Opinión

La docencia universitaria

Enrique Aguilar | Miércoles 09 de abril de 2008
Regida por el imperativo del “publish or perish”, la vida universitaria parece subordinar cada vez más la enseñanza a la producción académica. Esta afirmación no debe malinterpretarse. No supone la reivindicación de un modelo basado en la sola transmisión del conocimiento que exime al docente de otros menesteres tales como la publicación de artículos y “papers”, la asistencia a congresos, la supervisión de trabajos de tesis o aun, llegado el caso, del correspondiente nivel de titulación, es decir, preferentemente, del Doctorado.

El problema, a mi entender, es que nos hemos ido al otro extremo. En efecto, es tanta la importancia que se viene asignando a estos últimos aspectos del quehacer universitario que la enseñanza, para algunos, termina convirtiéndose en una carga, una obligación que se cumple con resignación, porque no queda remedio, pero de la cual sería preferible librarse. Todos salen perdiendo así: los estudiantes, la universidad e inclusive el profesor que se priva de uno de los goces más reconfortantes que depara la docencia: la satisfacción por la clase dada (si estuvo bien dada) y el beneplácito de los alumnos.

Ni un extremo ni el otro. Un profesor que no publica ni investiga (aun dentro de las fronteras de su cátedra) resulta hoy difícilmente concebible. Pero lo mismo debería afirmarse de quien no ama la docencia y se afana solamente en sus escritos y en la frondosidad de su curriculum vitae. En otros términos, no hay lugar ya para una universidad sin investigación ni profesores comprometidos con ella. Pero no subestimemos lo que es prioritario: la docencia. Como decía John Henry Newman, si el fin de la universidad fuera ante todo la investigación, no se ve por qué debería haber en ella estudiantes.

TEMAS RELACIONADOS: