Domingo 01 de enero de 2012
El número de víctimas mortales por la brutal represión llevada a cabo por Bashir al Assad aumenta de forma preocupante a medida que pasa el tiempo. Lo peor es que esta tónica, lejos de detenerse, va camino de convertirse en una suerte de genocidio perpetrado por las autoridades sirias contra su propio pueblo. Ni las tibias presiones de Rusia, ni las reconvenciones de la Liga Arabe, ni siquiera sus observadores han obtenido progreso alguno. Es más, la inoperancia de éstos últimos ha hecho que los últimos días cientos de miles de ciudadanos se echen a la calle para mostrar así una realidad que los observadores en cuestión parecían no querer ver.
La escalada violenta de estos días tiene de significativo el que haya producido en la práctica totalidad de ciudades sirias, capital incluida, y es que hasta ahora los focos de protesta se concentraban en unos puntos muy determinados. Al mismo tiempo, la sociedad siria se empaña en mostrar al mundo una revolución pacífica, lejos de la imagen de “terroristas” que Damasco intenta vender de ellos -por lo demás, muy poco creíble-. Esta unidad de acción ciudadana viene a significar el hartazgo que provocan años y años de tiranía: una razón que convierte en inexplicable el apoyo de regímenes como Rusia, China o Irán. No es cuestión de geopolítica, sino de algo tan básico como el respeto a los derechos humanos.
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