RESEÑA
Domingo 01 de enero de 2012
Guadalupe Nettel: El cuerpo en que nací. Anagrama. Barcelona, 2011. 200 páginas. 16 €
Desde un acertado epígrafe: “Yes, yes / that’s what / I wanted, / I always wanted, / I always wanted, / to return / to the body / where I was born”, Allen Ginsberg, Song,
San José, 1954), y una primera línea determinante: “Nací con un lunar blanco, o lo que otros llaman una mancha de nacimiento, sobre la córnea de mi ojo derecho.”, la mexicana Guadalupe Nettel sitúa la narración en el campo del cuerpo, el territorio y la marginalidad. La enfermedad o un defecto, una mancha de nacimiento como motor de una novela o autobiografía, donde se representan diferentes aspectos biográficos que transforman a la narradora en una outsider, llevándola al hábito de la lectura y escritura como un arma. Escrita a modo de terapia imposible, se narra una infancia transcurrida en los años setenta, enfocada principalmente en la educación recibida por sus padres, herederos de los hippies de los sesenta, en términos formales, axiológicos y domésticos. Progresistas que preferían los colegios Montessori a las escuelas normales, portadores de un ambiguo discurso abierto en el ámbito de la sexualidad, que termina por destruir una relación y la vida normal de una familia.
Nettel sugiere que la marginalidad es un territorio móvil. Además del defecto físico que la aísla desde pequeña de sus compañeros, el mismo que la impulsa a escribir, con lo que se gana un lugar de respeto, hay dos hitos relevantes, en tres países diferentes, pero parecen ser solo uno y es justamente ese cuerpo o territorio donde nació, el país de la marginalidad. En 1984, en Aix, al sur de Francia, ciudad de ruinas romanas, conocida comunidad esnob y burguesa, el hermano de la narradora es atracado por dos chicos rom cuando volvía del colegio. El mexicano apela a la solidaridad entre extranjeros. “Lo más increíble de la historia no es que le creyeran sino que también le devolvieran sus cosas de manera amigable y con un apretón de manos. Existen reglas éticas entre los marginales”, anota Nettel, levantando airosamente el fondo de la narración.
En la infancia mexicana compartía un extraño ritual con Ximena, hija de exiliados chilenos, cuyo padre había sido asesinado por los servicios de seguridad de Pinochet. Cuando las luces se apagaban en sus respectivos pisos, ambas acudían a la cita, permaneciendo de pie, una frente a otra, hasta que las vencía el sueño. Un día se produjo un incendio. Era Ximena, la pequeña pintora, quien se había suicidado bañada en trementina y otros productos químicos.
Muchos años más tarde, la narradora viaja a Chile como jurado de un concurso. En uno de sus días libres, visita Isla Negra, la casa de Pablo Neruda y es recibida por el encargado de relaciones públicas de la Fundación Pablo Neruda. Luego de charlar un poco sobre México, surge la pregunta obvia. Bernardo Baltiansky resulta ser tío de Ximena y Nettel sigue investigando en Santiago. Más o menos, de esa manera, entre coincidencias entre personajes, a veces marginales u outsiders, otras políticos, se va urdiendo este bildungsroman.
Quizás los conceptos cuerpo, territorio y marginalidad pueden funcionar como repelentes para algún lector, dada su reiteración en la primera línea de la narrativa mundial. Éstos deben ser tomados justamente como conceptos, como fondos y no se les puede ni debe temer. El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel, es también una novela -narrada con serenidad, como susurro al lector- sobre la infancia y la adolescencia, sobre una generación mexicana y sudamericana hija de utopías y dictaduras. Sobre la literatura, la ternura, la vida familiar y la sexualidad.
Por Gabriel Zanetti
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