Sábado 07 de enero de 2012
Las calles de Bilbao fueron el lugar elegido por la izquierda abertzale y un grupo de ex convictos de ETA para reclamar ayer sábado el acercamiento de los terroristas presos a prisiones de Euskadi. En la misma línea se manifestó la semana pasada el colectivo de reclusos de la banda, mostrando una vez más la sintonía que sigue existiendo entre todos los que conforman el entramado etarra. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte. Desde que Antoni Asunción pusiera en marcha la política de dispersión penitenciaria durante su etapa al frente de Interior, ésta se ha revelado como un eficaz instrumento en la lucha antiterrorista. A nadie escapa el riesgo que comporta tener juntos a asesinos de la talla de “Kubati”, “Txeroki” o Henri Parot, entre otros.
Resultan igualmente llamativas las voces que claman por una mayor “participación” de los presos en lo que llaman “conflicto”. Izquierda abertzale, nacionalistas y un nutrido grupo de socialistas vascos llevan bastante tiempo abogando en este sentido. Quizá no reparan en que los presos de ETA ya participan activamente: cumpliendo condena por los crímenes que han cometido. Además, demandan “normalización”, cuando ya la hay; lo normal es que quien delinque pague por ello. Y los miembros de ETA que cumplen condena lo hacen por pertenencia a banda armada, terrorismo y demás delitos graves. Lo anormal es que estuvieran libres.
En su momento, esos mismos etarras pudieron elegir entre defender sus postulados por cauces normales o hacerlo asesinando: el terrorismo es, entre otras cosas, una manifestación de inferioridad electoral, política y militar –además de moral. Optaron por la estrategia de disimular su inferioridad con violencia; y ahora afrontan las consecuencias. Es lo que pasa en el un estado de derecho cuando alguien transgrede la ley. Y precisamente en un estado de derecho, la separación de poderes evita que legislativo o ejecutivo puedan interferir -o, al menos, no debieran- en el funcionamiento del judicial. Bien está que ETA haya dejado de matar, pero ello no obsta a que quienes han cometido crímenes en su nombre vayan ahora a sacar tajada de ello. Del abandono de las armas no se sigue la pretensión de rentabilizarlo intentando desvirtuar la realidad de largos años de violencia totalitaria derrotada por la democracia y la libertad.
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