José María Herrera | Sábado 14 de enero de 2012
Por una vez lamento no vivir en Madrid. Ahora nadie me creerá cuando diga que he preferido no ir a la exposición de Martin Creed. Mi ausencia parecerá justificada a causa de la distancia. Pero no. Por culpa de la distancia me voy a perder el estreno de “En la vida todo es verdad y todo mentira” de Calderón. A Creed, en cambio, no iría a verlo aunque expusiera a un metro de mi casa. Sus cosas –ni siquiera él osa llamarlas obras- me producen el mismo hastío que las de la mayoría de sus colegas de vanguardia. Hastío. De eso voy a hablarles. Precaverles, para ser precisos. Estoy convencido de que hay mil cosas mejores que hacer que contemplar chaladuras. Claro que yo soy un tipo anacrónico, lleno de prejuicios, incapaz de comprender la importancia de las novedades. Ustedes no deben fiarse de mí, sino juzgar por su cuenta. Es lo más prudente, lo más ilustrado. Igual hizo Pandora el día que abrió aquella maldita caja.
Martin Creed saltó a la fama en el año 2001 al recibir el prestigioso Turner Prize por su obra “Luces apagándose y encendiéndose”. La pieza galardonada tenía la virtud de no ser nada material: un cuadro, una escultura, un montón de escombros, una performance. En tiempos como los nuestros proponer una “cosa” de esa naturaleza, intangible y abstracta, es algo muy meritorio. Pero: ¿de qué se trataba? Imaginen que somos de esos que aún creen en el poder del arte para escrutar el presente y adelantarse al porvenir y vamos a la sala donde se expone la obra que estamos comentando. Al acceder a ella la luz se apaga de repente. Cinco segundos después vuelve a encenderse sola. Dentro, nada. Durante unos instantes pensamos si no nos habremos equivocado de habitación. El folleto del museo nos saca del error. La obra es la luz que se enciende y se apaga. “Creed –leemos allí- controla las condiciones de visibilidad de la galería y redirige nuestra atención a las paredes que normalmente funcionan como soporte y trasfondo de los objetos de arte.” Ahora ya comprendemos la electrizante genialidad que premiaron los expertos de la Tate. Una obra maestra. Sólo un imbécil como el que firma este artículo podría pensar que hay que ser un meapilas de la experimentación para tomar en serio tamaña gilipollez.
Luces que se encienden y se apagan. Fabuloso. Reparar en las paredes. Extraordinario. Creed ha entendido sin duda muy bien el tópico de que lo que vuelve artística una obra de arte es su exhibición en un museo, la creencia del buen burgués en que todo lo que va a encontrar allí vale la pena. Lo ha entendido tan bien que siete años después de conseguir el Turner Prize, en 2008, volvió a los telediarios gracias a su ocurrencia de hacer correr a varios atletas dentro de uno de ellos. Difícilmente se puede ser más profundo. Una metáfora crítica de la actitud del público actual, una performance sapientísima denunciando la percepción distraída que hoy se ha impuesto en todos los órdenes, especialmente el artístico. Pero no crean que aquí acaba su inspiración descomunal. Hay más. Sus catálogos contienen montones de otras buenas ideas. Un papel arrugado, una chica vomitando o defecando –alguien debería escribir una tesis sobre la importancia del zurullo en el imaginario artístico contemporáneo-, una habitación llena de globos, una goma de mascar o un pedazo de masilla pegados a la pared. El talento de Creed no tiene límites y su sentido de la provocación tampoco. ¿Puede ironizarse más con el destino del arte que obligando al perplejo espectador a decidir si lo que tiene delante es una obra excelsa, la gamberrada de un escolar al que sus profesores han arrastrado al museo o un desperfecto del local?
Los defensores de estas cosas dan bocados cuando se habla mal de ellas. Consideran absolutamente justificado que los artistas desprecien las motivaciones corrientes del corazón humano. Según parece, lo único que debe interesarles son las motivaciones de cierta clase de espectadores –marchantes, nuevos ricos, papanatas de la alta cultura- para los que el arte ha muerto. ¿Qué es entonces todo esto? Quizá habría que remontarse a los viejos bufones de la corte. Los enanos ya no son enanos ni hacen tampoco piruetas en los salones de palacio, pero entretienen. Claro que a hasta los bufones más ingeniosos acaban volviéndose pesados y hay que propinarles una patada en el trasero. La catarsis ya se ha producido. Cincuenta años de indulgencia plenaria son muchos años, demasiados. Va siendo hora de pensar en otra cosa. ¿O es que la vanguardia y la experimentación tienen el usufructo vitalicio del porvenir?, ¿cuánto tiempo más necesitan y necesitamos para comprender que la blasfemia también es un acto de fe y que ya no creemos?
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