Opinión

¿Días de gracia o beneficio de la duda?

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 30 de diciembre de 2011
Recuerda el articulista la confidencia que le hiciese, in diebus illis, un estrecho colaborador de Adolfo Suárez e íntimo amigo suyo, acerca de la desmaña con que, al frente de un ministerio entonces de neurálgica entidad, se comportaba una alta personalidad intelectual, avezada además en la gestión de algunas empresas privadas de notoria importancia.

Naturalmente, la aporía o dificultad de muchos de los integrantes de las elites estatales y burocráticas para desenvolverse con eficacia en las esferas de la política en sus niveles más elevados –y, a las veces, incluso en los menos y cuotidianos- es cuestión muy sabida y de conocimiento general, alcanzando por lo común su fastigio en los estratos intelectuales. Ni Bismarck, ni F.D. Roosevelt, ni Stalin, ni Mitterrand salieron de las filas de los estamentos antedichos, como tampoco fueron personalidades relevantes al frente de la gobernación de sus países gentes de probada competencia profesional como, entre innumerables ejemplos, León Blum, Brunning o W. Wilson. Bien que la tecnocracia no sea, como ahora se suele afirmar en los círculos tertulianos, incompatible por principio con la democracia ni menos aún con el legítimo ejercicio de la política, resulta comprensible que en los regímenes de libertades sea complementaria y se encuentre supeditada a los dictados de aquélla, pues, entre otras razones, toda su arquitectura se fragmentaría.

El estado actual de Europa y de España invita –o, más bien, exige…- a reflexionar sobre el tema. Volanderamente lo hacen –a la espera o cubriendo un vacío que sólo puede ocuparse con fruto por pensadores y doctrinarios- en nuestro país periodistas y gurús mediáticos al opinar y discutir acerca del flamante gabinete conservador. En tesis muy extendida, gran parte de sus componentes -¿remedarán con el tiempo la celebridad de los trece de las menguadas huestes pizarristas, pese a que entre ellos no hay ningún extremeño?- son ejemplares sobresalientes de la alta fauna administrativa, con aljabas curriculares cargadas de servicios, atributos y premios, que predisponen a otorgar un ancho margen de confianza a su futuro trabajo. Por supuesto, que tan difundido punto de vista merece todo respeto e, incluso, quizá un asentimiento en términos globales. Pero ni un paso más, por angustiosas que sean –y lo son, sobradamente- las circunstancias que, más que contextualizan, atenazan la vida española en todo el horizonte del año recién estrenado. Más que el famoso plazo de los cien días de gracia dispensado a los ministerios acabados de salir de las urnas, que semeja ser que no les será concedido por una economía remecida y unos mercados espasmódicos e impacientes, tal vez se mostraría más adecuado no negarle al gobierno de Rajoy el no menos encarecido beneficio de la duda. Innegablemente, sus componentes y el mismo dirigente galaico son ampliamente acreedores a ello.

Empero, la historia demuestra que en otras coyunturas de la misma índole gabinetes de atrezzo y composición similares encallaron al salir de puerto o tras corta navegación. La política posee sus propios arcanos, claves y derivas no siempre descifrables para sus protagonistas. Su dominio es el de lo contingente, ante lo cual no pocas veces la intuición, rapidez de reflejos o el conocimiento de la condición humana –de bases irracionales de hondura insondable- rinden más servicios y se describen más oportunos e idóneos que saberes especializados y títulos profesionalmente destacados. Por el bien de todos y por el de un viejo país en trance singularmente crucial, apostemos por la perfecta conjugación de todos esos dones por las mujeres y hombres que tienen la alta misión de conducirnos a una tierra si no promisoria, al menos apacible y fructuosa.

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