Miércoles 09 de abril de 2008
El próximo congreso extraordinario del Partido Popular está generando una expectación considerable. Y aunque a día de hoy la única candidatura conocida es la de Mariano Rajoy, empiezan a atisbarse movimientos entre las filas populares. Como tal podría entenderse el que ha protagonizado la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Su ya famoso “no me resigno” es algo más que una declaración de intenciones. Va más allá. Porque precisamente resignación hay de sobra en Génova. Y si no, algo por el estilo. Llámese desidia, falta de garra, o carencia total de definición.
El PP sufrió una cruel derrota el 14 de marzo de 2004, en unos comicios marcados por la sombra del 11-M. Rajoy era el candidato. En las recientes elecciones generales de 2008, el PP ha subido en número de votos y escaños, pero ha vuelto a perder. De un modo más dulce, si cabe, pero derrota a fin de cuentas. Nuevamente, el candidato era Rajoy. Van dos derrotas. Y quiere seguir. ¿Autocrítica? Ni está ni se espera. Salvo Esperanza, no parece que nadie se haya atrevido a levantar la voz. La Presidenta de la Comunidad de Madrid suele hablar claro. No así sus correligionarios políticos, aquejados del mal endémico de la derecha española: complejos y más complejos. “Centro reformista”, “centro” a secas, “opciones moderadas” y demás eufemismos vacuos enmascaran el rubor que les produce a determinadas personas definirse “de derechas”. Tan lícito es como significarse a favor de la izquierda. ¿Entonces, a qué tanto miedo?
Desde ciertos sectores se vigila muy de cerca todo lo que provenga de Esperanza y su entorno. Bien es verdad que aún no se ha posicionado con claridad, pero sí ha dejado ver que, caso de tener que hacerlo, no vacilaría. Como avales, su gestión y el partido, tanto a nivel provincial como nacional. Aguirre es un valor en alza. Ahí está Madrid para atestiguarlo. Bien es cierto que comparte plaza con Gallardón, y que el mérito de los buenos resultados electorales capitalinos se debe a ambos, pero el alcalde atesora -ganados a pulso- demasiados rencores en el partido. Y el PP de Madrid pesa. Por mucho que pretendan aligerarlo cara al próximo congreso (208 compromisarios por 203 de Castilla La Mancha; cuando menos, resulta llamativo). Los marianistas la temen. Saben que si ella coge el timón, tendrán que remangarse y dejarse de actitudes melifluas. En Ferraz, por mucho que se empeñen en desacreditarla, tildándola de baluarte de la derecha más radical y otras lindezas semejantes, no agrada la idea. Son conscientes de su determinación. Y de lo que su discurso puede mover. Porque, guste o no, se entiende lo que dice. Habla claro. Y, en cualquier caso, la competencia es sana. El PP necesita abrir sus ventanas, aires renovados, debate libre e ideas nuevas. Será higiénico para el partido y reforzará el sistema político. A todos nos vendrá bien. Así, y aunque aún no haya nada en firme, puede decirse que, al menos, hay Esperanza.
REFORMA DEL PEMEX
70 años después de que Lázaro Cárdenas llevará a cabo la expropiación del petróleo mexicano, el futuro de la industria petrolera de este país está en el punto de mira de la actualidad. El anuncio de Calderón de emprender una auténtica reforma en materia energética ha puesto en pie guerra a López Obrador, que se ha posicionado totalmente en contra de cualquier cambio, haciendo gala de una irresponsabilidad política evidente. A Calderón, en cambio, hay que reconocerle el mérito de ser el primer gobernante que se ha atrevido a emprender la necesaria reforma que la industria petrolífera mexicana lleva años pidiendo a gritos.
Los problemas que afectan al sector son muchos y graves. Las reservas de hidrocarburos mexicanas han estado disminuyendo de forma preocupante desde mediados de los ochenta y la empresa estatal PEMEX (Petróleos Mexicanos) hace mucho que dejó de ser rentable. Este problema afecta también a la producción, que está cayendo a marcha forzadas sin que los sucesivos gobiernos mexicanos hayan hecho nada por mejorar la situación de la misma. La administración llevada a cabo por las autoridades mexicanas se ha demostrado mala e ineficiente. Durante muchos años, los ejecutivos federales se han valido de PEMEX para solventar sus propios gastos, hasta el punto de que ésta ha pasado de la sexta petrolera más importante del mundo en 2007 a ocupar el puesto once en la actualidad. La cuestión es que a día de hoy, a pesar de las enormes cantidades de petróleo que se extraen diariamente en México, no hay dinero para refinarlo y se da la paradoja de que el país ha de importar gran parte de la gasolina que consume.
