Víctor Morales Lezcano | Jueves 05 de enero de 2012
Prácticamente, la evacuación de tropas y armamento estadounidenses de suelo iraquí se ha ido llevando a fin en los últimos dos meses, hasta culminar en una declaración oficial de la terminación del “Capítulo” de las guerras americanas en el norte de África (Libia) y Oriente Medio (Iraq). En el escenario de Asia central (Afganistán), la realidad pinta diferente. Sin pretender hacer comparaciones, y cálculo de costes humanos y financieros entre los tres conflictos armados, el historial resulta turbulento. Sólo procede recordar aquí que la evacuación de Mesopotamia ocurre nueve años después de que se desencadenara la guerra en Iraq contra la “bête noire” de Saddam Hussein. Sin embargo, no bastó con eliminar el régimen de Bagdad para que sobreviniera -caída del cielo- la democracia sobre Iraq. Un pasado reciente de guerra civil iraquí, incluso, y la permanencia de milicias guerreras, de grupos de combate encarnizados, y de eclosiones terroristas contra el ejército de ocupación americano y sus colaboradores nativos, han ensombrecido en Oriente Medio un decenio de “sudor y lágrimas”.
La despedida en Bagdad del general Lloyd J. Austin III y del presidente de Iraq Jalal Talaban -bajo la mirada del discreto paternalismo de J. Biden-, recogida en una instantánea fotográfica, nos remite a una tradición antigua, que se puede remontar a las primeras agrupaciones de humanos en guerra: luego de la tempestad, la paz alcanza a imponerse. Y aquí, como en tantas otras secuencias históricas que ilustran el ciclo redivivo de guerra y paz, cabe preguntar: ¿cuánto tiempo prevalecerá la paz y a qué precio?. Como es habitual comentar en estas ocasiones, el paso de los años y la perspectiva que se obtenga con ella autorizarán a ponderar históricamente el ciclo de guerras americanas en el marco árabe y centro-asiático durante 2001-2011.
Lo que por el momento se vuelve cada vez más enconado, es el clima que preside las relaciones entre Paquistán y Estados Unidos; particularmente aquéllas que se concitan en la frontera del noroeste afgano-paquistaní. Se trata de una frontera proverbialmente conflictiva. No hay si no que remitir a la memoria histórica del imperio británico y de la Rusia de los zares concerniente a los costosos y, por lo general, fallidos, ensayos de las potencias europeas que intentaron atravesar y/o controlar aquélla encrespada línea divisoria entre los actuales Estados de Afganistán y Paquistán.
En estos momentos de repatriación inicial al goteo, de tropa y armamento americano movilizado en Afganistán -con el horizonte de una evacuación general en 2014-, la pregunta clave podría reformularse como en el caso de Iraq: ¿hasta cuándo, y a qué precio?. Es decir, lo que flota en el espacio es la cuestión de si las Fuerzas de Seguridad Nacionales de Afganistán (FSNA) serán capaces de valerse con unos cuantos instructores y reducida tropa americana de refuerzo para hacer frente a la oposición guerrillera talibán de tipo residual, pero que podría seguir funcionando con el apoyo de los focos neurálgicos de tribus -como el “sindicato” guerrero de los Haqqani, u otros de factura similar-. Todas las vías de rodaje, en suma, han sido prácticamente inutilizadas por parte de las tropas forasteras movilizadas para ganar una guerra de desgaste a miles de kilómetros de distancia.
Sin arriesgarnos a responder a estas cuestiones, sí debemos recordar que, desde la captura y desaparición de Osama bin Laden (2 de mayo pasado) en su escondrijo paquistaní, el gobierno de Karachi ha ido marcando distancias con su aliado estadounidense. La sospecha de deslealtad que alimentan mutuamente ambos miembros en la guerra de Afganistán, ha ido conduciendo a incidentes tan graves como el ocurrido el último fin de semana de noviembre. Entonces, y en dos de los puestos de control fronterizo afgano-paquistaní, la aviación de la OTAN bombardeó la zona, causando muertos y heridos militares y civiles. ¿Qué llevó a las fuerzas aéreas a tamaño desatino -y crimen-?. Hasta el momento, la comisión que investiga el incidente por orden del Mando Central del Pentágono que supervisa el general James Mattis, no ha dado a conocer el “secreto del sumario” -por expresarlo de esta manera-. La noticia de fuste fue la terminante y agria reacción del primer ministro paquistaní (Yusuf Reza Gilani), ordenando el cierre de aquellos aeropuertos instalados en la frontera de marras, que el ejército americano venía utilizando para hacer uso de aviones no-tripulados contra algunos de los insurgentes y furtivos guerrilleros afganos apostados en Waziristan y otros enclaves fronterizos. El alto mando militar de Paquistán ordenó, además, la evacuación de los dispositivos de todo género que Estados Unidos tenía depositados en la importante base aérea de Shamsi, así como las carreteras que conectan el noroeste del país, frecuentemente transitadas por convoyes de la OTAN para ejecutar muchas acciones logísticas en el teatro de operaciones al que nos venimos refiriendo.
No pinta nada bien el estado de tensión permanente que caracteriza la cita histórica de Estados Unidos en torno al complejo mundo afgano-paquistaní . Más allá de los intentos reconciliadores expuestos en la minicumbre celebrada en la ciudad de Bonn para suavizar la situación de encono bilateral prevaleciente entre Washington y Karachi, nos parece que este trasfondo bilateral está muy envenenado y no favorece en nada el advenimiento de una salida airosa por parte de Estados Unidos, del “pandemonium” que entre todos -nativos y forasteros- se ha ido componiendo en el transcurso de los últimos treinta años.