tan forzados que ni los de las plañideras de los pueblos de antaño les superan. La visión de mujeres llorando a los pies de la escalera mecánica de un centro comercial, donde se captaron las últimas imágenes públicas del querido líder antes de morir a bordo de un tren, dejan estupefacto a cualquiera. ¿Qué demonios les ponen a todos en la comida? ¿De verdad es sólo miedo?

En Corea del Norte, el 99% de la población está alfabetizada y este dato unido a la hambruna ya crónica que desde finales de los años 90 castiga muy duramente a la población, debería constituir un coctel con los ingredientes básicos necesarios para que la calma estallara, para que surgieran voces cada vez más fuertes en el exilio que ayudaran a echar a los tiranos gobernantes y hasta que para que sus hermanos de Corea del Sur pudieran volver a sentarse y hablar de una vuelta a la convivencia. Y no es así. Porque lo de Corea del Norte va más allá de la política tal y como la conocemos por aquí, más allá de las comunicaciones con el resto del mundo, más allá, en todo caso, de la idea de un pueblo secuestrado que percibimos desde el resto del mundo. ¿Cómo sabe el secuestrado que lo está, si siempre lo estuvo? El mayor “acierto” del régimen instaurado por Kim Il Sung, padre del recientemente fallecido dictador, fue crear una filosofía de vida con claros visos de religión en la que, adecuadamente adiestrados, pudieran vivir felices para siempre los adeptos a ella por razón de nacimiento. Así, creó un sistema ideológico y filosófico bautizado como Juche cuya idea central, según sus propias palabras, significa que los propietarios únicos de la revolución y la construcción son las masas.

Para algunos sectores se trataba tan sólo de una desviación del leninismo para acercarlo a la peculiar forma oriental de vivir. O, más bien, a la particular forma de vivir del dictador y de su corte. Así, viene a decir que cada hombre y cada mujer son responsables de sus destinos y, en definitiva, que cada norcoreano tiene su parte de responsabilidad en el destino de la colectividad. En términos económicos, a la larga los más influyentes, se traduce en aprovechar al máximo los recursos propios e importar solamente productos indispensables de los que se carece, por ejemplo en su caso, el petróleo. Y en lo que más gasta el Estado es, por supuesto, en armamento – nuclear, porque ya hemos visto que con las de destrucción masiva los dictadores se juegan el pellejo – precisamente para que si a los vecinos les da por ponerse pesados con eso de la apertura comercial, cultural o ideológica, con los derechos humanos que se vulneran en los campos de concentración y demás minucias, no les quede más remedio que dejar de meter las narices en cuanto escuchan hablar de uranio o kilotones.

Dentro de pocos días dejarán de llegarnos imágenes hasta de la momia del querido líder y después veremos alguna, la que desde allí elijan, para que contemplemos lo bien que lo hace el hijo pequeño del último dictador, de quien para seguir con la paranoia secretista que tan buen resultado les sigue dando, poco sabemos, excepto que parece el único gordo en un pueblo de famélicos y que llega al poder como por carambola, porque cuentan que hace un año el jefe supremo perdió la confianza en su hijo mayor, hasta entonces llamado a sucederle. A saber qué habría hecho.

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