Los Lunes de El Imparcial

Thierry Hesse: Demonio

RESEÑA

Domingo 29 de enero de 2012
Thierry Hesse: Demonio. Traducción de Susana Rodriguez-Vida. Duomo. Barcelona, 2011. 448 páginas. 22 €

Esta es una de esas críticas que igual uno tiene que tragarse luego. Demonio es la última novela de Thierry Hesse, escritor francés que, por estas tierras, todavía no es muy conocido pero del cual nos aseguran que es una de las voces más prometedoras de la literatura francesa. Según Rulfo la literatura funciona como el deshielo, viene del norte, de las regiones boreales, y va cayendo hacia el sur. Si la teoría es cierta a nosotros la literatura nos cae de Francia (no sería la primera vez) y lo que nos va a caer en los próximos años es Thierry Hesse, que ha recibido críticas estupendas, tanto en España como en Francia. Este Demonio, en concreto, ha merecido todo tipo de adjetivos superlativos. El que suscribe ha llegado a leer la palabra “clásico” y, aunque ha sido en la semana del Madrid-Barça, estoy casi seguro de que se referían al libro. Por este Demonio yo no puedo entender que se considere a Hesse un gran novelista. Puedo llegar a entender que se le considere un gran escritor -yo no lo he visto, pero puedo entenderlo- pero jamás un gran novelista, ni un gran narrador ni, en general, alguien especialmente dotado para contar historias.

Demonio abusa del lector. Utiliza su tema como patente de corso, como si, a partir de él, a partir de su trascendencia, todo le estuviese permitido. Hay que tener en cuenta que partimos de un tema que es todavía el gran tema del siglo XX y casi diría que también de lo que llevamos del XXI. Otras épocas pudieron haber estado marcadas por ideas. El siglo XV, por ejemplo, pudo haber estado marcado por la idea de Dios, igual que el XVI pudo estarlo por la forma en la que se iba a protocolizar la comunicación con ese mismo Dios. El XVII pudo ser el siglo de la naturaleza, el XVIII el de la ciencia, el XIX el del progreso y por fin, en el siglo XX, todo queda arrasado, no por una idea, sino por un hecho, por la gran cicatriz de la II Guerra Mundial que atraviesa el siglo y que, una y otra vez, se intenta resumir bajo el esquema del mal.

Demonio cuenta la historia de un periodista que ha viajado a Grozni -la mayor parte del tiempo esto no tiene mucha importancia-, al que han acribillado en las piernas -la mayor parte del tiempo esto no tiene importancia-, y que decide reconstruir la historia de sus abuelos, que su padre, a su vez, ha reconstruido para él a partir de las reconstrucciones de otros y de algún que otro libro que el periodista tiene por ahí o que le pasa su librero o su novia. La mayor parte del tiempo esto último -la reconstrucción hecha por el padre- sí tiene importancia, de hecho la mayor parte del tiempo se supone que esto es lo realmente importante de la novela, pero esta está tan cruzada por tantas digresiones y rodeos que es muy fácil olvidarse de lo importante que es esa parte de la historia. Sabemos, eso sí, que la temática es importante, que todo es muy ambicioso, que se habla del siglo XX, y del mal, y de la naturaleza más profunda del hombre que es, claro, la más mezquina. El hombre funciona como los pozos: a más profundidad menos luz. Si se es lo suficientemente profundo entonces se ve todo muy negro y todo lo que se salga de ahí es buscarle tres pies al gato.

El problema de la novela -que, insisto, ha sido profusamente alabada por la crítica- es que no cuenta una historia, sino que la usa. La materia a tratar es de tanta relevancia que Hesse se sienta autorizado a abandonar su narración, salir a pasear por el siglo XX y confía en que al volver a casa el lector estará ahí, esperándole con las zapatillas en la mano. Dicho esto, tengo que insistir en que la crítica, en general, considera que Demonio es una obra maestra y que es posible que sea yo el que está equivocado.



Por Miguel Carreira