Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 23 de enero de 2012
Convencidos de que el programa nuclear iraní tiene como objetivo final la construcción de un arma nuclear, los Estados Unidos se proponen intensificar el régimen de sanciones contra Irán. El probable veto de Rusia y China en el Consejo de Seguridad ha llevado a los americanos a la negociación directa con sus aliados para convencerles de la necesidad de esas sanciones, empezando por la supresión o, al menos, la reducción de las importaciones de petróleo iraní. Otro objetivo, no menos complejo pero que sería decisivo sería el de llegar, incluso, al aislamiento financiero de la República Islámica. Tanto los países de la UE como el Japón ya han sido sensibles a los planteamientos americanos que, sin embargo, implican serios problemas de difícil solución. Dejar de comprar petróleo iraní exigiría que el resto de los países productores, sobre todo los del Golfo que, con Arabia Saudí al frente, no simpatizan con Teherán, participasen en la operación.
Se trataría de suplir una buena parte de los casi dos millones largos de barriles diarios que exporta Irán, lo que, según los expertos, solo se podría hacer durante un mes. Después habría que recurrir a las reservas de los países compradores que, de acuerdo con las mismas fuentes, darían solo para otro mes. Quiere decirse, por lo tanto, que la reducción de la importación del petróleo iraní es solo una medida provisional. A partir de ahí, o Irán tira la toalla y abre sus instalaciones nucleares a la inspección y control internacionales (la AIEA, Agencia Internacional de la Energía Atómica) o se intenta destruir esas instalaciones como quieren los “halcones” en Israel o se pone en marcha la tantas veces fracasada estrategia del cambio de régimen que, además, podría conducir a una guerra regional de incalculables consecuencias. Lo que parece seguro es que nadie quiere dar pasos irreversibles ni arriesgarse a una guerra que todos temen.
Entretanto, lo que se está viviendo es una especia de guerra fría en la que no deja de haber elementos de violencia. El reciente asesinato de un científico nuclear iraní que, además, no es el primero obedece a esa táctica desestabilizadora. Los iraníes han respondido acusando a Israel y a los Estados Unidos de esa muerte, al tiempo que amenazaban con utilizar los mismos métodos contra los supuestos responsables. Los Guardianes de la Revolución afirman tener equipos en condiciones para llevar a cabo esas represalias. Por otra parte, Irán ha hecho, recientemente, una exhibición de fuerza, con lanzamiento de misiles incluido, en el Golfo Pérsico en el curso de unas maniobras militares. Y los citados Guardianes de la Revolución (las fuerzas de elite del régimen) pretenden hacer próximamente otras maniobras aun más espectaculares.
Además, y esto es lo más grave, han amenazado con cerrar el estrecho de Ormuz, que conecta al Golfo con el Océano Índico. En respuesta a esa amenaza, los Estados Unidos no han dudado ni un instante en enviar directamente al máximo dirigente iraní, el ayatola Jamenei, por un conducto no identificado, una seria advertencia. Bloquear el estrecho de Ormuz –una acción que, según los expertos en fácil por un simple minado de sus aguas o por lanzamiento de misiles desde la cercana costa- supondría traspasar una “línea roja”, lo que provocaría una respuesta inmediata por parte de los americanos. En Teherán saben muy bien lo que supondría esa acción americana y es muy poco probable, por no decir que totalmente descartable, que los iraníes se atrevan a llevar a cabo su amenaza. Se trata, seguramente, de un farol ya que tal acción dañaría sobre todo al propio Irán que necesita libertad de navegación por esas aguas, que son el pulmón por donde respira su economía.
Es importante señalar que, en este momento, en el que Washington tiene al Golfo Pérsico como su preocupación prioritaria, ha querido tranquilizar a sus aliados europeos en el sentido de asegurarles que los Estados Unidos siguen comprometidos con Europa y con los compromisos atlánticos. Eso es lo que ha venido a decirles a algunos de los países europeos un alto representante del Departamento de Estado, Philip H. Gordon, que acaba de visitar nuestro continente. Era necesario después de que el Secretario de Defensa, Panetta, ha anunciado la retirada de dos brigadas de combate, estacionadas en Alemania e Italia, lo que deja reducido el contingente europeo de los Estados Unidos a unos 30.000 efectivos. Seguro que a la izquierda pacifista y apaciguadora que no se entera del mundo en el que vive le siguen pareciendo muchos. No obstante, el compromiso europeo de los Estados Unidos queda bien a la vista si consideramos que España ha dado la aprobación para que cuatro destructores de la clase Aegis, con potencia contra misiles, se basen en Rota. Se anuncia también que se instalará en Turquía un sistema de radar y plantas para interceptar misiles en Rumanía y Polonia. Toda una programación militar orientada a un posible ataque misilístico de Irán y que, por lo tanto, hay que enmarcar en esta especie de guerra fría que se mantiene con la república de los ayatolás.
Por cierto, que no es la primera vez que el estrecho de Ormuz salta a los titulares de los medios occidentales. Tras el derrocamiento del Sha y la proclamación de la República Islámica, con Khomeini como máximo dirigente (enero de 1979), la posibilidad de que el nuevo régimen revolucionario iraní cerrara esa vital vía marítima, se convirtió en una preocupación para todos los países occidentales que se nutrían –como ahora- del petróleo que transita por ese estrecho. Las intenciones del nuevo régimen no eran nada tranquilizadoras, sobre todo cuando se produjo, en noviembre de aquel mismo año, la llamada “crisis de los rehenes”. Un grupo de militantes islamistas se apoderó de la embajada de los Estados Unidos y mantuvo retenidos a cincuenta y dos funcionarios de la misma desde el 4 de noviembre de 1979 al 20 de enero de 1981, precisamente cuando acababa de jurar su cargo el nuevo presidente americano Ronald Reagan.
Khomeini no había querido ceder ante su antecesor Jimmy Carter, lo que llevó a los Estados Unidos a uno de las peores situaciones en aquella etapa de la “gran” Guerra Fría con la Unión Soviética. Aquí en España era la etapa final de la presidencia de Adolfo Suárez y los visitantes de La Moncloa contaban su casi obsesión por el estrecho de Ormuz al que, con razón, veía como el centro de gravedad de toda la política internacional. Treinta años después, ese mismo estrecho es el punto neurálgico de la tensión que Irán mantiene con todo Occidente. Un conflicto en el que Irán no se quiere quedar solo, como muestra el reciente viaje de su presidente, Adjamineyad, a los países iberoamericanos del llamado “socialismo del siglo XXI”, que comandan Chávez y los Castro.
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