Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 28 de enero de 2012
Cada 27 de enero se conmemora el Día Internacional de Memoria del Holocausto y Prevención de los Crímenes contra la Humanidad. En distintos lugares de España ceremonias y encuentros recuerdan el horror de la Shoah, el exterminio de los judíos europeos a manos de los nazis y sus colaboradores, que también asesinaron a gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová, disidentes… Sólo la derrota militar del Eje detuvo la maquinaria de muerte que Adoplh Hitler puso en marcha en 1933. Sobre las ruinas del Reich, quedó la sombra alargada, infinita, de los pueblos devastados, de los prisioneros de guerra muertos de hambre y frío, de los resistentes torturados. Millones de voces vivas y muertas se alzan todavía para acusar a los nazis y sus seguidores de estos crímenes. Esas voces hablan hebreo, checo, ruso, húngaro, serbocroata, griego, italiano y francés, albanés, flamenco e inglés, neerlandés, rumano, español, ucraniano, romaní y tantas otras lenguas que no bastan para describir el terror ni abarcar el espanto. Tal vez tenía razón Bashevis Singer cuando dijo que los fantasmas hablan yiddish.
Un año más, los supervivientes dan testimonio de lo que no se puede contar por completo. Otra vez evocamos el paso de las SS, los guetos sin pan y los trenes abarrotados camino de los campos. He aquí la vía muerta de la Europa que se traicionó a sí misma. La última estación se llama Chelmno, Auschwitz o Treblinka, Majdanek o Sobibor y siempre conduce al crematorio, la cámara de gas, la fosa, el paredón o la horca.
Otro año más, son muchas las personas de buena fe que se indignan y lloran ante las fotografías de los niños muertos, de los ancianos muertos, de las madres muertas, de los jóvenes muertos. Cuando Europa se convierte en la Górgona, es imposible mirarla sin morir y sólo se la puede derrotar poniéndole delante un espejo, es decir, mostrándole su propio rostro. Estas lágrimas de indignación honran a quien las vierte.
De nuevo este año, se estrenan películas y se publican libros de testimonios o estudios que detallan el espanto que ocurrió en nuestro continente. Suenan los viejos nombres de Kovner y Edelman, Anielewicz y Ringelblum, de bendita memoria. Leemos otra vez unos textos no para descubrir su contenido sino -más bien- porque ya sabemos lo que dicen y revelan en cada palabra el significado oculto de los trenes, los guetos, los campos, las cámaras, los hornos y las montañas de ceniza.
¿Y después qué? Mejor dicho, ¿y ahora qué?
Fackenheim describió el nuevo mandamiento que pende sobre cada judío: no dar a Hitler una victoria póstuma. Esta obligación se extiende a todo ser humano. Aquí viene lo difícil porque exige tomar partido. En el Holocausto hubo verdugos, víctimas y observadores. La progresiva desaparición de los judíos no se produjo a escondidas sino a plena luz del día. El discurso antisemita se publicó en periódicos y libros por toda Europa –incluida España-ante el silencio o el aplauso de casi todos.
Ese casi es el que salva la memoria de Europa porque no todos callaron. Esto hay que decirlo siempre porque ellos son la prueba de que había alternativas al silencio y al aplauso.
Hoy vuelven a resonar en Europa las marchan que invocan a la muerte. Los discursos del odio contra los judíos regresan y anticipan el odio contra todos los demás. Siempre empieza con los judíos pero jamás termina con ellos. En nuestro continente volvemos a escuchar a los nacionalistas étnicos y a los racistas, a los nazis, a los neonazis y a los terroristas que pretenden construir una nación jalonando el camino de bombas con parada táctica en los parlamentos. De nuevo, otro año, el presidente de Irán amenaza con la guerra y el terror mientras niega el Holocausto jaleado por los antisistema de la ultraderecha y la ultraizquierda. Ahora es Israel, la única democracia estable de Oriente Medio, quien ve atacada su legitimidad por aquellos que lloran a los judíos muertos mientras condenan a los judíos vivos.
La obligación de recordar va unida al deber de intervenir. Hay que enfrentarse a quienes se sirven de la tolerancia para predicar la intolerancia, el rencor y el odio. Hoy, el victimismo de los terroristas esconde -por igual- la bomba del asesino y la voz del político que condena la violencia pero no el proyecto totalitario que se oculta tras ella. También los nazis ocuparon escaños y también se sirvieron de las instituciones democráticas para destruir todo aquello en lo que creemos: la libertad, la igualdad, la razón los derechos humanos y el control del poder.
Occidente nació como un proyecto de vida, libertad y búsqueda de la felicidad para todos los seres humanos. El antisemitismo y todos los demás discursos del odio traicionan este ideal por el que murieron millones de europeos. Mirad el cuerpo torturado de Jean Moulin o los cadáveres de los senegaleses, argelinos y marroquíes que murieron por liberar Europa. Contemplad los rostros de los pilotos británicos, los soldados griegos y polacos. Mirad las fotos del gueto de Varsovia, donde los nazis sufrieron una humillante derrota a manos de unos judíos famélicos y armados sólo de su coraje.
A todos ellos les debemos la memoria y la acción frente a Hitler y sus herederos.
TEMAS RELACIONADOS: