Juan José Laborda | Domingo 01 de enero de 2012
Un eslogan parecido, bien que referido a la economía (the economy, stupid!), hizo ganar a Bill Clinton sobre Bush padre. Ese título me servirá para acercarme a las estrategias de los dos partidos nacionales, en este momento posterior a la formación del nuevo Gobierno.
El Gobierno de Mariano Rajoy puede situarse políticamente como heredero de la UCD. El PSOE, tras las elecciones, ha cedido un gran espacio electoral, lo que permitirá al PP lo que nunca había conseguido: superar la herencia de Alianza Popular. Eso significa que se identifica plenamente con la Constitución de 1978. ¿Pero no se había producido con la presidencia de Aznar? Formalmente, así fue. Pero con Rajoy se está produciendo la asunción del contenido político de la Constitución: el consenso como método consustancial de nuestro sistema político. Una vez más, las bondades políticas no salen del buen espíritu de los hombres, sino que son consecuencia de las graves dificultades para hacer otra cosa. Rajoy no será Aznar: tampoco lo será su tiempo.
El tipo de ministros, y de presidentes y portavoces de las dos Cámaras parlamentarias, que Rajoy ha propuesto, indica que su Gobierno va a actuar con parecida estrategia que el primer Gobierno socialista de Felipe González. Se va a instalar en un lugar central de la política española. Podrá apelar a los ejemplos de nuestra Transición, pues el consenso favorece más a quien gobierna, pero además, la Transición, y sus virtudes reales o “construidas”, es una diosa talismán que el Gobierno de Zapatero no atendió suficientemente, salvo en los últimos tiempos, cuando cambiaron sus alianzas parlamentarias.
Como era esperable, las primeras decisiones del Gobierno de Rajoy desmienten sus promesas: los impuestos suben y el recorte en los servicios estatales se anuncian superiores. Sus efectos en las encuestas no serán, por ahora, preocupantes para el Gobierno. Habrá que recordar que en 1983, también con crisis económica, el Gobierno de González acometió una muy dura reconversión industrial, que encontró la oposición de AP en los lugares afectados por ella.
El próximo año 2012 va a ser económicamente muy malo. Muchos analistas estiman que la Unión Europea, con la reforma de sus Tratados -que harán más severa la “austeridad presupuestaria”-, bordeará el desastre financiero (y también social).
A diferencia de los años 80, esta crisis no puede ser superada por un Gobierno, aunque el partido de oposición apenas cuente, como sucedió con AP en aquellos años, o con el PSOE en los tiempos presentes.
¿Puede el PSOE recuperarse para demostrar que tiene de nuevo la capacidad de gobernar o de condicionar el gobierno del PP? Y aquí invoco el eslogan del título: ¿Cuándo el PSOE recuperará su plena identificación con la Constitución de 1978, que es recuperar su identificación con la “idea de la Nación española”, que no es otra que la que aparece definida en el artículo 2 de nuestra Norma fundamental?
El pronunciamiento de Alfredo Pérez Rubalcaba sobre que “el PSOE tiene un proyecto común o nacional” ha removido algo las aguas estancadas del debate socialista. El grupo que promueve la candidatura de Carme Chacón ha reaccionado afirmando que está completamente de acuerdo. Algunos tímidos defensores del léxico federal se escapan del compromiso, distinguiendo “federal” de “nacional”, cuando el segundo concepto es previo al primero: “de la Nación Americana surge el Estado Federal norteamericano”, y así muchos otros modelos federales. En nuestra Constitución, ni está escrito “federal”, ni “autonómico”, lo que no obsta para que se gobierne teniendo en cuenta esas realidades de nuestro Estado. Y ahora lo está haciendo el Gobierno de Rajoy.
Me parece que los dos “documentos-manifiestos” que se han conocido hasta ahora no se encaran críticamente con los errores del Gobierno socialista anterior. Derivado del hecho de que nadie haya asumido la responsabilidad de la derrota electoral, la crítica a la estrategia de alianza con los partidos nacionalistas, contrarios a la Constitución, sigue siendo un tabú, pues afecta a “cuantos estuvieron allí”. Esa alianza se estableció en todos los niveles gubernamentales, y pretendió aislar al PP (“pacto del Tinell”, “ley de la memoria histórica”), y también dejar en la oposición a partidos nacionalistas, como CiU, que estaban entonces con la Constitución. En el caso del País Vasco, la situación de falta de acuerdos sobre el final de ETA, solo se corrigieron cuando el Gobierno de Patxi López adquirió autonomía, aunque no siempre lo logró.
El PSOE ha pagado las consecuencias de esa estrategia, cuyo soporte ideológico se basaba en una idea débil de la “Nación española”. El riesgo es que cierre su Congreso en falso, al no realizar el esfuerzo que rearmaría su compromiso con esa idea constitucional. Ante una situación como la actual, dominada por un debate escaso, sin continuidad y profundidad, no sería extraño que el PSOE acudiera a la excepcional formula “consociativa”: los dos candidatos previstos, convenientemente puestos de acuerdo, formarán una dirección conjunta, acompañados por los firmantes de uno y otro de los manifiestos. El despegue de amplios sectores de la clase media, y de la clase obrera, en dónde el PSOE ha perdido sus electores, sería entonces imparable. Alguien podrá decir luego: “¡Fue la nación, estúpido!”.
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