Opinión

“Learning for life”

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 06 de enero de 2012
Parece un contrasentido del nuevo Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Don José Ignacio Wert - ¡ya nos gustaría que respondiera su primer apellido al lógos clásico! – afirmar que hay que repensar todo el sistema educativo para convertir en realidad el “learning for life”, gran objetivo de la escuela activa, entre la que se encontraba este lema de John Dewey. Es un contrasentido porque esa lema simplista llevó por desarrollo natural de las cosas a la LOGSE y a la LOE, con alguna grandiosa pero fallida huida academicista como la LOCE – que desgraciadamente abrogaron los socialistas -. Si el señor Ministro está de acuerdo con lo que supone e implica el “learning for life” no necesita repensar nada, sino seguir el camino ignominiosamente bárbaro trazado por la LOGSE, y ser un buen discípulo de Luis Gómez Llorente y Alfredo Pérez Rubalcaba.

Los amigos del “learning for life” enseñan a los alumnos sólo los contenidos que pueden solucionar las tareas o problemas de la vida real, y ahí se quedan. La vida cotidiana, incluso doméstica, como límite a los contenidos escolares. Así, por ejemplo, los niños aprenden las matemáticas con el fin de que los ingredientes de una comida guarden las proporciones adecuadas; cosa que está bien si los problemas culinarios se resuelven como por añadidura de lo aprendido en la escuela, y no convirtiendo la cocina u otras tareas domésticas en el fin de las Matemáticas. Cuando se aprende sólo en función de las urgencias de lo cotidiano, no se aprende para resolver lo imprevisible de la vida. Si la escuela sólo tiene una función ancilar de la vida, el espíritu académico de la escuela muere de forma irremisible, objetivo político que tienen los partidarios ( antienciclopedistas ) de la escuela activa y el “learning for life”. Con el “learning of life” los “hearts of wax” de los alumnos dejan de serlo para pervertirse en una “education of wax”. La barbarie y la ignorancia se enrocan en un corazón de bronce y el sistema educativo se puede manipular como la cera, como un bausán.

Pero la historia de la educación demuestra que los grandes planes de estudio han surgido cuando la dirección ha sido la contraria: no de la escuela a la vida, sino de la vida a la escuela. Es así que una de las mejores leyes de formación profesional que se ha promulgado en España fue la que firmó Rajoy como Ministro de Educación el 19 de junio de 2002: La Ley Orgánica de las Cualificaciones y de la Formación Profesional, bajo la que se certifican las cualificaciones profesionales que los trabajadores tienen en su vida laboral ( en la vida real ), y a partir de las cuales los trabajadores van creciendo “académicamente” ( mejorando en su propia tarea profesional ) con una Formación Profesional reglada que simultanea trabajo y enseñanza, como la Berufschule alemana, de la que probablemente Rajoy cogió la idea pedagógica para promulgar esta ley. Es decir, Rajoy entonces, bajo el liderazgo de Aznar, hacía lo contrario a la “learning for life”.

Si el Ministro de Educación cree en la “learning for life” no debe repensar nada; sólo continuar la inercia de las leyes socialistas. Si la alta cultura no genera clientes, ¿para qué impartir latín, griego, literatura o Historia del Arte en los institutos? Si la vida real de nuestro pueblo analfabeto, hebetado, emputecido y degradado son los programas de Belén Esteban y adláteres, ¿por qué no acomodarnos a esta realidad y enseñar lo imprescindible para interpretar en la práctica los programas de Arguiñano y saber “bajar” al ordenador el Programa de Nochevieja de José Mota? Esperábamos los que acabamos de votar desesperadamente a Rajoy, como náufragos que se agarran a un madero en medio del océano, que en el ámbito de la educación se volviera “como mínimo” al espíritu academicista y exigente de la LOCE de Pilar del Castillo, y parece, sin embargo, que seguiremos con las mismas futilezas de la monserga socialista.

El don más precioso que la escuela debe brindar a los alumnos es la “curiosidad intelectual”, el mayor y más poderoso motor para el progreso cultural y espiritual de un país. La curiosidad intelectual parte de la inclinación naturaliter humana, noble y gratuita, ajena a cualquier utilidad doméstica, aldeana o nacional, por aprender y saber el porqué de las cosas del mundo y sus relaciones, y se la elimina para siempre cuando se le busca una utilidad de “learning for life”, y se la sofoca con el plúmbeo y maniático – además de inútil - sistema de evaluación que hoy padece España y, en general, el mundo más occidentalizado, y cuyo utillaje administrativista es opuesto por completo a una educación mínimamente humanista. Es así que la pedagogía del “learning for life” asesina toda posibilidad de curiosidad intelectual. El “learning for life” rebaja la educación a la domesticación y al uso ignaro de los artilugios del mundo, y el chato utilitarismo que lleva ínsito lo hace inmoral.

En realidad toda filosofía utilitarista es inmoral. Incluso Jeremy Bentham, uno de las grandes fuentes de esta filosofía y primer acuñador de la expresión “Democracia representativa” – cuatro meses antes de que al gran Alexander Hamilton se le ocurriese también esa feliz expresión – utilizaba como espía muy bien pagado al servicio de la Corona inglesa su filosofía política para iniciar y alentar las sublevaciones de la América española contra la metrópoli, sede de la Corona de España. Para el buen utilitarista la caridad bien entendida comienza por uno mismo.