Opinión

La decadencia de Occidente

José María Herrera | Sábado 21 de enero de 2012
Ustedes saben que el Massachussetts Institute of Technology es la mejor universidad del mundo. Las seis facultades y los treinta y dos departamentos académicos que lo componen no tienen rival en el campo de la investigación científica, tecnológica y económica. No es raro que entre sus profesores haya setenta y seis premios nobel y que los procesos de selección del personal docente e investigador respondan a criterios estrictos, en los que no tienen cabida las garambainas pedagógicas que aquí se han convertido en padre y madre de todos los talentos. Igual de exigentes y competitivas son las pruebas que deben hacer los alumnos que aspiran a formarse en la institución. La cosa es razonable porque de un tiempo a esta parte se suicidan todos los años una media de doce estudiantes, probablemente agobiados por la presión que se ejerce sobre sus altas capacidades.

Aunque la pertenencia al MIT constituye una tarjeta de presentación inmejorable, hay que reconocer que su fauna es variopinta. Edward Fredkin, uno de sus expertos en inteligencia artificial, el gran negocio de la institución, se descolgó en el año 79 con una declaración que todavía coletea. En una entrevista televisiva afirmó que los tres grandes acontecimientos de la historia habían sido: la creación del Universo, el surgimiento de la vida y la aparición de la inteligencia artificial. De acuerdo con sus predicciones, el día que haya máquinas como las que se planean en el MIT, el ser humano pasará a un segundo plano, convertido quizá en esclavo o mascota de esas criaturas concebidas por él. Las palabras de Fredkin sonaron a muchos como la chaladura de un tipo trastornado por culpa de un trabajo absorbente, pero años después, y abundando en la misma línea, otro destacado personaje del MIT, también especializado en inteligencia artificial, Marvin Minsky, defendió que los robots eran el único medio razonable para conseguir el viejo sueño de la inmortalidad. La especie humana, decía más o menos, tal vez desaparezca en el futuro si cambian las condiciones ambientales en que vivimos, pero si logramos trasladar a las máquinas pensantes nuestra mente y nuestra cultura esto no debe preocuparnos. Visto con la amplitud de una inteligencia objetiva, el organismo humano se ha vuelto simplemente algo obsoleto.

Que la investigación tecnológica más puntera esté en manos de personajes con estas ideas no debería extrañarnos. Más curioso es aún que en una institución donde se sueña con lograr por medios técnicos la inmortalidad se suiciden todos los años una docena de personas. Lo que no he dicho es que esas personas son en su mayoría asiáticos. Al parecer, los orientales vienen copando cada vez más todas las plazas en las que se exigen una elevada competencia científica e intelectual. Algunos psicólogos han llegado a la airosa conclusión de que poseen un coeficiente intelectual superior al de los occidentales. Como será la cosa que en la Universidad de Harvard, la más antigua y famosa de los Estados Unidos, las autoridades académicas se han visto obligadas a establecer una especie de cuota para blancos (“reserva discrimination”, la llaman) similar a la que antiguamente se empleaba con la minoría negra o hispana. Estudiantes pertenecientes a la minoría patricia con notas inferiores a otros mucho mejor preparados, por lo general coreanos y chinos, pueden acceder a la institución por esa puerta de atrás llamada “discriminación positiva”, una puerta por la que entra y sale cada vez más gente en el mundo occidental.

Yo no sé cómo interpretar estos datos. La presentación que he hecho de ellos resulta, además, harto dudosa. Su única gracia es que recuerdan los augurios que hizo el denostado Oswald Spengler en su libro El hombre y la técnica. Decía allí el filósofo alemán que el día en que los occidentales desarrollaran su superior tecnología y, a causa de ello, construyeran una realidad confortable, sus élites abandonarían el estudio científico en manos de lunáticos y extranjeros para dedicarse a gozar ruinosamente de los frutos de la civilización. El diagnóstico se tuvo entonces –el libro es de 1931- por una fantasía apocalíptica. Ochenta años después da que pensar.

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