Sábado 28 de enero de 2012
Anda convulsa la red estos días. Si la semana pasada era la intervención de Megaupload, esta vez ha sido Twitter quien ha incendiado el universo virtual, anunciado que desde ahora bloqueará la publicación de determinados mensajes en ciertos países. Lo haría por indicación de la ley local, sin discriminar entre Estados democráticos o no. En una palabra, Twitter se pliega a la censura con el fin de expandir su negocio en países donde no hay libertad de expresión.
Lo peor no es sólo el hecho en sí, sino las peregrinas justificaciones de la compañía. Sostener que el concepto de libertad de expresión “tiene diferentes posiciones dependiendo del lugar en el que se esté” es tan ridículo como falaz. Libertad de expresión sólo hay una; el resto son excusas de mal censor. Su poder se ha visto en las revoluciones que han cristalizado en la “Primavera Arabe”, donde en aras de esa misma libertad se han dado a conocer al mundo lo que pasaba en esos países.
Ese es quizá el temor de algunos regímenes con carencias democráticas, ante los que ha claudicado Twitter. En todos los ordenamientos jurídicos del mundo hay leyes contra la injuria o la calumnia. Quien se sienta ofendido, que recurra a ellas, pero que no se erija Twitter en cercenador de un derecho que es la esencia de su propio negocio: expresarse en libertad.
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