Ismael Crespo | Domingo 08 de enero de 2012
En las pasadas elecciones generales, el Partido Socialista de Alfredo Pérez Rubalcaba, perdió alrededor de cuatro millones trescientos mil votos con respecto a sus resultados en los comicios de 2008. La parte más moderada ideológicamente de ese voto se transfirió a su principal competidor, el Partido Popular, y a la alternativa al bipartidismo que representaba Unión Progreso y Democracia, en valores netos cercanos al millón novecientos mil votos. El otro gran componente de la transferencia se produjo en la izquierda del socialismo de 2008, con flujos tanto hacia Izquierda Unida como hacia el voto en blanco y la abstención, con un valor neto de alrededor de un millón y medio de votantes. El 14 de octubre, un mes antes de las elecciones, ya advertimos que la estrategia del Partido Socialista durante la campaña estaba siendo equivocada, girada hacia la recuperación del espacio de izquierda y los votantes desmovilizados de 2008, olvidándose de la enorme sangría que tenía el Partido desde las elecciones europeas de junio de 2009 hacia las posiciones de su principal competidor, el Partido Popular. Más allá de posiciones programáticas e ideológicas, la percepción de clima económico signaba todo el periodo preelectoral, y signó más acusadamente si cabe la propia campaña.
En la creación de cualquier clima, de cualquier relato, se identifica un culpable de la situación, que adquiere, con la propia narración, un protagonismo que incluso supera al de la propia historia. ¿Qué sería de San Jorge sin el dragón? Y hoy, ¿de quién se hacen las películas, de San Jorge o de dragones? Nuestro particular santo se llamaba, se llama aún, crisis económica; nuestro dragón fue identificado como Zapatero, el Gobierno o el Partido Socialista, a pesar del intento de estos tres de convertir a los mercados en el incendiario alado. Y el relato caló entre los públicos: uno de cada cinco votantes del Partido Popular en 2011 lo habría votado para “castigar a Zapatero y su Gobierno” o por “la mala gestión del Gobierno o del PSOE”. Y para quien no logró identificar plenamente al dragón, desde luego sí lo hizo con el santo: tres de cada cinco votantes del Partido Popular en 2011 lo habría votado como “necesidad de un cambio”, “capacidad de afrontar la crisis” o “reducir el desempleo”. Si el relato está claramente socializado y subsumido, y no sólo entre los votantes del Partido Popular, y los “culpables” identificados, no cabe duda que el líder de los socialistas, y ahora candidato a Secretario General, así como su principal competidora, ahora representante de una vertiente crítica, formaron y forman parte de ese relato en grado de protagonistas, sino a la altura de nuestro malvado escamoso, al menos como parte de su cuadrilla.
Si este es el escenario, no parece que sea prudente volver a desplegar una estrategia personalista de cara a la batalla, en esta ocasión por la Secretaría General del Partido, pues ambos competidores son, a día de hoy, si no entre los actuales votantes socialistas, sí entre el conjunto de sus antiguos votantes de 2008, parte de ese binomio Gobierno-Partido identificado como responsable de la crisis económica y en especial del abrumador desempleo que campa sin freno por el país. El 11 de noviembre, unos días antes de las elecciones, insistimos en que el líder de los socialistas había intentado replicar una campaña a lo Zapatero 2004, careciendo de sus habilidades interpersonales y su empatía de la época, dejando de lado una campaña más identitaria, centrada en los valores y logros del Partido en los últimos 30 años. Y ahora, su competidora, aprendida la lección, toma buena nota y se centra precisamente en esos valores e identidades corporativas, deshaciéndose de su pasado, frente al derrotado líder que todavía se ve obligado a dar cuentas de una crisis y de unas responsabilidades de gobierno que su compañera de partido anotó en una página olvidada de su guión. Entonces, lo primero que debe hacer el aún líder socialista, es mirar hacia su público, el actual, no el posible en 2015 (si esto aguanta hasta entonces), ni el pasado de 2008. No sé qué opinen sus militantes, si aún quedan o se dejan ver, pero sí lo que opinan sus aún votantes: más de dos de cada cuatro votantes del PSOE en 2011 lo votaron porque “es su partido”, “el que mejor representa sus ideas”; más de uno de cada cuatro expresó su voto como sentimiento negativo para el Partido Popular, “para evitar su triunfo”, “para evitar sus recortes sociales” o “por la poca claridad de su programa”. Por lo tanto, mucho menos de lo uno de cada cuatro utilizó argumentos de personificación o gestión para justificar su voto hacia el Partido Socialista.
La batalla que se ha iniciado la ganará quien mejor se identifique con la tradición del Partido, quien mejor pueda convencer de que él representa mejor sus ideales, quien logré ganarse para sí la confianza de los representantes de la tradicional estructura burocratizada de la organización. El actual líder parte con ventaja en esta carrera, por ahora con solo dos caballos, pero no debe dejarse enredar en mostrarse como la cara aún visible de un gobierno que fue ampliamente derrotado primero en las calles y luego en las urnas. Debe deshacerse, al menos por un tiempo, de ser el portavoz del Grupo frente al PP; olvidarse de sus recursos racionales, ya derrotados el 20N, y recuperar un discurso de identidades y valores, un mensaje puramente corporativo, donde el puño y la rosa sean prioritarios sobre los acrónimos postmodernos, y si no que mire donde quedaron los carteles del redentor llamado Zp. Menos caras, más identidades, para una larga travesía del desierto.
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