Cultura

[i]Los emigrados[/i], de Slawomir Mrozek: la dignidad de los parásitos

UNA NOCHEVIEJA DISTINTA

Sábado 31 de diciembre de 2011
El espacio alternativo de Réplika continúa desarrollando su estilo propio de hacer teatro, al ofrecernos una versión actualizada de la genial tragicomedia del dramaturgo polaco Slawomir Mrozek.

Los emigrados, de de Slawomir Mrozek
Traducción y adaptación: Jaroslaw Bielski
Directores de escena: Jaroslaw Bielski y Socorro Adanón
Escenografía: Gabriel Carrascal
Iluminación: Ana Coca
Intérpretes: Jaroslaw Bielski y Frank Feys
Lugar de representación: Réplika Teatro. Madrid

Por RAFAEL FUENTES


Los dramaturgos que desafiaron a las autocracias comunistas en los países del Este, han sido permanentemente silenciados y estigmatizados en España mediante una doble coartada. Mientras escribían su teatro no se les otorgó en nuestro país la categoría de auténticos luchadores perseguidos por preservar la dignidad y la libertad –recuérdese la violencia ejercida contra Václav Havel o contra Georgi Markov-, sino que se les postergó e ignoró como una supuesta “quinta columna” del capitalismo, algo que jamás fueron. Tras la caída del Muro de Berlín, se decretó, por el contrario, que ya no tenían interés ni vigencia porque las tiranías contra las que luchaban, finalmente, se habían derrumbado, dando así carta de naturaleza a un olvido que, en el fondo, siempre se ha deseado llegue a ser definitivo e irrevocable. Afortunadamente, la cartelera nos ofrece un título que hace añicos ese cúmulo de prejuicios y estereotipos, profundamente arraigados en nuestra escena: Los emigrados, obra maestra de Slawomir Mrozek. Una obra maestra más, por cierto, entre el puñado de obras maestras de Mrozek absolutamente ignoradas por nuestros escenarios, salvada en solitario quizá por contener un tema particularmente sensible entre nosotros como es la inmigración.

Dos inmigrantes pasan la fiesta de fin de año en los infectos sótanos de un gran edificio de su país de acogida, en un espacio insalubre, oscuro, claustrofóbico, atravesado por grandes cañerías de desagüe y los ecos festivos de los afortunados inquilinos que, mucho más arriba, celebran despreocupadamente la llegada del nuevo año. Unidad de espacio y de tiempo que en este caso sintetizan ferozmente ese sentimiento hundido en el corazón de un emigrado el que más nos resistimos a ver, el más difícil de reconocer, el que más nos repugna aceptar: el de ser excluidos de la fiesta, el de encarnar a los otros incrustados en un cuerpo ajeno. Ambos protagonistas han sido degradados a la categoría de parásitos que se aferran al intestino del edificio –del país- que los acoge como huéspedes indeseables.

La inteligente y sobria escenografía de Gabriel Carrascal visualiza y mantiene viva esta angustiosa condena a lo parasitario sin que el conflicto entre el submundo tétrico de los emigrados y el de los despreocupados inquilinos desemboque en una colisión directa. Como en la vida, el sobreentendido llega a ser más eficazmente demoledor. En ese clima, el antagonismo entre ambos desarraigados compatriotas aumenta como una borrachera de emociones contradictorias que alcanza gradualmente el paroxismo. “AA” es un refinado intelectual con grandes e ilusorios ideales políticos, que comparte espacio con “XX”, un rudo y embrutecido trabajador de su propio país. “AA” pasa el día leyendo y soñando con el momento en que otorgue la libertad a los trabajadores como “XX”, pero al mismo tiempo, odia la zafiedad y cerrazón de “XX”, a quien aspira a redimir.

Por el contrario, “XX” admira las cualidades del intelectual “AA”, pero es incapaz de comprenderle, sospecha de sus intenciones y desde su tosquedad siente una profunda inquina contra alguien que no realiza ningún embrutecedor trabajo físico. Ambos se necesitan para salvarse, y lo saben, pero ambos, el político y el trabajador, despiertan en el otro recelo, rencor, aversión. Como alegoría no deja de tener resonancias universales. El desafío entre los dos protagonistas de Los emigrados resulta así memorable.

Slawomir Mrozek tuvo buen cuidado de no poner nombre a la nacionalidad de sus dos torturados contendientes. Pero los propios avatares biográficos del dramaturgo conceden a su pieza un contexto tan inequívoco que no es necesario etiquetarlo. Huido, a principios de la década de los sesenta, de la dictadura del proletariado polaca impuesta y sostenida por el poder soviético, erró como emigrado por Italia, Francia, México, hasta que a mediados de los noventa pudo volver a asentarse en su Polonia natal. En el combate de sus dos personajes se percibe la larga y férrea mano dictatorial que los persigue hasta el exilio. Lo fundamental no son las privaciones físicas, sino la degradación moral. El resentimiento y la mutua sospecha intoxican las relaciones humanas desde su raíz, y este veneno lo traen inoculado desde su lugar de origen. Quienes hubieran podido ser camaradas o amigos fraternales son transformados en enemigos de los que se recela todo. El puño dictatorial que aún apresa su corazón les empuja a sentirse a sí mismos como una inútil y prescindible nada. “AA” reconoce que sus piruetas intelectuales en el vacío eran comparables a las piruetas de un chimpancé en el circo, aplaudidas y recompensadas en su intrascendencia. “XX”, por su parte, está dispuesto a comer una lata de carne para perros. La humillación está servida. Es necesario comprender en toda su amplitud esa vil degradación desencadenada por las dictaduras comunistas, para entender la fuerza humanista de este teatro. Los emigrados nos muestra la turbia, confusa, feroz lucha por conservar la dignidad humana cuando todo se conjura para arrebatárnosla por medio del halago, la delación, el sometimiento. También por esto el drama de Mrozek es memorable.

La adaptación de Jaroslav Bielski para el escenario de Réplika Teatro conduce la obra hacia la situación que vivimos en el más inmediato presente. Bielski, gran director de escena, excelente actor, nacido en Polonia, formado teatralmente en Rusia y afincado definitivamente en España, posee todas las herramientas necesarias para esa difícil trasmigración cultural de la obra. Como adaptador, conserva lo esencial del espíritu de su compatriota Mrozek a la vez que explora las condiciones de opresión y degradación por la vía del poder económico en un mundo globalizado y sometido a una devastadora crisis. Desde esta nueva perspectiva, emigrados lo seríamos todos, sin abandonar nuestro propio país, transformados en parásitos de un orden degradado.

La obra no se resiente de este nuevo giro, precisamente porque Mzorek –como tampoco Václav Havel o Georgi Harkov-, no es un “quintacolumnista” del capitalismo sino un explorador del absurdo de la comedia humana. Como actor Jaroslaw Bielski lleva a cabo un soberbio duelo interpretativo junto a Frank Feys, de los que crean afición teatral. El trabajo conjunto de Bielski y Socorro Adanón da como resultado una dirección escénica depurada, sobria, orientada a exponer con la mayor simplicidad y contundencia los complejos antagonismos en juego, sin rebuscamientos ni florituras, con una rotunda y convincente concisión. Un ejemplo de cómo el teatro alternativo puede construir un sello inequívocamente propio con el que abrir expectativas inéditas en la mente del público.

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