José Antonio Ruiz | Viernes 20 de enero de 2012
Lo que va entre ser un pobre hombre, anónimo e insignificante, pero libre e independiente, y un honorable mamón, «abrazafarolas» y «lametraserillos» (García dixit).
Si creyese que el fin justifica los medios, como algunos leguleyos que han prosperado como mamporreros políticos a base de arrastrar la toga por el polvo del camino (…) Si creyese que los periodistas debieran limitarse a ejercer de taquígrafos de cabecera del caudillo de turno (…) Si creyese en todo lo que no creo, en fin, este cronista, en lugar de marchar a la guerra del fin del mundo, como Mambrú, con la sola ayuda de la palabra, los argumentos y las ideas (aunque dicho así suene cursi y petulante de cojones, lo reconozco), hubiera optado por echar mano del garrote y por una vuelta a las cavernas; o inclusive ya puestos, una vez desvirgada la inocencia, perdidos al río, hubiese ejercido la noble profesión de chapero en Venecia. Putón verbenero, pero con clase, sin necesidad de rendir cuentas a ningún chuloputa.
Se comienza pinchando teléfonos y se acaba oficiando entierros en cal viva; se empieza compadreando con un administrador manirroto de la cosa pública, y se termina retozando en el mismo jergón de intereses obscenos. Relativismo conceptual, corporativismo vomitivo, sectarismo indefendible. Unidad de pensamiento, palabra, obra y omisión. Al Capone: ¡Que nadie se atreva a tocar a uno de los nuestros! Acabarán instalándose contenedores en la vía pública para las exudaciones y los residuos putrefactos generados por políticos, jueces y periodistas, en forma de excrecencias mentales.
Alucino vecino con los compañeros de profesión que, al margen de cualquier consideración objetiva, o sea, a la vista de los hechos (presunción de inocencia, estado de legalidad, garantías procesales, respeto de las libertades individuales y de los derechos fundamentales, y todo aquello que cabe en la palabra etcétera), han mostrado su adhesión inquebrantable, bien a la facción de quienes ya han condenado por adelantado a Garzón, o bien al equipo de cheerleaders que camino lleva de postularle ante la Santa Sede, aupado a la silla gestatoria, como candidato al martirologio.
Ingenuo sin cura posible, no sé cómo me sigo extrañando de que en situaciones como la descrita, colegas divinos de la muerte (que me merecen todo el respeto como personas pero escasa consideración como opinadores) tengan tan claro que el procesamiento de Baltasar es una «vendetta» (Gabilondo), un «linchamiento» (Carles Francino), una «represalia» (José María Calleja), un «juicio político» (Rafael Torres) y hasta un «ajuste de cuentas» comparable, tirando de hipérbole, al Asesinato en el Orient Express (Fernando González Urbaneja).
Mal camino llevamos si se da a entender que será una sentencia política y que el tribunal que ha juzgado a Garzón es un tribunal fascista, inquisitorial, compuesto por magistrados tentados por la sed de animadversión personal, ojeriza y venganza. En verdad que hay cofrades de la comunicación que dan la impresión de estar más traumatizados por las ideologías y los amiguismos que el mismísimo Mourinho con el Barça.
La Justicia anda más ciega que la representación alegórica de la diosa invidente con la balanza del juicio ponderado en una mano y en la otra la espada. Pero anda que el Periodismo…
España, sin remedio, Villarriba y Villabajo, derechas e izquierdas, los extremos elevados a la categoría de dogma, la puta manía de tomar partido por un partido. La España del trilero de la calle Sierpes, ERE que te ERE.
Cuando menos invita a la reflexión contemplar a Baltasar, en otros tiempos juez campeador y segundo de a bordo de Felipe, o sea, poco menos que la reina de los mares del Sur, hombre de ridícula voz aflautada, encima afónico, prestando declaración ante sus colegas, despojado de las puñetas, sentado en el banquillo, haciendo frente a un interrogatorio, y teniendo que identificarse respondiendo a preguntas tan ofensivas como ¿Se llama usted?
Cuando menos reconforta el videoclip, aunque sólo sea por la maliciosa satisfacción de ver tragando quina, humillado en su ego desmedido, a un tipo soberbio, en otros tiempos omnipotente, que ni en sus peores pesadillas podía soñar que acabaría rindiendo cuentas en calidad de imputado, convencido como estaba de que sólo él, el hijo del Sol, estaba legitimado para ponerse tan estupendo como se puso en tiempos del GAL, cuando dijo que no hay razón de Estado que pueda justificar la vulneración de la ley.
¿Razón de estado? «Yo no obedezco a más razón de Estado que a la razón democrática». Años después, su chulería del ocho le ha venido a pasar factura. Suele pasar cuando se piensa que la calle es de uno; que ese uno puede estar por encima de la ley, del bien y del mal; y que todo lo que puedan decir los demás de uno a ese uno se la suda. (…) Razón de Estado, la excusa de los tiranos.
