David Felipe Arranz | Martes 10 de enero de 2012
“Corresponde a la Biblioteca Nacional […] reunir, catalogar y conservar los fondos bibliográficos impresos, manuscritos y no librarios de carácter unitario y periódico, recogidos en cualquier soporte material, producidos en cualquier lengua española o en otro idioma, al servicio de la investigación, la cultura y la información, y difundir el conocimiento de dichos fondos”, reza el estatuto de la Biblioteca Nacional de 2009 sobre su tarea de guardiana cultural, no sólo de la hispánica, sino nada menos que de la mundial. Y visto con qué cicatería trata la clase política el mundo de la cultura –por la vía rápida de lo prescindible que deja tras de sí la tijera–, falta le hace este aldabonazo de invierno a una conciencia dormida.
Con esta vocación, la de recordar la labor para la que fue creada por Felipe V la Real Biblioteca Pública en 1711 en la Casa del Tesoro y dar a conocer sus fondos, el anónimo esfuerzo de sus formidables gestores y su evolución durante tres siglos de historia, Acción Cultural Española (AC/E) ha montado en la sede de la emblemática institución la que nos atrevemos a calificar como una de las mejores exposiciones españolas del año saliente y lo que lleva del entrante. Su intrahistoria, su reconversión al mundo digital, sus más secretas colecciones y apetitosas sorpresas sin fin han sido rescatadas de sus archivos por el comisario, José Manuel Lucía Megías (apasionado cervantista donde los haya), con la ayuda de Aurelio Vargas, para cumplir con la misión para la que la Real Biblioteca fue levantada: dar a conocer al gran público los tesoros que habían sido preservados a través de los siglos desde los tiempos de los llamados afrancesados, acaso más amantes del desarrollo de España que sus declarados enemigos, los liberales.
La Europa de comienzos del siglo XVIII, envuelta en el esfuerzo científico y humanístico de los ilustrados, había comenzado a instituir la librería pública en las principales capitales y el jesuita Robinet, confesor del monarca apodado el Animoso, sobrino nieto de Carlos II el Hechizado sugirió que el Imperio debía estar a la altura de sus vecinos en la educación del pueblo. De modo que el primer Borbón, con la ayuda del marqués de Villena y Melchor de Macanaz, llevó al emplazamiento de la Casa del Tesoro, en el pasadizo que unía el Alcázar con el Monasterio de la Encarnación, sus fondos bibliográficos, los de la Reina madre y los incautados a los nobles partidarios del infante Carlos de Austria como el marqués de Mondéjar y el duque de Uceda. Allí estuvo hasta que se trasladó al Convento de la Trinidad Calzada, la casa del Consejo del Almirantazgo, la casa del Marqués de los Alcañices y, finalmente, se fijó su destino último en 1895, cuando el arquitecto Francisco Jareño levantó el nuevo edificio sobre los terrenos del antiguo Convento de Agustinos Recoletos.
El hijo de Luis XIV comprendió que debía compartir con sus súbditos la herencia del saber atesorada por monarcas y nobles, frente a las colecciones particulares, accesibles sólo a sus propietarios y a su entorno que le escatimaban al pueblo el conocimiento. Y pensó que la mejor forma de financiar la cultura era a través de los impuestos del juego, en concreto de los naipes, para el que había dispuesto incluso la figura del asentista. Allí se llevan piezas de extraordinario valor al servicio de la difusión de la majestuosa memoria escrita de España.
Dividida en tres secciones, la muestra propone un viaje en el tiempo que va desde el Beato de Liébana a la era de las TIC y la Red de redes, en una galería inolvidable que contiene, espigados, tesoros como los códices autógrafos de Leonardo da Vinci, astrolabios renacentistas, el Tesoro de Priego con los dinares de oro y dírhams de plata almohades o el de la Catedral de Córdoba con las monedas romanas, el códice toledano de las Cantigas de Santa María, los dibujos de Diego Velázquez y de Goya, el atlas Orbis terrestris descriptio, el célebre plano madrileño que el regidor madrileño Lorenzo del Castillo encargó a Antonio Marcelli, partituras originales de Antonio de Cabezón y Gaspar Sanz, fotografías de celebridades del cine realizadas por Vicente Ibáñez y Juan Gyenes, almanaques con información práctica del año, etc.
Tras este recorrido por el pretérito que siempre está presente –somos enanos a hombros de gigantes, recuerda un adagio latino–, la exposición exhibe además el proceso de digitalización de fondos, con la Biblioteca Digital Hispánica y la Hemeroteca Digital. La tecnología acude al servicio de la cultura, al rescate de la excelencia proveniente de las bellas artes y de las humanidades. Por eso la tecnología ha obrado el milagro de que podamos disfrutar hoy en día de la evolución del conocimiento y de las formas de su transmisión en ese gabinete de maravillas que es la Biblioteca Nacional. El catálogo, editado por Ediciones de l’Eixample con el apoyo de AC/E, es en sí una de estas joyas que los visitantes no pueden olvidarse tras su paso por uno de los acontecimientos culturales de la bisagra horribilis de 2011 a 2012, nefasta económicamente merced a la plutocracia financiero-política, pero reconfortante con propuestas como ésta, tan cuidada por maestros de la cultura. Que sean muchas más.