A pesar de todo esto, pocos se han atrevido a ganarse la enemistad popular metiendo mano en uno delicado asunto que toca una de las fibras más sensibles de los mexicanos: la posesión del petróleo. El petróleo es un símbolo nacional en México, uno de los países con mayores restricciones a la inversión privada en este sector. Desde la expropiación de Cárdenas, este bien se ha gestionado a través de la empresa estatal PEMEX. Hoy por hoy, no está permitida la extracción privada de petróleo y todo el proceso de producción se gestiona a través de las autoridades públicas, que como mucho, pueden asociarse con empresas extranjeras, como por ejemplo Shell, pero nunca mexicanas. Para salir de la crisis en la que está sumida, la industria petrolera mexicana necesita de inversión privada que pueda inyectar energía en un sector que está perdiendo dinero a espuertas. Y para ello, es necesaria una reforma constitucional de manera que se levante la prohibición de inversión privada, algo que el PRI no está dispuesto a asumir. El PRD, por su parte, se ha posicionado totalmente en contra de cualquier mínima apertura a la inversión privada. Sin el apoyo de ninguno de estos dos partidos, Calderón tiene las manos atadas.
El presidente mexicano ya ha explicado que su intención no es privatizar PÉMEX, sino dotarla de mayor autonomía financiera y de gestión para reconvertirla en una empresa competitiva. Asimismo, el plan prevé dejar en manos de empresas privadas el proceso de refinamiento del petróleo, aunque la propiedad del producto y sus derivados seguirá siendo mexicana. Frente al inmovilismo demagógico del PRI y el PRD, las medidas que propone Calderón parece más necesarias cada día. Sin embargo, habrá de cuidarse de que sea peor el remedio que la enfermedad, evitando repetir errores como los cometidos en Bolivia o Argentina, donde la privatización de las empresas estatales sólo se saldó con el beneficio de las empresas privadas que se hicieron con su gestión.
ANTE LAS “VACAS LOCAS”, CORDURA
En los últimos días el Ministerio de Sanidad ha confirmado la muerte de dos personas a consecuencia del conocido como mal de las ‘vacas locas’. La enfermedad está provocada por priones, esto es, un tipo anómalo de proteína que el organismo no es capaz de eliminar y que se acumula en el cerebro, provocando la muerte del paciente. Con los dos últimos casos, son ya tres las víctimas de esta extraña dolencia en España, y, aunque las cifras, tanto a nivel nacional como internacional, no son preocupantes, la esperada aparición de nuevos sucesos en los próximos meses ya ha hecho saltar las primeras alarmas en la sociedad.
Ante la eventualidad de que puedan sucederse nuevos episodios de Creutzfeldt-Jakob, cabe tener ciertos aspectos en cuenta para evitar que el miedo se extienda entre la población. Por ejemplo, conviene recordar que la enfermedad tiene un periodo de incubación que oscila entre los cinco y los diez años, por lo que, tanto los casos que se han confirmado ahora como los que puedan producirse en los próximos meses, estarían propiciados por la ingesta de carne contaminada antes de 2000, año en que comenzaron los seguimientos sanitarios encaminados a detectar el síndrome. En segundo lugar, hay que tener presente que la enfermedad no está provocada por organismos vivos, como virus o bacterias, sino por proteínas, por lo que el contagio sólo se produce tras consumir la carne en mal estado, y nunca entre seres humanos.
Aunque no se conoce cura para la encefalopatía espongiforme bovina, los exhaustivos controles sanitarios que se llevan a cabo para detectar la enfermedad deberían ser una garantía de tranquilidad para la ciudadanía. Por ello, es importante no sobredimensionar el problema y evitar que el mal de las ‘vacas locas’ provoque la histeria colectiva.
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