Flipa ver a Pilar Bardem y a Llamazares a las puertas del Supremo, a la cabeza de un rebaño de bocazas llamando «fascistas» a quienes no son tan demócratas como ellos. Que el tal Gaspar –a lo que ve la cosa va de Reyes Magos-, haya denunciado que «no hay unas garantías mínimas para un juicio justo», es como para mandarlo de observador a Cuba para que haga una gira por las cárceles donde se hacinan los disidentes castristas, algunos de los cuales ya no pueden contarlo, como Wilmar Villar Mendoza, que ha muerto tras una huelga de hambre, víctima de la iniquidad de un régimen reñido con las libertades, mientras aquí, en esta España “represora” nuestra, el señor diputado se recorta la barba por las mañana antes de acudir a tomar el cafelito a la concurrida cantina del Congreso.
Ahora que se cumplen justamente veinticinco años de su cierre, el rotativo El Caso, “el periódico de las porteras” que tanto rédito sacó al eslogan “un asesinato a la semana”, debería volver a los kioscos. Batiría récord de ventas.
La Gurtel está sacando lo peor de cada cual, a cuenta no sólo de Garzón, sino también de Camps. La Justicia como espectáculo barriobajero, maldita la gracia, y además a costa del bolsillo del contribuyente: «¡Es un gilipollas! ¡Es un gilipollas! Ahora mismo me entran ganas de llorar, de saltar por la ventana. Iría a verle y le daría dos hostias».
El abajo firmante, manso como un cabestro (entiéndaseme) pero inclemente como un toro de lidia con quienes nos tratan a los administrados como si fuéramos tontolabas, a quien de verdad le daría dos hostias bien dadas, a babor y a estribor del careto, es al menda que está permitiendo el dispendio del “juicio de los trajes”, aguas arriba de la sala de vistas, reconvertida en plató de televisión, donde está teniendo lugar la charlotada.
¡Con qué alegría se derrocha el dinero ajeno!
La audición pública de las grabaciones con las edificantes conversaciones de los cabecillas de la trama, como esta secuencia no apta para menores en la que el tal Álvaro Pérez, alias El Bigotes, se refiere a su amigo Paco, no son menos dañinas para el buen gusto de las personas decentes que las ordinarieces que se intercambian muchos de los antropófagos catódicos que pueblan las parrillas de la programación, para regocijo indescriptible de sus incondicionales, si cabe aún más lerdos todavía que los susodichos.
En las misas que se han celebrado esta semana a cuenta de San Antón han asistido animales de todas las especies mucho más racionales que algunos que yo me sé, que ladran, pero no precisamente de júbilo cuando les salpica el agua bendita del hisopazo.
Si Gallardón fuera un ministro de Justicia gallardo, debiera preguntarse a cuento de qué tenemos que sufragar los contribuyentes el coste del despiporre, que va a rondar los seiscientos mil euros, cuando de haberse hecho las cosas bien el Ministerio de Justicia hasta inclusive hubiese podido obtener unos ingresos negociando la cesión de los derechos al Plus para que emitiese el juicio por pay per view, como las pelis porno.
En lugar de copiar lo malo, deberíamos importar lo bueno de países como Reino Unido, donde los juicios exprés duran menos de lo que se tarda en contarlo. Al recuerdo me vienen los días que trabajé de becario en el Shropshire Star, un periódico vespertino británico (Ketley, Telford, West Midlands), cubriendo juicios rápidos junto a una niñera que me colocaron que no sabría decir si era más desagradable que fea, o viceversa. Conste que este columnista piensa que no hay mujer fea, por fea que sea, pero es que aquella lo era con avaricia, lo que se dice desagradable a la vista.
Are you guilty or not guilty? –pregunta el juez al acusado en voz alta mientras este avanza por el pasillo camino del estrado flanqueado por dos fornidos policías. Si el interpelado asiente con la cabeza y reconoce su culpabilidad, el juez dicta sentencia allí mismo, y sin necesidad de completar el recorrido hasta su señoría, el condenado da media vuelta sobre sus pasos y una vez fuera de la sala manda pasar al siguiente.
Aquí, en cambio, como bajo la carpa del Price, le echamos un cuento a la cosa que ni te cuento, como si anduviésemos sobrados de tiempo y de dinero. Hay en las sesiones de alto copete a las que estamos asistiendo desfiles de fieras, domadores de leones, mujeres barbudas, levantadores de peso forzudos, contorsionistas, malabaristas, equilibristas, funambulistas, trapecistas, acróbatas, tragafuegos, tragasables, ventrílocuos y magos. Pero sobre todo hay payasos, muchos payasos y también titiriteros.
Y los hay que parecen dispuestos a arrebatar a David Smith la plusmarca de velocidad del “hombre bala”, pues que todo un ex presidente de la Generalitat valenciana contribuya al sarao mostrando en plena vista a su abogado el libro que está leyendo (La ruta antigua de los hombres perversos), no contribuye sino a corroborar la imagen del personaje, arquetipo y gemelo de tantos otros con sus mismas medidas de traje.
Lo peor no es lo visto, sino lo que todavía nos queda por ver, pues vistos para sentencia Camps y Garzón, y el presidente del Sevilla pendiente de ir o no del Nido a la jaula, en cuestión de días tendremos ración doble a costa de Blanco el de la gasolinera y del yernísimo Urdangarín. Tobin, or not Tobin, that is the question.
No me resisto a confesar que el posado de Alaska en la portada de Interviú me ha dejado sin habla. Imagino lo mal que lo habrá pasado el fotógrafo, por virguero que sea, para encajar en tan poco espacio las dos ubres.
¡Gibraltar español!