Luis María ANSON | Miércoles 11 de enero de 2012
Todos sabemos, Rajoy también, que el nuevo presidente se equivocó al no dar la cara tras la subida de impuestos. En lugar de enviar a Soraya a que balbuciera explicaciones ante los periodistas, debió acudir él personalmente pero prefirió esconder la cabeza al mejor estilo Arriola. Y se equivocó. El disparate ha sido considerable.
El presidente popular erró también al no anunciar como primera medida la reducción del gasto público. Después, al dejar constancia de que el déficit en lugar de instalarse en el 6% iba a superar el 8, la subida de los impuestos habría resultado más aceptable. Y, en todo caso, el hombre que hace unas semanas clamaba y atronaba con que su partido no incrementaría la fiscalidad, debió comparecer y dar explicaciones.
Lo ha hecho tarde, impasible el ademán. Pero lo ha hecho bien. Sus explicaciones a la opinión pública han resultado convincentes. Rajoy tiene además un margen ancho de credibilidad y esperanza. Sería absurdo que dilapidara ese capital siguiendo consejos de quienes se han equivocado mil veces al pulsar la opinión pública.
Hay que ahorrar 40.000 millones en el año 2012, no 16.000. Está claro. Esa es una parte de la herencia de Zapatero que deja además 5.500.000 desempleados, más la trampa de los que “trabajan por la patria” en los cursos de formación y que son tan parados como los que oficialmente se computan en las estadísticas sobrecogedoras. Pero hay más flecos que se desvelarán en los próximos meses, hasta que, celebradas las autonómicas andaluzas, el nuevo Gobierno se decida a hablar claramente a la nación.
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