Opinión

De la necedad como arma política

José María Herrera | Sábado 07 de enero de 2012

Hugo Chavez acusó hace unos días a los Estados Unidos de estar detrás de la epidemia de cáncer que afecta a los mandatarios de Sudamérica y que a punto ha estado de costarle a él mismo la vida. Desde el moderno hospital donde ha sido tratado de la enfermedad ha sugerido dos posibles explicaciones del hecho: una, que los yanquis cuenten ya con la tecnología precisa para inducir la enfermedad a voluntad; otra, que la epidemia sea consecuencia de los inicuos experimentos realizados por ellos a finales de los cuarenta en Guatemala. Aunque nadie en sus cabales lo tome demasiado en serio, Chaves sabe que este tipo de declaraciones mantiene viva la impresión de que los caudillos carismáticos como él son los únicos capaces de oponerse a los poderes oscuros del capitalismo.

En 2010, el también carismático Evo Morales vinculó homosexualidad y alopecia con el consumo de alimentos genéticamente modificados, especialmente pollos, muy habituales en la dieta del alienado hombre occidental. Sus palabras fueron acogidas con regocijo por todo el mundo y excepto algunos tristones “colectivos” gays que lo llamaron “homófobo”, la mayoría pensó que no cabía ser ni más ignorante ni más tonto. El mensaje, lanzado al estilo shock art, o sea, para producir impacto, no para convencer a nadie, caló sin embargo donde tenía que calar y muchos siguen pensando que el indigenismo constituye una alternativa real a los sangrantes abusos del mercado globalizado.

Aunque ya Tucídides, el respetabilísimo historiador griego, llamaba a los políticos “esos jodidos imbéciles”, está por ver que a veces no disparaten a conciencia. Cuando aquel golpista boliviano cuyo nombre he olvidado dijo a los periodistas que lo interrogaban “señores, basta ya de preguntas, ¿acaso creen que soy el homo sapiens?”, es evidente de qué pie cojeaba. Sin embargo, ¿podríamos decir lo mismo de las ocurrencias periódicas de Chavez o Evo Morales, cuya imagen machupichu parece que administra cierta conocida empresa estadounidense? Se dan demasiadas coincidencias en el estilo de los portavoces de las minorías oprimidas como para no pensar que practican la misma lógica, una lógica extraída probablemente del mundo del arte. Opiniones impactantes, comentarios que ponen en duda la cordura del autor, ideas propias de una época en el que los genios no alcanzan un coeficiente de sesenta –lo dijo Gore Vidal refiriéndose a Andy Warhol- y en la que la medida del talento es el índice de popularidad o de ventas. Dado que pintarse los testículos con titanlux en la sala de un museo o arrastrar un ropero en un auditorio son, interpretadas adecuadamente, operaciones artísticas, ¿no habría que considerar “política” cualquier sandez pregonada en el contexto apropiado?

En el barracón postmoderno todo es justificable. La misma cháchara insustancial dota de sentido cualquier tontería. Una confusión tremenda reina en medio de la mayor claridad. Yo he oído que la teoría de la relatividad no puede ser verdadera porque Einstein pegaba a su mujer y que la ecuación E=mc2 es machista porque fomenta la lógica del más veloz. Aunque el fenómeno adquiere especial virulencia en el ámbito de las minorías oprimidas, afecta también a los representantes del pensamiento hegemónico. Aún recuerdo el estupor que me produjo oírle a cierta autoridad del MIT que el organismo humano es una estructura obsoleta y que la investigación científica debe avanzar pensando en su superación. Se ve que la idea de que la verdad, la belleza y el bien no son iguales para todos los seres humanos, sino que dependen del grupo al que uno pertenece, de su orientación sexual, de su raza, etc. puede proyectarse también sobre el conjunto de la especie y afectar a la evolución, con derivaciones demenciales.

Los historiadores de la estupidez humana sacarán del último siglo ingentes cantidades de materiales. Esa moda de defender las partes y no el todo ha llevado a muchos al delirio. ¿Se acuerdan de Arzallus, el indigenista vasco? Yo tenía un amigo que veía los telediarios sólo para no perderse sus declaraciones, que equiparaba exageradamente a los comentarios de Groucho Marx. Conozco también a uno que estuvo a punto de reventar de risa oyendo una entrevista a Lidia Falcón. Mi ejemplo favorito es, sin embargo, el de un profesor norteamericano, padre de la visión negra de la Historia, que ha defendido que las pirámides egipcias, erigidas cuando los blancos aún no habían echado a perder la Tierra, fueron construidas no gracias al esfuerzo de los esclavos (entonces inexistentes), sino a la … ¡telequinesis! Tonterías como esta, habituales en grupos propensos a identificar el mal con la hegemonía de cualquier cosa que no sean ellos mismos, daban antes mucha risa, pero ahora se toman en serio y algunas veces llegan a cobrar rango de leyes. Intenten aquí no decir, por ejemplo, “violencia de género” para referirse a un crimen pasional. Son signos de que el hombre contemporáneo va necesitando alguna terapia de rehabilitación.

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