David Felipe Arranz | Martes 17 de enero de 2012
Hace unos días me llegaba la noticia de la mano de Juan García Cerrada, director de Quevedos. Revista de información de humor gráfico e impulsor de los Premios Quevedo de Humor Gráfico, que cuenta con el apoyo de la Universidad de Alcalá. La fundación de esta universidad acaba de crear el Instituto Quevedo del humor (IQh) para la investigación, estudio y difusión del humor, que sus responsables han definido como “un paso cualitativo de ampliación, transformación y proyección de su programa de humor gráfico hacia el ámbito académico y universitario”. Quieren sus responsables explorar la realidad multifacética del humor en todos los ámbitos de la vida, en especial en los que afectan a la cultura, la literatura, la comunicación, la política y el ocio en lengua española. Ahí es nada.
Hacer humor de la vida, en especial durante los malos tiempos, es práctica habitual de los grandes; lejos de arrugarse, los genios ironizan, reconstruyen, vuelcan en el molde del chiste la inepcia de sus dirigentes y “líderes” políticos y el desvarío de la sociedad. Sobre el origen y definición de la necedad don Francisco de Quevedo sabía un rato largo: “El Confiado de sí mesmo y la Porfía, al cabo de largo tiempo y de entrañable amor que el uno al otro se tuvo por inclinación natural (amando cada cual su semejante), se casaron y de este ayuntamiento tuvieron copia innumerable de hijos”.
La paradoja del tiempo que le tocó vivir a Quevedo –severa vigilancia de libros y doctrinas con respecto al dogma, pero liberalidad en cuanto a las artes y a la instrucción, que permitió que florecieran hasta 34 universidades–, forjó sin duda esta etapa de esplendor de la que muchos seguimos enamorados y que consideramos la de mayor desarrollo cultural de las letras hispánicas. Cuando Shakespeare aún no había nacido, un bachiller en plena adolescencia llamado Fernando de Rojas escribió la monumental Tragicomedia de Calisto y Melibea, un siglo antes de que los ingleses se conmovieran con Romeo y Julieta, cuando tuvo lugar el periodo que alumbró a San Juan de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega y Calderón.
La literatura y el pensamiento tuvieron su esplendoroso espejo en las artes y los grandes –el flamenco Carlos V y el griego Theotocópuli– se hacen españoles y engrosan las filas de un batallón artístico genial e irrepetible en el que militan los pintores Ribera, Zurbarán y Velázquez; y los músicos Morales, Guerrero, Cabezón y Victoria. La cultura en español se hablaba y transmitía por todo europeo que se preciase de medianamente distinguido y las imprentas no sólo de España, sino Italia, Francia, los Países Bajos y Alemania… invaden Europa entera con libros españoles destinados a satisfacer una creciente y universal demanda.
Ésta fue la España de Quevedo, la del oropel y la necedad, que el poeta madrileño define así: “Necedad se llama y es todo aquello que se hace o dice en contra o repugnando a las costumbres de cortesía o lenguaje político”, observación esta última especialmente chocante, pues lejos estamos del tiempo en que el lenguaje político era modelo contrario a la necedad –ahora es sinónimo–. Porque, siguiendo al maestro autor de El Buscón, cuando dos necios se juntan unos con otros a producir, dan ciento por uno y viene a ser infinito el número de los necios “y sus impertinencias y abusos sin enmienda ni reparo”. Y es que, siendo abundantes, hay necedades a perfil, a prueba de mosquete, azafranadas, aventajadas, garrafales, con capirote, con falda, de pendón y caldera, con capuz, lampreada, veniales, enteras y con bordón y esclavina, con gualdrapa, frisadas, perdurables y hasta de por vida. Incluso los hay caballeros aventureros de la necedad. Abran el periódico por cualquier página y encajen la necedad con el individuo que más le ajuste y convenga: cada oveja con su pareja.
Que el humor sea por fin institución –ahora alcalaína– y estímulo que nos impele a no sentirnos demasiado cerca de las caricias del poderoso y lejos del miedo de las amenazas; a sentirnos libres para reírnos a mandíbula batiente, ya sea con el pincel o con la pluma en ristre, con la sátira o el dardo blanco, de los necios con ejecutoria que veamos a cada paso, los majaderos sin apelación, en especial de nuestros próceres de la patria, de los que hay que huir “como el navegante del peñasco o bajío que le amenaza”. Y que después de retorcernos de risa las ijadas, pase lo que pase y le pese a quien le pese, nos quiten lo “bailao”. Como a don Francisco Quevedo.