Víctor Morales Lezcano | Jueves 26 de enero de 2012
Cuando suena la hora de la verdad en el decurso histórico de un pueblo sólo cabe, o aceptar el desafío que lanzan las tornas, o desaprovechar la faena a la que éstas invitan.
Egipto es hoy -y lo seguirá siendo sin sombra de duda- un escenario axiomático para el mundo árabe, como ha puntualizado recientemente Mohamed Beltagy, figura señera del Islam político, sí, aunque de tónica liberal. “Hemos de exponer Egipto a la luz del sol, después de permanecer tantos años en la oscuridad… en todo el mundo árabe se está esperando un caso de cambio real y de cambio pacífico. Nosotros no hemos de decepcionar”.
Ocurre, sin embargo, que cuando suena la hora del cambio de marcha en dirección a la modernidad, no todas las sociedades son portadoras de un legado tan complejo como el que acarrean los ciclos históricos de Egipto: faraónico, musulmán, turco-otomano y franco-británico. El país del Nilo ha sido, además, crisol del renacimiento cultural y político del mundo árabe desde finales del siglo XIX hasta el mandato de Gamal Abdel Nasser (1954-1970). Dar un salto vigoroso y lúcido hacia el desafío que ha incubado la “Primavera” de 2011, no es papeleta baladí, y siempre arriesgada.
Colocando bajo los focos de las candilejas el arco parlamentario de la Asamblea egipcia salida de las elecciones convocadas en 28 de noviembre pasado, vemos cómo la voluntad popular ha primado -y premiado, probablemente- a dos formaciones de corte islamista: el “Partido Libertad y Justicia” (38%), de raigambre casi centenaria, en cuanto descendiente de la “Hermandad Musulmana”; y el “Partido La Luz” (29%), o formación salafí recientemente configurada. Ambas encabezan las cohortes del cuerpo parlamentario egipcio, que completan un veterano partido nacionalista y laico (“Wafd”) y un bloque liberal heteróclito, que han obtenido en las elecciones un porcentaje de 11% y 10% respectivamente. De una Cámara tal, presidida por un islamo-moderado como Saad Katatni, saldrá el centenar de expertos constitucionales llamados a dotar a Egipto de la Carta Magna que será su patente jurídica de sociedad democrática “in fieri”.
Si se cumplen los plazos prefijados por, y bajo, control militar, el país del Nilo iniciará en la segunda mitad de 2012 una nueva ruta (¡otra más!) en sus milenios de historia. Ésta quedará en los Anales en calidad del inicio de un itinerario democrático obstruido desde hace sesenta años.
Las redes sociales y otros medios de comunicación se han puesto sobre aviso: la hora de la verdad ha sonado en Egipto, y no sólo -y en particular- para los 90 millones de habitantes que engrosan su censo demográfico, sino también para el campo de juego de los intereses internacionales, activos al máximo en Oriente Próximo, Mesopotamia y el Golfo Arábigo-Pérsico de los antiguos manuales de Geografía, por mor del petróleo que atesoran esas regiones en sus entrañas.
Khalil Anani, un analista de los de verdad, ha previsto que en los próximos meses se verá el resultado de “la confrontación, aplazada, entre la Cofradía de la Hermandad y el Ejército. Cuando esto ocurra -añade Anani- todo dependerá de cuánto y cómo cooperarán ambos contendientes con las fuerzas liberales de tónica secularizadora”. Es decir, que éstas últimas serán secundarias en el futuro político de la sociedad nilota, lo que es para ellas un jarro de agua fría, al tiempo que traza un horizonte no muy alentador para el “compósitum” euro-americano e israelí, al que inquieta un Egipto desestabilizado y desestabilizador.
Sin embargo, puede no excluirse el cálculo de una mutación del escenario egipcio “in fieri”, en el plazo de un período de tiempo difícilmente previsible, pero en el que se apacigüen los ánimos de los fervorosos abanderados de la aplicación de la “sharia” y que, por el contrario, permita al tándem nacionalista y liberal ampliar las bases sociales de su arrastre electoral en el futuro. Este futuro escenario sería aquél en que convergerían una mayoría islamista en descenso suave y un bloque nacional y liberal más consolidado y con apoyos de toda suerte y menos inhibidos de lo que lo están siendo en una hora de marcado signo anti-dictatorial, “revolucionario” incluso; pero, antes que nada, se impone en Egipto un proceso de higiénica ventilación de la atmósfera empedernida que el presidencialismo militar fue acumulando durante cuarenta años de asfixia pública.
Egipto ha de salir, además, de la angustiosa situación económica, financiera y turística en que el país se encuentra sumergido de hoz y coz. Y encima, sin petróleo en su subsuelo y con la amenaza de un endeudamiento endémico. Todo ello siempre y cuando los mariscales entorchados (Tantawi) y los comandantes en situación de retiro (Ahmed Shafiq) “no interrumpan” el proceso de cambio que empieza a permear la sociedad egipcia. La avalancha de préstamos con que está dispuesto a reforzarla el FMI (se viene hablando en círculos bien informados de más de 3 billones de dólares, que caerán como agua de mayo para el país real) podrá ser una medida decisiva donde la haya.
Sobre Christine Lagarde, en primer plano, pero también sobre el presidente Obama (discurso pronunciado en El Cairo hará pronto tres años), pesa una responsabilidad inconmensurable en el desenlace venturoso de la “Primavera” árabe que resguarda con celo enigmático la Esfinge de Gizeh.
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