Lunes 16 de enero de 2012
La detención ayer de tres miembros de ETA en París coincidía con las primeras palabras de Iñigo Urkullu tras su reelección como máximo responsable del PNV. En ambos casos, la situación es la misma de siempre. Por un lado los terroristas, que iban armados, llevaban en el momento de ser detenidos una importante cantidad de material para fabricar explosivos. Por otro, el discurso del PNV volvía a abogar por otorgar beneficios penitenciarios a los etarras presos, la suspensión de la Audiencia Nacional y la equiparación del estado de derecho con la banda terrorista -“intermediamos, presionamos y dimos cobertura a unos y otros”-.
A estas alturas, lo acontecido ayer extrañará a muy pocos. La prioridad de ETA no es sólo -que también- la independencia de Euskadi, sino que sean ellos quienes detenten el poder de forma totalitaria en aquella comunidad autónoma. Es decir, poder por encima de territorialidad. Al igual que en las otras 11 treguas, la banda terrorista está aprovechando para tomar resuello. Si AMaiur, Bildu o como quiera que se llamen sus nuevas marcas no consiguen los réditos esperados, ellos volverán a empuñar las armas; de ahí que ni las entreguen, ni se disuelvan ni pidan perdón. La línea política de los euko-nazis tiene su analogía histórica: los nazis apostaron por una táctica legalista y electoral –conocida como Hitler legalité- cuando la línea violenta fue derrotada en el putsch de Munich de 1923, pero sus objetivos estratégicos totalitarios no variaron y terminaron por cumplirse. Igual que ETA ahora. De que el final no sea el mismo, depende de nosotros.
Por más que le moleste a Eguiguren o al PNV, la realidad es así. Siempre lo ha sido. Y quizá por eso, el PNV debería empezar a reconsiderar un discurso que siempre ha estado mucho más próximo a los verdugos (totalitarios) que a las víctimas (democráticas). Es una cuestión tanto de sentido común como de ética.
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